Sheila López Pérez Directora del Grado en Filosofía, Política y Economía
Mié, 04/02/2026 - 11:46

Imagen sobre las personas que aparecen en los papeles de Epstein. Fuente: Inteligencia ArtificialImagen sobre quienes que aparecen en los papeles de Epstein. Fuente: Inteligencia Artificial.

Serie: 'Las ideas que nos vertebran' (XX)

El Departamento de Justicia de Estados Unidos ha publicado nuevo material del caso Epstein: unos 3,5 millones de páginas, además de miles de vídeos e imágenes, de la llamada Epstein Files Transparency Act -Ley de Transparencia de Archivos de Epstein-.  Lo que aparece en estos documentos (y, en especial, en la última liberación de finales de enero de 2026) no son “confesiones” o rumores sobre la vida íntima de los famosos. Se trata de algo mucho más inquietante: correos, notas, listados, entrevistas e imágenes que describen o exhiben rutinas de explotación, abuso, violación, ideas supremacistas, confabulaciones sobre pandemias, rituales mortuorios y un largo etcétera. En estos correos y listados se describen prácticas indecibles que se llevaban a cabo en la isla de Epstein, tales como “masajes a bebés en la cámara de los horrores”, intercambios de niños secuestrados, propuestas de propagación de futuras pandemias, instrucciones para penetrar sin consentimiento y un largo etcétera. Hay, además, un volumen inmenso de material audiovisual que muestra, implícita o explícitamente, dichas prácticas. Por un lado, estos documentos alumbran el mapa de relaciones personales que rodeaba a Esptein. Por otro, los documentos han desatado una guerra ideológica sobre qué se ha revelado y qué no, ya que todavía falta una parte relevante de material por desclasificar –otros 3 millones de documentos-.

Lo que se ve con nitidez en todo este entramado es el sadismo que atraviesa al ecosistema del poder: nombres como Donald Trump, Stephen Hawking, Bill Clinton, Noam Chomsky, Bill Gates o el Príncipe Andrés, entre muchos otros, aparecen como visitantes recurrentes de la isla de Epstein, mostrándose en sus fotografías y participando, de manera muy decepcionante, en retorcidas conversaciones con el magnate por correo electrónico. Que todos estos famosos hayan sido exhibidos como partícipes de un abuso recurrente cuyo único objetivo es instrumentalizar a los demás, de maneras muy diversas, nos permite entender mejor la esencia del poder.

Red cerrada de poder y flujo abierto de poder

El poder es una actividad que un individuo ejerce sobre otro, y como tal, todos podemos practicarlo. No obstante, hay dos formas muy distintas de ejercer el poder:

  • Por un lado, existe el poder de hacer uso de los demás. Este consiste en la capacidad de instrumentalizar al otro, es decir, de tratarlo como un objeto para nuestros propios fines -ya sean sexuales, políticos, sentimentales, económicos o de cualquier otro tipo-.
  • En segundo lugar, existe el poder para liberarse, precisamente, de la instrumentalización sufrida. Este es el poder que ejercen las víctimas para independizarse de esa lógica que las tenía subyugadas, luchar contra ella y, en última instancia, intentar destruirla.

Con esta distinción apuntamos a que no existe “el poder” en abstracto, sino dos lógicas muy distintas de ejercerlo y de hacerlo circular en sociedad. La primera es una lógica cerrada que pertenece a las élites, las cuales compiten por conservar y ampliar su influencia. La segunda es una lógica abierta, propia de las irrupciones colectivas que rompen con el monopolio del poder de las élites y lo devuelven, aunque sea de manera temporal, al conjunto de la ciudadanía.

Dicho de forma sencilla: la primera, la red cerrada de poder, convierte el poder en un “capital” que se acumula dentro de un circuito restringido; el segundo, el flujo abierto de poder, se entiende como una fuerza social que se democratiza a medida que más gente puede actuar, decidir y transformar su realidad.

