Juan Antonio Latorre Profesor del grado de nutrición humana y dietética
Jue, 12/12/2019 - 16:39

La producción de alimentos debido a la agricultura o ganadería, la manufacturación de productos alimentarios, su transporte y almacenaje, contribuye de forma importante a la producción de gases con efecto invernadero en la atmósfera. Mejorar los métodos de producción, integrando tecnología innovadora, así como conseguir un uso más eficiente de los fertilizantes, puede contribuir a reducir el efecto perjudicial sobre el clima de estas actividades. No obstante, no todo depende de la producción, los consumidores también jugamos un papel relevante.

Las elecciones alimentarias que hacemos a diario tienen influencia significativa en el clima, así sabemos que producir carne de vacuno libera una cantidad grande de dióxido de carbono mientras que producir fruta, legumbres o verduras libera una cantidad mucho menor. 

Sabemos además que el transporte de alimentos aumenta la liberación de gases con efecto invernadero, especialmente si este transporte se realiza en avión. 

Con la proliferación de cultivos de invernadero y la refrigeración podemos consumir cualquier alimento durante todo el año pero los sistemas de climatización de los invernaderos, y mantener la cadena de frío durante el transporte y el almacenamiento de los alimentos refrigerados y congelados aumenta la producción de gases nocivos para el clima. 

Por otra parte la producción de alimentos ecológicos reduce el uso de fertilizantes químicos sintéticos que necesitan un elevado consumo de energía para su fabricación y además aumentan la producción de residuos.

De manera que una dieta beneficiosa para el clima debería ser rica en verduras, fruta y legumbres, reducir la carne roja, favorecer el consumo de alimentos de proximidad, estacionales y, si es posible, ecológicos, sin olvidarnos de controlar el desperdicio alimentario.

Repasando los datos del estudio realizado por la Unión de Consumidores de Galicia (Ucgal): “Hábitos alimentación 2019” en Galicia, podemos observar que los jóvenes menores de 30 años son los que menos frutas y verduras consumen, además de consumir menos productos frescos, mientras que los mayores de 60 años son los que mas compran alimentos frescos en mercados locales y tienen un nivel más elevado de consumo de frutas verduras y legumbres. Estos datos coinciden con lo que llevamos años viendo en consulta: el abandono por parte de los más jóvenes de los alimentos frescos y de temporada, cambiándolos por productos procesados, de consumo más fácil pero menos saludables y ahora tenemos suficiente información para considerar, además, que son menos beneficiosos para el clima.

No obstante, en los últimos años se empieza a ver cómo hay una mayor preocupación por llevar una alimentación más saludable y sostenible, también entre los más jóvenes. 

Según la encuesta de la Ucgal el consumo de productos frescos ha aumentado un 17% en los últimos tres años, en el mismo periodo el consumo de alimentos de temporada ha aumentado un 31% y el de alimentos de proximidad un 28%, registrándose un mayor aumento de consumo de productos locales en el grupo de edades comprendido entre 41 y 50 años. Se observa que cada vez es mayor la concienciación contra el desperdicio alimentario, especialmente entre los más jóvenes, aumentando además el consumo de productos ecológicos (15,3%) y productos con denominación de origen o indicación geográfica protegida.

Todos estos datos son esperanzadores y presumen una mayor sensibilidad y responsabilidad por parte de los consumidores. Aún así, como dice el Dr Johan Rockström codirector del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK), uno de los principales centros europeos de investigación sobre cambio climático y sostenibilidad, no se puede delegar este cometido solo en los consumidores, ya que los gobiernos tienen la obligación de implementar políticas que permitan adecuar nuestros hábitos alimentarios para conseguir una dieta que proteja por igual nuestra salud y el medio ambiente. 

 

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