Manifestación independentista por las calles de Barcelona, previa al falso referéndum celebrado el pasado 1 de octubre.

Lo que no vemos en formato audiovisual, a través de televisión, internet, medios digitales o redes sociales, apenas existe en el mundo actual. Los medios de comunicación de masas han convertido la sociedad desarrollada del siglo XXI en un enorme plató público de comedias, dramas, engaños, intereses de todo tipo y, en ocasiones, realidades. Pero no es responsabilidad del avance tecnológico, si no de la utilización que hacemos los humanos de ello. Como decía Humberto Eco hace ya unos cuantos años: “La televisión es algo semejante a la energía nuclear, ambas sólo pueden canalizarse a base de claras decisiones culturales y morales”. ¿Qué decir entonces de internet?

En España vivimos en un sinvivir hace ya algún tiempo por el conocido ‘procés’, un sendero político y social promovido desde determinados partidos políticos en Cataluña, en el que se entremezclan ideologías, sentimientos, deseos, historia, historias inventadas, mentiras, egos, grandes dosis de estupidez y una considerable porción de circo mediático. En los últimos días estamos asistiendo a la retransmisión, casi en directo, de la vida y peripecias judiciales de los dirigentes políticos catalanes más conocidos. Como si no hubiera vida más allá del ‘procés’.

Al margen de la situación judicial, piedra angular de este embrollo político, social y económico al que se enfrentan Cataluña, España e incluso la Unión Europea, la batalla por ganarse las simpatías de la opinión pública, la local, la nacional y la internacional está, sin la menor duda, en los medios de comunicación de masas. A través de internet, de las redes sociales o de la televisión, los gurús de la comunicación que están detrás o delante del ‘procés’ tejen una maraña constante de acciones de impacto mediático. El objetivo es activar los sentimientos del amplio público al que se dirigen, empatizar, movilizar, ganar la causa de la opinión.

En la universidad aprendí aquello de que los hechos no tienen debate alguno, son hechos, y las opiniones, son libres; eran otros tiempos donde el periodismo era algo serio. En el circo mediático al que estamos asistiendo con éste y otros conflictos, vemos nuevamente cómo se repiten hasta la saciedad los mensajes, aunque sean totalmente falsos, inciertos o mediopensionistas. Mentir a cámara, creerse las mentiras que uno cuenta y expresarlo con cara de estar diciendo verdades como puños es uno de los actuales ejercicios audiovisuales por excelencia. Claro, que cada vez hay más maestros en esto de convertir lo quimérico en dogma cuando les enfoca una cámara.

Es verdad que las ideologías causan estragos mentales a la hora de analizar con alguna objetividad ciertos acontecimientos, pero no lo es menos que, sobre todo en política, hay más caraduras, jetas, correveidiles y tontos útiles por metro cuadrado que en otros ámbitos de la sociedad. Cada vez hay más individuos/as que deben pensar que salir en la tele o en las redes sociales es el mayor logro de sus vidas, pero no por ganar un Premio Nobel o similar, más bien por demostrar los instintos más básicos y elementales del ser ¿humano?

El circo mediático audiovisual llegó hace años y tengo la sensación de que nunca se va a marchar. Dependerá de las personas, sí de las personas, el caso o la utilización que hagamos de las ruedas de molino con las que a menudo nos quieran hacer comulgar. Empezando por los propios periodistas profesionales y continuando con todos esos candidatos a periodistas amateurs que utilizan el móvil como herramienta para expresar su verdad.

Hace dos mil años, ya se inventó aquello del pan y circo para entretener a la plebe, ahora es todo más refinado, con mucha innovación tecnológica, pero en esencia, lo mismo. Como decía el gran Groucho Marx: “Encuentro la televisión muy educativa, cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Pues con internet, habrá que leerse la biblioteca entera y armarse de paciencia, mucha paciencia.

Añadir nuevo comentario