  • La red cerrada de poder, la de las élites, funciona como un club con reglas internas. La arquitectura es clara: los mismos nombres circulan una y otra vez por los mismos espacios (política, finanzas, empresas, grandes medios, instituciones académicas, fundaciones), y el acceso a este circuito es muy selectivo. Lo crucial es que aquí el poder no se ejerce para lograr un fin “externo”, un tesoro que, una vez conseguido, permita detenerse en la carrera por el poder. El poder se ejerce con motivo de mantenerse por delante de los competidores: tiene más poder el que más se distancie de los otros actores en la competición y, por supuesto, del resto de la ciudadanía. Por eso es un poder sin final posible: si alguien “afloja” o se detiene pierde su posición, puesto que la carrera por el poder no se detiene.
  • El flujo abierto de poder contiene una lógica opuesta: su sujeto no es un club minoritario y selecto, sino una mayoría. Aunque la primera persona en levantar la voz pueda ser una única persona, de pronto emergen muchas otras voces que comparten los abusos sufridos por individuos con la misma lógica cruel y narcisista. El flujo abierto de poder se activa cuando quienes estaban sometidos pasan de ser “objeto” a ser “sujeto”: se organizan, se reconocen, forman alianzas y presionan hasta convertir lo “intocable” en denunciable. A diferencia de la red cerrada de poder, que busca perpetuarse ad infinitum, el flujo abierto tiene un fin concreto: nace para alcanzar un objetivo (derechos, reformas, límites al abuso, protección frente a los poderosos) y su éxito se mide por ampliar la capacidad de acción e intervención de la gente común. Este ejercicio no busca que el poder se concentre, sino que se redistribuya. Si lo pensamos en términos de democracia, el flujo abierto de poder es el momento en que la democracia deja de ser un procedimiento representativo y se convierte en una praxis en la que más personas participan, deciden, deliberan, cooperan y generan derechos y deberes.

Dentro de la red cerrada de poder, la capacidad de acción se considera un privilegio que “pertenece” a unos pocos, y el resto solo puede pedir, reclamar o protestar, sin entrar en el cuarto de mando. En el flujo abierto de poder, la capacidad de acción se transforma en capacidad de intervención: acceso a información sensible, participación ciudadana en decisiones, exigencia de dimisiones y condenas, protección de los vulnerables, espacios donde la cooperación tiene alguna repercusión. En definitiva, mientras que la red cerrada trata el poder como un juego de suma cero entre individuos (si tú subes, yo bajo), siendo los otros el medio para escalar de posición, el flujo abierto entiende el poder como una acción compartida y expansiva, y busca ampliar el número de personas que pueden convertirse en actores dentro de la vida colectiva.

El caso Epstein como “red cerrada de poder”

Epstein no solo acumulaba riqueza: acumulaba poder. El “mundo Epstein” funcionaba como un micro-régimen de actores (los poderosos) y recursos (el resto de individuos). En esta estructura, las personas abusadas eran consideradas “instrumentos” para el placer, el prestigio, el intercambio o el sadismo de los actores principales, exactamente el tipo de relación sujeto-objeto asociado a la red cerrada de poder.

Los documentos desclasificados muestran la densidad de una red cerrada que es transnacional: se trata de evidencias en torno a gente poderosa que, a priori, no tiene nada que ver entre sí. Lo único que comparten es su participación de un poder económico que, por lo que podemos comprobar, impregna a sus poseedores de una misma lógica sádica, jerárquica, abusiva y endiosada. La lógica de estar más allá del bien y del mal, de cualquier contrato social, de las leyes, de los tabúes e incluso de la dignidad. Si el poder se mide por la impunidad y la distancia respecto a las normas que debe acatar toda la sociedad, la desclasificación de estos archivos hace patente algo que todos sospechamos, pero que no puede sino seguir produciéndonos nauseas: hay muchas personas que no necesitan esconder sus desvergüenzas morales porque saben que están en una carrera muy diferente a la del resto de la población.

¿Cómo podría irrumpir el flujo abierto ante esta situación?

Iniciar un flujo abierto de poder no consiste sencillamente en “que el Estado publique documentos e imágenes comprometidas”. Este primer paso, si no avanza, solo reforzará la existencia de esa red cerrada que está más allá del bien y del mal. Si la desclasificación no va acompañada de un aumento en la capacidad de intervención de la ciudadanía, ese primer paso, paradójicamente, afianzará el circuito cerrado de poder. Lo crucial para que la civilización conserve ciertas garantías ante abusos futuros será la secuencia que le siga: supervivientes litigando, periodistas insistiendo, organizaciones presionando, legisladores juzgando, académicos denunciando y una opinión pública que repudie a las personalidades implicadas. Todo esto antes de una debida imputación y posterior condena.

En este sentido, la liberación de millones de documentos es el primer síntoma de la emergencia del flujo abierto de poder; lo que debe lograrse es su continuación. Estados, organizaciones civiles e instituciones sociales deben presionar para que la transparencia no sea solo un “volcado de datos”, sino un proceso de rendición de cuentas. Y esto porque un flujo abierto de poder es, en toda circunstancia y situación, la capacidad colectiva de convertir un escándalo en una organización más justa de la sociedad.

Editor: Universidad Isabel I

ISSN: 3020-1411

Burgos, España