Sheila López Pérez

La directora del Grado en Filosofía, Política y Economía, Sheila López Pérez.

26 de junio de 2026. La directora del Grado en Filosofía, Política y Economía de la Universidad Isabel I, Sheila López Pérez, ha publicado un artículo de reflexión en El blog de Studia XXI, un espacio de análisis y debate sobre educación superior promovido por la Fundación Europea Sociedad y Educación, en el que cuestiona la generalización de los trabajos grupales en la universidad y defiende la necesidad de reconocer el derecho de los estudiantes adultos a desarrollar parte de su aprendizaje de forma autónoma.

En el artículo, titulado “Los trabajos grupales en la universidad. Una reflexión sobre el derecho al estudio autónomo”, la profesora analiza una práctica habitual en las aulas universitarias y plantea un debate sobre los límites y finalidades del trabajo colaborativo en la educación superior.

La autora parte de una premisa que comparte con buena parte de la comunidad académica: el trabajo en grupo es una herramienta valiosa durante las primeras etapas educativas porque permite desarrollar habilidades sociales y relacionales fundamentales. “Aprender a escuchar, repartir tareas, negociar ideas y llegar a acuerdos son destrezas que solo pueden ejercerse en compañía”, señala.

Sin embargo, considera que la cuestión debe replantearse cuando los estudiantes alcanzan la universidad y defiende que la educación superior debe representar una etapa marcada por la autonomía intelectual, la responsabilidad personal y la capacidad de tomar decisiones sobre el propio aprendizaje.

¿Debe ser obligatorio trabajar en grupo en la universidad?

El núcleo de la reflexión gira en torno a una pregunta que la autora considera incómoda, pero necesaria: “¿Es legítimo exigir trabajos grupales a estudiantes universitarios ya mayores de edad?”.

La profesora López Pérez reconoce el valor de la cooperación pero advierte de que muchas veces los trabajos grupales se convierten en una metodología aplicada de forma automática, sin valorar si realmente contribuye a los objetivos de aprendizaje de una asignatura. “Deberíamos dejar de considerar los trabajos grupales automáticamente buenos para todas las situaciones de aprendizaje”, sostiene.

La profesora señala que, en numerosos casos, el resultado final acaba siendo una suma de trabajos individuales ensamblados posteriormente, mientras que las dinámicas internas generan desigualdades entre estudiantes con diferentes niveles de implicación, disponibilidad o circunstancias personales. “Una metodología pensada para fomentar la cooperación termina generando injusticia, desigualdad y frustración”, afirma en uno de los pasajes más contundentes del texto.

La autonomía como parte de la formación universitaria

El artículo defiende que la universidad debe reconocer que sus estudiantes son, en la mayoría de los casos, personas adultas capaces de asumir responsabilidades sobre su proceso formativo. En este sentido, la autora considera que el docente debe seguir orientando, evaluando y garantizando la calidad académica, pero sin organizar cada dimensión del aprendizaje como si el estudiante careciera de capacidad de decisión. “Si se afirma que el estudiante debe ser autónomo, esa autonomía debe tener consecuencias reales en la organización de su aprendizaje”, escribe.

Por ello, propone que las universidades contemplen alternativas individuales en aquellas actividades cuyo objetivo pedagógico no requiera necesariamente una ejecución colectiva, especialmente cuando se trata de trabajos de reflexión, análisis o elaboración intelectual profunda.

Una crítica a ciertos planteamientos del modelo Bolonia

La reflexión también cuestiona algunas de las inercias surgidas tras la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior. Según la autora, se ha extendido la idea de que toda metodología participativa o grupal es, por definición, más innovadora y eficaz que el trabajo individual. Frente a esa visión, la profesora López reivindica la importancia de preservar espacios de estudio personal  y pensamiento autónomo dentro de la experiencia universitaria.“ La universidad necesita diálogo, cooperación y vida común, pero también necesita proteger los espacios de interioridad intelectual sin los cuales no hay pensamiento”, sostiene.

Recuperar la misión humanista de la universidad

Más allá del debate metodológico, el artículo constituye una reflexión sobre la propia misión de la universidad. “La universidad no está compuesta por estudiantes abstractos: está compuesta por personas concretas, con vidas concretas, con tiempos concretos y con modos distintos de aproximarse al conocimiento”, afirma la filósofa.

Por ello, concluye que defender el derecho al estudio autónomo no implica rechazar el valor de la colaboración, sino reconocer que la formación universitaria debe saber equilibrar ambas dimensiones. “Si queremos personas capaces de construir vínculos responsables con los demás, tendremos que permitirles desarrollar primero su propia responsabilidad”, concluye la autora, reivindicando una universidad que combine cooperación, libertad y madurez intelectual.