
Jóvenes en la biblioteca.
16 de febrero de 2026. La universidad no solo forma profesionales: forma conciencias. Esta es la idea central del artículo La inteligencia como categoría moral, o por qué la universidad tiene una responsabilidad con la inteligencia de la civilización, firmado por Sheila López Pérez, directora del Grado en Filosofía, Política y Economía de la Universidad Isabel I, publicado en el blog de Studia XXI.
Partiendo de una conocida afirmación del filósofo Theodor W. Adorno “la inteligencia es una categoría moral”, la autora plantea la tesis: pensar no es un acto neutral, sino una obligación ética. No basta con saber hacer cosas; es imprescindible preguntarse para qué, cómo y con qué consecuencias.
Pensar antes de actuar: una obligación moral
El artículo subraya que no existe una “ignorancia inocente”. Cada persona, por el mero hecho de serlo, tiene la capacidad y la responsabilidad de ejercer su inteligencia antes de actuar. Renunciar a pensar no es una excusa, sino una elección. Y esa elección tiene efectos en el mundo.
En esta línea, la profesora López Pérez conecta la reflexión de Adorno con la visión fundacional de la UNESCO, que ya en su acta fundacional de 1945, advertía que las guerras nacen en la mente de los hombres. La violencia, sostiene la autora, no surge solo de las diferencias, sino de formas de pensar basadas en el prejuicio, la simplificación del otro y la ignorancia.
Más allá de “ser listo”
Uno de los ejes del texto se centra en la crítica a la reducción de la inteligencia a rendimiento, rapidez o eficacia. Entendida así, la inteligencia puede ponerse al servicio de fines profundamente inmorales: desde la propaganda totalitaria hasta tecnologías de control social. “Una inteligencia “mutilada”, separada de la empatía y la responsabilidad, puede convivir sin problemas con la barbarie”, señala la filósofa.
Frente a ello, la autora recurre la tradición filosófica desde la Grecia clásica al pensamiento de Immanuel Kant en su Crítica de la razón pura, para defender una inteligencia equilibrada, capaz de mediar entre razón, imaginación y sensibilidad moral.
La universidad ante su misión histórica
Si la inteligencia tiene una dimensión moral, la universidad no puede limitarse a ser una fábrica de títulos o “recursos humanos”. Su misión es civilizatoria, con la función de custodiar una relación con la verdad incompatible con la propaganda, el cinismo y la obediencia acrítica.
Sheila López Pérez alerta de un riesgo actual: que la universidad se rinda a la lógica de la aceleración, la métrica y el resultado inmediato. En un contexto de avance imparable de la Inteligencia Artificial, puede llegar a formar perfiles solo eficaces, pero esta medida es insuficiente. Lo específicamente humano, que se define con reflexiones como saber decir “no”, trazar líneas rojas o resistirse la deshumanización, exigen tiempo para pensar, dialogar y equivocarse.
Tres tareas clave para la educación superior
El artículo propone tres grandes responsabilidades para la universidad contemporánea:
- Recuperar el “para qué” del conocimiento, no solo el “cómo”.
- Gestionar el desacuerdo, fomentando la honestidad intelectual y el diálogo sin deshumanización.
- Potenciar la imaginación moral y la empatía, promoviendo que los estudiantes puedan aprender de otras disciplinas, culturas y perspectivas.
Inteligencia, paz y convivencia
La paz, concluye la profesora López Pérez, es una política pública y una competencia mental que se aprende. Y la ignorancia es uno de los principales alicientes de la guerra. La universidad tiene un papel decisivo en formar hábitos intelectuales que permitan convivir con la diferencia, sin convertirla en amenaza.
En síntesis, la filósofa de la Universidad Isabel I plantea que no se trata solo de qué universidad queremos, sino de qué humanidad queremos cultivar. Porque, como recuerda en su artículo, “quizá la misión última de la universidad sea una sola: hacer que la inteligencia vuelva a merecer ese nombre”.