Esta entrada del Blog de la Universidad Isabel I reproduce íntegramente un artículo de Víctor Rodríguez González, decano de la Facultad de Criminología y director del Grado en Criminología y del Grado en Ciencias de la Seguridad de la Universidad Isabel I, publicada en la Revista Deporcam (número 35 de noviembre/diciembre 2017).

La transversalidad del deporte y la facilidad que se tiene para su práctica hace de cualquier actividad física, un cauce idóneo para la transmisión de unos valores sociales adecuados y que sean protectores frente a la aparición de una posible carrera delictiva o intención criminal.

Precisamente, muchos estudios como los de Martinek y Hellison (1997), Colingwood (1997) o incluso anteriores como los de Gary y Guthrie (1982), sobre la utilización del deporte como elemento prevencional de la inserción de jóvenes americanos en situación de riesgo delictivo en bandas organizadas, tuvieron unos resultados óptimos en cuanto a los indicadores preventivos del delito se refiere.

Para poder comprender el alcance de dichos estudios y la relación del deporte con la prevención del delito, debemos de hacer referencia a ciertas teorías criminológicas como la teoría de la desigualdad de oportunidades de Clowar y Ohlin (1960) que fundamentan que la dificultad de algunas personas para tener las mismas oportunidades que otras, genera unos sentimientos negativos en la persona que canaliza a través de acciones delictivas.

También debemos de relacionarla con la teoría integradora de Andrews y Bonta (1994) que nos describe que muchas de las conductas criminales iniciales de una carrera delictiva, se llevan a cabo debido a una asociación delictiva previa de jóvenes en riesgo delictivo o de exclusión con otras personas que ya tienen una dilatada carrera delictiva. La violencia y las situaciones de riesgo son un problema que afecta a los jóvenes y cada vez a edades más tempranas.

La globalización de la sociedad, el acceso a las nuevas tecnologías, redes sociales y el aumento de las tipologías delictivas, hacen que los jóvenes estén cada vez más expuestos tanto a ser víctimas como a ser victimarios a edades más tempranas. Teniendo en cuenta los diferentes estudios y teorías, podemos llegar a la conclusión de que la inclusión de programas deportivos en zonas marginales o con un alto índice de riesgo de exclusión, hace que los jóvenes se interesen por el deporte y se sientan parte de un equipo, de un conjunto que apoya y ayuda en el caso de necesidad, evitando así la aparición de los primeros contactos delictivos y que en muchos casos, acaban por perpetuar una dilatada carrera delictiva.

Tras los estudios de Mclaughlin y Schilling (1999), se llega a la conclusión de que para que una actividad deportiva tenga un efecto preventivo adecuado debe de tener un trabajo de reflexión personal posterior, que deben de diseñarse acorde a la cultura, realidad y entorno en el que se desarrollaran, que deben de potenciar la construcción de puntos de apoyo duraderos y que deben de ser implantados antes de las primeras manifestaciones de conductas delictivas o su índice de eficacia sea inferior al 35%.

En definitiva, aquellos jóvenes que fueron incluidos en dichos programas consiguieron una respuesta más positiva de su entorno por ser más reflexivos, comunicativos, empáticos y supieron gestionar conflictos y tensiones a la vez de saber cómo distanciarse de los posibles conflictos.

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