
El ejercicio físico en los jóvenes.
3 de noviembre de 2026. Dormir bien, mantener una vida activa y la percepción que cada persona tiene de su propio cuerpo son aspectos diferentes de la salud, pero pueden estar relacionados. Una investigación con participación de la Universidad Isabel I ha estudiado cómo interactúan estos factores en estudiantes universitarios españoles y qué diferencias aparecen cuando se tiene en cuenta su índice de masa corporal (IMC).
El trabajo está firmado por Daniel Sanz-Martín como investigador principal, y forma parte del proyecto interno Ui1-PI098 aprobado por la Universidad Isabel I. En la investigación también participan José Luis Ubago-Jiménez y José Manuel Alonso-Vargas, de la Universidad de Granada, y Eduardo Melguizo-Ibáñez, de la Universidad de La Laguna. Publicado en la revista científica Retos, analiza las respuestas de 403 estudiantes universitarios, con una edad media de 28,12 años y procedentes de 41 provincias españolas.
Uno de los resultados más significativos indica que la actividad física vigorosa mantiene una relación positiva con el autoconcepto físico en los cuatro grupos estudiados, desde las personas con bajo peso hasta aquellas clasificadas en la categoría de obesidad.
La relación entre actividad física y cómo percibimos nuestro cuerpo
El autoconcepto físico mide la percepción que una persona tiene de sí misma. En la investigación, esta variable presenta diferencias cuando los participantes se agrupan según su IMC. La puntuación media analizada fue de 3,61 sobre cinco entre los estudiantes con bajo peso y de 3,60 entre quienes tenían normopeso. En el grupo con sobrepeso este valor se situó en 3,47 y descendió hasta 2,67 entre los participantes clasificados en la categoría de obesidad.
Las diferencias entre el grupo con obesidad y los otros tres grupos fueron estadísticamente significativas. En el análisis del conjunto de participantes también se encontró una relación negativa entre el IMC y el autoconcepto físico.
La actividad física ofrece otra perspectiva sobre esta relación. Los estudiantes con obesidad registraron una media de 75,86 minutos semanales de actividad física vigorosa. La cifra fue de 233,54 minutos entre quienes presentaban normopeso y de 246,74 entre los participantes con sobrepeso. En el grupo con bajo peso alcanzó los 269,21 minutos.
El sueño también forma parte de la investigación
El descanso es otra de las dimensiones de la investigación y para estudiarlo, los participantes respondieron al Índice de Calidad del Sueño de Pittsburgh (PSQI), que tiene en cuenta aspectos como el tiempo necesario para quedarse dormido, la duración y eficiencia del sueño, las alteraciones durante la noche o las dificultades durante el día.
Los resultados apuntan a una mala calidad del sueño entre los estudiantes analizados. Los 403 participantes obtuvieron una puntuación media de 9,37 en el Índice de Calidad del Sueño de Pittsburgh, donde una puntuación más alta refleja un peor descanso. Los autores califican este resultado como “muy pobre” y advierten de que es peor que el registrado en investigaciones anteriores con universitarios españoles, que habían obtenido puntuaciones medias de 6,39 y 8,4. Los resultados vuelven a mostrar que un autoconcepto físico más positivo aparece asociado en el estudio con mejores resultados en diferentes componentes del descanso.
Los autores explican que “una imagen corporal más positiva se asocia con mayores niveles de bienestar subjetivo, un menor tiempo para conciliar el sueño, una mayor duración del sueño y una mejor calidad media del sueño, así como con menos alteraciones del sueño”.
Al comparar los resultados según el índice de masa corporal (IMC), los estudiantes con sobrepeso son quienes presentan una peor calidad global del sueño. Su puntuación media en el PSQI alcanza los 11,17 puntos, frente a los 9,09 del grupo con normopeso y los 9,56 de quienes presentan obesidad. Dado que una puntuación más alta indica un peor descanso, los datos muestran que la calidad del sueño no empeora progresivamente a medida que aumenta el IMC. Sin embargo, el estudio sí encuentra que un IMC más elevado se relaciona con una peor percepción subjetiva del sueño y con un mayor tiempo para conciliarlo.

Ejercicio físico de dos jóvenes en un parque.
Más del 25% de los participantes presenta sobrepeso u obesidad
La mayoría de los estudiantes analizados, el 68,73%, se encuentra en la categoría de normopeso. Sin embargo, algo más de uno de cada cuatro participantes presenta sobrepeso u obesidad, con porcentajes del 19,35% y del 7,20%, respectivamente, mientras que el 4,71% se sitúa en la categoría de bajo peso. En conjunto, la muestra registra un IMC medio de 23,70.
El estudio también detecta diferencias entre hombres y mujeres. El IMC medio es mayor entre los hombres, aunque el tamaño del efecto observado es reducido. Esto significa que la diferencia es estadísticamente significativa, pero su magnitud es pequeña y el sexo explica solo de forma limitada las diferencias de IMC encontradas entre los participantes.
La distancia entre hombres y mujeres es más apreciable al analizar la actividad física vigorosa. Los hombres declaran una media de 301,45 minutos semanales, frente a los 181 minutos de las mujeres, aproximadamente dos horas menos a la semana. En este caso, los investigadores encuentran un tamaño del efecto moderado, por lo que la diferencia tiene mayor relevancia que la observada en el IMC.
Los datos permiten, por tanto, identificar diferencias dentro de la muestra, pero no concluir que el sexo determine por sí mismo el IMC o el nivel de actividad física. Además, al tratarse de un estudio transversal basado en una muestra de participación voluntaria, los resultados no deben trasladarse automáticamente al conjunto de estudiantes universitarios españoles.
Métodos de investigación
Los participantes respondieron a tres instrumentos validados. El IPAQ-SF permitió conocer el tiempo dedicado a actividad física vigorosa, el cuestionario AF-5 se utilizó para analizar el autoconcepto físico y el Índice de Calidad del Sueño de Pittsburgh sirvió para estudiar el descanso. Con estos resultados, los investigadores analizaron las relaciones entre edad, IMC, actividad física vigorosa, autoconcepto físico y sueño. También compararon los perfiles de los participantes según las cuatro categorías de IMC.
El trabajo plantea continuar esta línea mediante estudios longitudinales que permitan observar cómo cambian estos hábitos a lo largo de los cursos académicos y conforme aumenta la edad de los estudiantes. Los investigadores proponen incorporar nuevas variables en futuros estudios como los patrones alimentarios y el uso de redes sociales.