
Algoritmos y digitalización, influencias en las estructuras de poder en la actualidad.
30 de septiembre de 2026. ¿Quién toma realmente una decisión cuando un algoritmo determina qué contenidos vemos, qué productos nos recomienda una plataforma o qué opciones aparecen primero ante nosotros? Sergio Quintero Martín, profesor del Grado en Filosofía, Política y Economía de la Universidad Isabel I, analiza cómo la tecnología está transformando las formas tradicionales de ejercer el poder y plantea que una parte de este se está desplazando hacia sistemas digitales cada vez menos visibles.
El poder no siempre se manifiesta mediante una ley, una prohibición o una orden explícita. También puede encontrarse en los sistemas que seleccionan la información que recibimos, recomiendan qué consumir, clasifican perfiles, predicen comportamientos o establecen las condiciones en las que trabaja una persona dentro de una plataforma digital.
Ese cambio constituye el punto de partida del artículo El poder sin sujeto: virtualización, capitalismo algorítmico y la mutación del orden político global, de Sergio Quintero Martín, en Astrolabio. Revista Internacional de Filosofía.
Su tesis propone ampliar la manera en la que pensamos el poder. Frente a una lectura centrada principalmente en qué Estados, gobiernos o bloques acumulan mayor capacidad de influencia, Quintero dirige la atención hacia otra pregunta: cómo se ejerce actualmente ese poder. “El núcleo de la mutación contemporánea no reside primariamente en quién detenta el poder a escala global, sino en cómo este se ejerce, se organiza y se reproduce”, sostiene.
Un poder que no siempre tiene un rostro reconocible
Para explicar esta transformación, Quintero utiliza el concepto de virtualización del poder. No significa que las personas, empresas, instituciones o Estados hayan dejado de ejercerlo. Su propuesta reflexiona sobre una parte de las decisiones y mecanismos que orientan la vida social . A su juicio, se delega progresivamente esta visión en infraestructuras digitales, algoritmos, sistemas automatizados y grandes redes de datos.
La diferencia puede entenderse con situaciones cotidianas: una plataforma selecciona qué publicaciones aparecen primero; un buscador ordena unos resultados por encima de otros; un sistema recomienda determinados contenidos; una aplicación recopila información sobre nuestras preferencias; o un algoritmo puede intervenir en la organización del trabajo sin que exista una persona dando directamente cada instrucción.
En estos casos sigue habiendo empresas, diseñadores, intereses y decisiones humanas detrás de la tecnología. Lo que cambia es la forma en la que se ejerce la influencia y, con ella, la posibilidad de identificar quién decide y quién debe responder por esas decisiones. El profesor Quintero lo resume señalando que “el poder se vuelve ambiental, infraestructural, predictivo y crecientemente automático”.
Esta idea es fundamental para comprender su propuesta. El poder no desaparece, sino que puede quedar integrado en el propio entorno tecnológico en el que actuamos.
De reaccionar a nuestras decisiones a intentar anticiparlas
Uno de los cambios que el artículo considera más relevantes está en la capacidad de los sistemas digitales para trabajar con enormes cantidades de información y utilizarla para predecir comportamientos.
El autor sostiene que el poder algorítmico no se limita a actuar después de que una persona haya tomado una decisión. Los sistemas de recomendación, clasificación y predicción pueden intervenir antes, organizando las alternativas que encontrará el usuario. “No solo vigilan lo que los sujetos hacen, sino que intervienen sobre las condiciones bajo las cuales ciertas acciones aparecen como más probables, más visibles, más rentables o más deseables que otras”, explica Quintero.
Traducido a la experiencia cotidiana, la cuestión filosófica aparece cuando una persona elige entre opciones que previamente han sido seleccionadas, ordenadas o recomendadas por un sistema que conoce parte de su comportamiento anterior.
Esto no significa, según el planteamiento del artículo, que desaparezca la capacidad individual de decidir. La pregunta es hasta qué punto esa decisión sigue siendo completamente autónoma cuando el entorno digital puede anticipar preferencias y organizar las opciones disponibles.
De Hannah Arendt al capitalismo algorítmico
Para construir su análisis, Quintero recupera el pensamiento de Hannah Arendt y, en particular, su concepto de “cristalización”. Arendt utilizó esta idea para explicar que determinados acontecimientos históricos no proceden necesariamente de una única causa. Pueden aparecer cuando elementos que ya existían por separado convergen y adquieren conjuntamente un significado nuevo.
Quintero traslada esta herramienta filosófica al presente para analizar la convergencia entre tecnología, mercado, vigilancia, consumo y gestión de la vida. De esa unión surgiría lo que denomina capitalismo algorítmico.
El concepto no pretende equiparar directamente el actual ecosistema tecnológico con los regímenes totalitarios del siglo XX, sino que establece esa diferencia. Su propuesta consiste en utilizar algunas herramientas conceptuales desarrolladas por Arendt para preguntarse si la combinación de tecnologías digitales y determinadas lógicas económicas está generando una forma distinta de concentración y ejercicio del poder.
