
La convergencia entre pasión y razón en la teoría del filósofo Theodor W. Adorno, analizada por la profesora Sheila López.
9 de enero de 2026. ¿Es posible una moral que no se refugie ni en la frialdad de la razón ni en el desbordamiento de la emoción? Esta es la pregunta que sugiere el artículo Sobre la “moral desarrollada” en Adorno. Una convergencia entre razón y pasión. Los casos de Eitchman y Eatherly, firmado por Sheila López Pérez, directora del Grado en Filosofía, Política y Economía de la Universidad Isabel I e investigadora, publicado en la Revista de Humanidades (RHV).
Lejos de concebir la moral como un sistema de normas abstractas o como un simple impulso emocional, el filósofo alemán Theodor W. Adorno defendió una idea tan exigente como incómoda: la moral auténtica solo emerge cuando razón y pasión se reclaman mutuamente, sin que ninguna anule a la otra.
Según explica la profesora López Pérez, el filósofo Adorno critica con dureza dos desviaciones morales opuestas pero igualmente peligrosas. Por un lado, la hipertrofia de la razón, heredera de una moral kantiana mal entendida, que convierte al individuo en un ejecutor obediente de normas sin reflexión crítica. Y por otro, el exceso de emotivismo, característico de cierta sensibilidad contemporánea, que ahoga la capacidad de análisis y desemboca en una culpa estéril.
“Recurrir a la psicología para entender al prójimo es una desvergüenza; para explicar los propios motivos, un sentimentalismo”, advertía Adorno, denunciando cualquier intento de justificar moralmente los actos humanos como simples reflejos de circunstancias pasadas.
Eichmann y Eatherly, dos fracasos morales opuestos
El artículo analiza dos casos históricos extremos para ilustrar estas perversiones de la moral. Adolf Eichmann, funcionario nazi responsable logístico del Holocausto, encarna la racionalidad insensible: obedeció órdenes sin cuestionarlas, identificándose por completo con la legalidad vigente de su tiempo. En él, razón y moral quedaron reducidas a mera administración.
En el extremo contrario aparece Claude Eatherly, piloto estadounidense implicado en el bombardeo atómico de Hiroshima. A diferencia de Eichmann, Eatherly fue incapaz de convivir con sus actos. Su vida posterior estuvo marcada por la culpa, el delito autoinculpatorio y los intentos de suicidio. Sin embargo, explica la profesora López Pérez, este sufrimiento no equivale automáticamente a moralidad.
Para Adorno, el sentimentalismo sin mediación racional también degrada al sujeto, pues anula su capacidad de comprender críticamente la realidad y transformarla. “Cuando los impulsos no están al mismo tiempo conservados en el pensamiento, (…) al pensamiento le sobreviene en venganza la estupidez”, escribió el filósofo. Para la profesora López Pérez, ambos pensamientos, aunque opuestos, comparten una misma raíz: la renuncia a oponerse activamente a una objetividad injusta.
La moral como resistencia y diferencia
Uno de los pensamientos centrales del artículo es la reconstrucción del concepto adorniano de sujeto moral. Frente a la autonomía cerrada del sujeto kantiano o la identidad freudiana, Adorno propone un sujeto heterónomo, capaz de dejarse afectar por el sufrimiento ajeno sin disolverse en él.
“La moral individual es el lugar en que el espíritu pega un tirón de su propia cadena”, afirma Adorno. Ese tirón no elimina las condiciones sociales, pero introduce una fisura crítica en ellas. La moral, en este sentido, no consiste en cumplir normas ni en exhibir arrepentimiento, sino en resistir la repetición automática de la injusticia histórica. De ahí el imperativo absoluto que atraviesa toda su obra: que Auschwitz no vuelva a ocurrir.
“No hay historia universal que guíe desde el salvaje al humanitario, pero sí de la honda a la superbomba”, escribió Adorno, subrayando que el progreso técnico no garantiza progreso moral.
Una moral paradójica, pero necesaria
En la reflexión de Sheila López Pérez no se oculta la tensión irresoluble que atraviesa la moral adorniana. La moral es, a la vez, necesaria e imposible: imprescindible para combatir una sociedad injusta, pero siempre amenazada por la falsedad de esa misma sociedad.
Aun así, Adorno no renuncia a ella. Lo hace desde una ética marcada por el sufrimiento y la esperanza, por el amor a lo que todavía no es. “Concibo la mejor situación como aquella en la que se pueda ser diferente sin temor”, escribió.
La conclusión de su análisis es clara: la moral no es lo que somos ni lo que fuimos, sino lo que estamos eligiendo ser. Y para ello, la razón debe comprender el mundo tal como es, mientras la pasión debe impulsarnos a transformarlo.
En tiempos de obediencia acrítica o de indignación fugaz, la propuesta adorniana —leída y actualizada por Sheila López Pérez— invita a recuperar una moral incómoda, exigente y profundamente humana.