Los mayores en la Universidad.

Los mayores en la Universidad.

2 de febrero de 2026La edad y el género influyen de forma significativa en el bienestar psicológico de las personas mayores que participan en programas universitarios de educación continua. Así lo concluye un estudio reciente firmado por Seila Soler, coordinadora del Máster en Formación del Profesorado de la Universidad Isabel I, y Pablo Rosser, docente de la UNIR, que analiza el impacto del aprendizaje permanente en el envejecimiento activo.

La investigación, publicada en Aging & Geriatric Psychiatry, se centra en estudiantes matriculados en el Programa Universitario para Personas Mayores de la Universidad de Alicante y pone de relieve la necesidad de diseñar experiencias educativas más inclusivas y adaptadas a los perfiles psicosociales de una población cada vez más envejecida.

Bienestar, edad y género en el aprendizaje permanente

El estudio parte de una realidad demográfica incuestionable: el envejecimiento progresivo de la población y el creciente papel de la educación como herramienta para mantener el bienestar emocional, social y cognitivo en la edad adulta. Desde esta perspectiva, los autores adoptan el modelo eudaimónico de bienestar psicológico de Carol Ryff, que entiende el bienestar como ausencia de malestar, pero también cómo desarrollo personal, sentido vital y autorrealización.

La investigación analizó a 60 estudiantes, con edades comprendidas entre los 46 y los 85 años, mediante un cuestionario de 41 ítems que evaluaba dimensiones como la autonomía, las relaciones sociales, la satisfacción vital, el crecimiento personal o la gestión del estrés. La mayoría de los participantes tenía entre 66 y 75 años y el 60 % eran mujeres, un perfil habitual en los programas de formación universitaria para personas mayores.

Diferencias significativas en bienestar psicológico

Los resultados muestran diferencias relevantes tanto por género como por grupo de edad. Las mujeres tendieron a mostrar mayores niveles de satisfacción vital, iniciativa personal y percepción de crecimiento continuo, mientras que los hombres presentaron puntuaciones más altas en ítems relacionados con la soledad percibida, el apoyo social insuficiente y una menor disposición al cambio. El estudio reveló que, por grupos de edad, las diferencias se observaron en diez indicadores relacionados con la satisfacción con la vida, la gestión del estrés, el apoyo social, la claridad de objetivos y la apertura a nuevas experiencias.

A medida que aumentaba la edad, los participantes tendían a mostrar una mayor satisfacción con su trayectoria vital y con los logros alcanzados, pero también una menor inclinación hacia experiencias nuevas o cambios significativos. Según los autores, estos patrones son coherentes con los modelos psicológicos del envejecimiento, que describen una mayor búsqueda de estabilidad emocional y coherencia biográfica en las etapas avanzadas de la vida.

Implicaciones para el diseño educativo

Uno de los principales aportes del estudio es la introducción y validación del concepto de anamnesis educativa, una herramienta pedagógica que permite recoger y analizar las trayectorias vitales, emocionales y motivacionales de los estudiantes mayores. Este enfoque facilita la personalización de los entornos de aprendizaje y contribuye a mejorar el bienestar psicológico y la participación educativa.

“El bienestar no es un elemento accesorio del aprendizaje en la edad adulta, sino un componente estructural”, señala Seila Soler. En este sentido, el estudio subraya la importancia de adaptar los programas de educación permanente a las diferencias de edad y género, incorporando estrategias que refuercen la conexión social, la autonomía, la expresión emocional y el sentido de propósito.

Además, los autores recomiendan introducir metodologías activas y tecnologías digitales de forma gradual y acompañada, para evitar la frustración o el rechazo, especialmente en los grupos de mayor edad.

Hacia un envejecimiento activo y significativo

Aunque se trata de un estudio piloto con una muestra limitada, los resultados aportan evidencias relevantes para el desarrollo de políticas educativas orientadas al envejecimiento activo. La investigación refuerza la idea de que la universidad puede desempeñar un papel clave como espacio de aprendizaje, socialización y bienestar en la etapa adulta.

Los autores concluyen que diseñar experiencias educativas sensibles a la historia de vida, al género y a los cambios asociados a la edad no solo mejora el aprendizaje, sino que contribuye a un envejecimiento más saludable, participativo y emocionalmente sostenible.