Para el profesor Quintero, frente al terror y la coerción explícita característicos de los totalitarismos históricos. El modelo que analiza Quintero funcionaría fundamentalmente mediante datos, predicciones, automatización y mecanismos integrados en actividades cotidianas que los propios usuarios realizan voluntariamente.
Aceptar unas cookies, pulsar “me gusta”, seguir una cuenta o utilizar una aplicación parecen acciones pequeñas e independientes; pero cada una puede producir información susceptible de incorporarse a sistemas que aprenden de nuestro comportamiento.
Cuando nosotros mismos alimentamos al algoritmo
Sergio Quintero añade en su reflexión que los sistemas digitales no se limitan a recopilar información. También pueden aprender de las acciones de los usuarios y utilizar esos datos para modificar posteriormente el entorno en el que esos mismos usuarios toman decisiones.
Una búsqueda, una compra, una ubicación, el tiempo dedicado a una publicación o la aceptación de una recomendación pueden convertirse en nuevos datos. Estos alimentan el sistema y permiten ajustar futuras predicciones y recomendaciones. Se crea así un proceso circular en el que “actuamos dentro de una plataforma, nuestra actividad genera datos y esos datos pueden utilizarse para modificar la plataforma con la que volveremos a interactuar”, subraya.
Para Quintero, esta capacidad es importante porque transforma la relación tradicional entre poder y decisión. El algoritmo no se limita a ejecutar una regla fija, sino que puede reajustarse continuamente a partir de la información que recibe.
El trabajador que recibe órdenes de un sistema
El artículo utiliza la economía de plataformas para trasladar esta reflexión a un ámbito concreto. En servicios de reparto o transporte gestionados mediante aplicaciones, parte de la organización del trabajo puede depender de sistemas automatizados que distribuyen tareas, calculan incentivos, valoran rendimientos o ajustan precios.
En una relación laboral tradicional resulta relativamente sencillo identificar quién supervisa o toma determinadas decisiones. Cuando esas funciones se trasladan a un algoritmo, esa relación se vuelve más difícil de reconocer.
Quintero utiliza este ejemplo para mostrar qué entiende por un poder progresivamente despersonalizado. No significa que detrás de la plataforma no existan responsables humanos o empresariales, sino que el trabajador puede relacionarse directamente con un sistema automatizado que organiza una parte de su actividad.
El problema filosófico que aparece entonces es el de la responsabilidad. Si una decisión automatizada perjudica a una persona, ¿quién responde por ella? Y si desconocemos cómo funciona el algoritmo que la ha tomado o recomendado, ¿cómo puede cuestionarse?
El riesgo de convertir a las personas en datos
La digitalización permite medir comportamientos que anteriormente resultaban difíciles de registrar. Pero Quintero cuestiona la idea de que una mayor cantidad de datos produzca necesariamente una representación neutral de la realidad.
Los algoritmos han sido diseñados con determinados objetivos, trabajan con información seleccionada y establecen categorías. Por eso, detrás de una decisión aparentemente técnica pueden existir criterios humanos, empresariales o sociales.
Desde esta perspectiva, el problema no consiste únicamente en la cantidad de información que se recopila sobre las personas. También importa qué se hace con ella y qué parte de la complejidad de una persona desaparece cuando su comportamiento se convierte en un perfil cuantificable y predecible.
Tecnología y libertad no tienen por qué ser incompatibles
El análisis de Quintero es crítico e introduce un matiz relevante, que la tecnología digital no conduce inevitablemente a la dominación. Los mismos entornos digitales pueden facilitar la cooperación, la denuncia, la organización ciudadana, la circulación de conocimiento o la visibilización de conflictos que difícilmente alcanzarían la misma dimensión mediante otros canales.
Por ello, el autor desplaza el debate desde una oposición sencilla entre tecnología buena o mala hacia otra cuestión más compleja. Su disertación estudia bajo qué condiciones se diseñan y utilizan esas herramientas. “La cuestión no es si lo digital es en sí mismo emancipador o dominador, sino bajo qué condiciones técnicas, económicas e institucionales puede sostener un espacio verdaderamente común”, señala en las conclusiones.
Esta distinción permite comprender el alcance de su propuesta filosófica. El problema no sería la existencia de algoritmos, inteligencia artificial o grandes cantidades de datos por sí mismos, sino las estructuras de poder, los intereses y las reglas bajo las que funcionan.
Hacer visible un poder que tiende a ser invisible
El artículo termina trasladando el debate tecnológico a algunas de las preguntas fundamentales de la filosofía política: quién decide, quién responde, qué significa actuar libremente y qué espacios quedan para la deliberación colectiva.
En un contexto en el que una parte creciente de nuestra actividad cotidiana pasa por sistemas digitales, la pregunta sobre quién tiene el poder deja así de referirse exclusivamente a gobiernos, instituciones o grandes corporaciones. También obliga a mirar hacia las infraestructuras y algoritmos que median silenciosamente entre las personas y una parte cada vez mayor del mundo que las rodea.