Diego Arceredillo Alonso Profesor de la Universidad Isabel I
Mié, 04/12/2019 - 09:30

Décadas o unos pocos siglos, esto es lo que medios de comunicación, administraciones y personas particulares emplean como comparativa a la hora de presentar las actuales condiciones ambientales con respecto a las ocurridas hace unos siglos. Sin embargo, este cambio, o como algunos vienen a llamarlo, “crisis climática”, comenzó mucho antes que las observaciones realizadas por Humboldt en México en el siglo XIX y por supuesto abarca más que una subida de temperaturas que algunos pueden calificar de ridícula.

La intervención de los seres humanos en la naturaleza comenzó mucho antes de la revolución industrial. Desde el Neolítico, nuestra especie ha modificado el territorio e intervenido en el equilibrio del ecosistema. Esta intervención hace que el denominado “cambio climático” no se considere únicamente un fenómeno que afecte a los grandes equilibrios del planeta, sino también a los contextos más próximos de los ciudadanos y por lo tanto a su vida diaria.

Figura 1. Variación de la temperatura (azul), concentración de dióxido de carbono (verde) en los últimos 420 mil años. (Fuente: Vostok petit data).

Desde el comienzo del Cuaternario, periodo que abarca los últimos 2,4 millones de años, nuestro planeta ha estado sometido a una serie de cambios climáticos popularmente conocidos como glaciaciones. Estas, a su vez, han estado separadas por periodos más cálidos, los interglaciares, en los que las temperaturas subían significativamente. Estos cambios en las temperaturas llevaron asociados cambios en los ecosistemas, tanto en el tipo de fauna como en la vegetación y por supuesto en las líneas de costa que podrían encontrase a decenas de kilómetros de las actuales. Sin embargo, a partir de la última glaciación, la más conocida de todas, apareció un nuevo protagonista, con una participación muy puntual hasta entonces, el Homo sapiens.

Cuando hablamos de extinciones siempre nos viene a la cabeza aquella que ha llenado más horas de televisión y rellenado miles de páginas de enciclopedias y novelas, la del Mesozoico o como popularmente la llamamos todos, la de los dinosaurios. Sin embargo, y esto no es tan conocido, ha habido otras mucho más cruentas a lo largo de la historia de la Tierra. Durante el Ordovícico, el Devónico y el Triásico se extinguieron entre el 70 y el 85 % de las especies que vivían en aquellos momentos en el planeta y al final del Pérmico únicamente sobrevivieron el 5 % de los seres vivos.

El estudio de los seres vivos del pasado nos ayuda a conocer estas grandes extinciones y ver cómo los ecosistemas se adaptaron a la aparición de nuevas especies. El análisis de estos fósiles nos revela que la diversidad en nuestro planeta comenzó a caer al final del Pleistoceno, periodo en el que nuestra especie, el Homo sapiens, ya estaba asentada en la mayor parte del planeta. Muchos grupos de vertebrados desaparecieron al comenzar el Holoceno –hace diez mil años- mientras que otros han permanecido en estado crítico hasta el día de hoy o se han extinguido recientemente. En este periodo se estima que un centenar de géneros han desparecido en América, Europa o Australia, hecho que en los años 60 permitió a la comunidad científica comenzar a hablar de “la sexta extinción”. Este proceso, conocido por algunos especialistas como “la defaunación del Antropoceno” ha afectado muy intensamente a las islas. Ejemplos conocidos los encontramos en la desaparición de los últimos mamuts en las islas Wranger, en los dodos de las islas Mauricio, en los moas de Nueva Zelanda o en los perezosos gigantes de las Antillas. En Australia es bien conocido el caso del lobo marsupial, extinguido en 1936. A partir de esta desaparición dejamos de “especular” sobre la fecha de la extinción de una especie y conocer incluso el día y el año en el que millones de años de evolución desaparecieron para siempre. De otras especies no se tienen noticias desde principios del siglo XX como en el caso del puma oriental de América del Norte.

La Península Ibérica no es una excepción dentro de este proceso. Actualmente conocemos los éxitos que están teniendo programas de recuperación de fauna como los proyectos LIFE dedicados a la recuperación del oso pardo cantábrico y del lince ibérico. Sin embargo, otros como los dedicados al urogallo, un emblema glaciar de la cordillera cantábrica, no lo están teniendo y apenas quedan unos pocos cientos de estos “gallos” salvajes en nuestras montañas. Otras propuestas interesantes son las que se están llevando a cabo en Pirineos con la reintroducción del bucardo - desaparecido en el año 2000 - o las reservas de bisontes europeos y caballos de przewalskii que están apareciendo en toda Europa y cuyo principal objetivo es salvar estas especies cuyos últimos ejemplares salvajes desaparecieron a lo largo del siglo XX.

Figura 2. Manada de caballos przewalskii en la reserva Paleolítico Vivo (Burgos). Foto: Diego Arceredillo.

Si bien la influencia del clima en la extinción de los grandes grupos de vertebrados ha tenido una gran importancia a lo largo de la historia de la Tierra; desde el Pleistoceno final, el ser humano ha sido protagonista indiscutible de la desaparición en masa de muchos grupos en Europa, Asia y América. La caza indiscriminada -por encima de la tasa de renovación de las especies- y la conquista del medio por parte de nuestras ciudades e infraestructuras está provocando que muchas de las especies que nos han acompañado a lo largo de millones de años de evolución estén desapareciendo. Está en nuestra mano evitar esta “sexta extinción”. Esto ya es posible que haya pasado de ser un mero aviso a una gran advertencia.

 

Bibliografía

Frankel, C. (2016). Extintions. Du dinosaure à l’homme. Paris : Science Ouverte. Seuil Editions.

Leakey, R. y Lewin, R. (1997). La sexta extinción. El futuro de la vida y de la humanidad. Barcelona: Metatemas.

Añadir nuevo comentario