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By Xizdos (Own work) [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)]

28 años. Vigésimo octavo aniversario de la caída del Muro de Berlín. El mismo tiempo que se erigió al cielo partiendo Alemania en dos. Este y Oeste. Oriental y Occidental. República Democrática Alemana y República Federal Alemana. La Unión Soviética y Estados Unidos. La eterna división del Telón de Acero. Que, al fin, se abrió. O, quizá, no. Al menos no del todo.

El Muro de Protección de Antifascista –llamado así por la República Democrática Alemana- o  Muro de la Vergüenza –para la opinión pública occidental- es el símbolo por antonomasia de la Guerra Fría. Y su caída gritó al mundo que esta etapa se había liquidado. Más de 120 kilómetros, 3,6 metros de altura, cables de alarma, trincheras, alambre de púas, 300 torres de vigilancia, 30 búnkeres. Entre 125 y 200 muertos –según la fuente-, abatidos a tiros, por intentar cruzarlo. Cerca de 5.000 fugas contabilizadas. Quién sabe cuántos intentos. Ni cuántas familias, amistades ni parejas rotas por ese amasijo ideológico de roca y metal.

Los nacidos con el derrumbe del Muro han aprendido a andar y a hablar. Han estudiado. Trabajan. Puede que hasta se hayan emancipado y formado una familia. Y, sin embargo, ni allí ni en el resto del mundo hemos cambiado tanto. La ultraderecha germana ha entrado en el Bundestag por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, con nada más y nada menos que 92 escaños (12,6% de los votos) en las últimas elecciones de septiembre de este año. Donald Trump continúa convencido de la necesidad de levantar un muro (que ya existe) para separar Estados Unidos y México. Y poco queda que decir de Europa y sus alambradas o el cierre de sus fronteras mientras el Mediterráneo se convierte en el cementerio más grande del mundo.

Mientras esto sucede, más de 1.500 millones de usuarios exhiben su vida en Facebook, el muro virtual más famoso del mundo. Como si nada pasara. Como si todo pasase ahí. Como si fuera no mereciera la pena el mundo que no sirve mostrar porque no supondrá más comentarios, más likes ni más seguidores.

“Cuiusvis hominis est errare: nullius nisi insipientis, in errore perseverare” (Errar es propio de cualquier hombre, pero sólo del ignorante perseverar en el error), que decía Cicerón en su duodécima Filípica. Parece que como especie, y tras una evolución tecnológica imposible de predecir hace tan sólo unos años, sigamos abundando en una ignorancia del concepto humanidad diametralmente opuesta a nuestra supuesta superioridad.

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