El profesor Daniel Sanz, experto en el análisis de redes sociales

El profesor Daniel Sanz, experto en el análisis de redes sociales.

18 de febrero de 2026. Más de cinco mil millones de personas en el mundo usan redes sociales. En España, el 94% de los jóvenes entre 18 y 24 años las utiliza de forma habitual y dedica a ellas una media de cinco horas y media al día. Las cifras impresionan, pero ¿sabemos realmente qué significan? ¿Estamos hablando solo de uso… o de algo más?

El profesor Daniel Sanz, docente del Máster en Formación del Profesorado de la Universidad Isabel I y experto en el análisis de redes sociales, lleva años investigando este fenómeno desde una perspectiva científica. Su conclusión es clara: el debate no es blanco o negro. Las redes pueden ser una herramienta extraordinaria o convertirse en un problema serio de salud pública. Todo depende del cómo, el cuánto y el para qué.

Qué es realmente una red social

“Muchas veces hablamos de redes sociales sin saber exactamente qué son”, explica. Según la definición académica, se trata de plataformas digitales de comunicación global que conectan a un gran número de usuarios. Pero más allá de la teoría, comparten tres características clave: uso masivo, posibilidad de consumir contenido y capacidad de crearlo sin necesidad de conocimientos técnicos.

Existen redes generalistas —como Instagram, Facebook o TikTok—, profesionales —como LinkedIny especializadas en ámbitos concretos. Sin embargo, la preocupación social y científica se centra especialmente en las generalistas, que concentran el mayor volumen de usuarios jóvenes.

A nivel mundial, el tiempo medio de uso ronda los 151 minutos diarios. Pero en el caso de los jóvenes españoles de 18 a 24 años la cifra se dispara hasta las 5,5 horas al día. “No es solo cuántos la usan, sino cuánto tiempo pasan dentro”, señala Sanz.

Uso no es adicción

Uno de los puntos clave de su intervención es diferenciar entre uso intensivo y adicción. No todo consumo elevado implica dependencia. La adicción aparece cuando “existe una pérdida de control y una dependencia hacia una actividad que afecta al equilibrio psicológico”, destaca el profesor Sanz.

Las mecánicas de algunas plataformas influyen en este proceso. Loslikes”, las notificaciones instantáneas, los comentarios o el llamado scrolling infinito generan refuerzos positivos inmediatos. Cada reacción activa circuitos de recompensa en el cerebro y favorece la repetición del comportamiento.

Los estudios muestran que la adicción a redes sociales puede estar relacionada con angustia mental, ansiedad, depresión, problemas de sueño e incluso conductas autolesivas. También existen efectos físicos asociados, como fatiga visual, dolor cervical —el conocido tech-neck— o tendinitis en el pulgar.

Según investigaciones europeas, alrededor del 20% de los jóvenes en determinados países del sur y este de Europa podría presentar niveles problemáticos de uso. En estudios recientes en población universitaria, los niveles no solo no disminuyen, sino que aumentan. De hecho, en algunos análisis se observa que cada universitario utiliza de media más de siete redes sociales distintas.

Un fenómeno complejo y cambiante

El problema, insiste el profesor Sanz, es que se trata de un fenómeno multifactorial y multidisciplinar. No existe una única causa ni una explicación simple. Variables como la inteligencia emocional, el burnout académico o el apoyo social influyen de manera directa o indirecta en la probabilidad de desarrollar dependencia.

En el proyecto de investigación que lidera en la Universidad Isabel I, el equipo analiza precisamente cómo estos factores psicosociales se relacionan con los hábitos saludables, especialmente con la actividad física y la dieta. Los primeros resultados apuntan a que ciertos factores psicológicos pueden actuar como protectores, mientras que otros aumentan el riesgo.

El profesor Daniel Sanz en la Universidad Isabel I

El profesor Daniel Sanz en la Universidad Isabel I.

La adolescencia y la primera etapa universitaria constituyen además un periodo especialmente sensible. Son años de transición, de cambios cognitivos, de mayor independencia y de incremento de exigencias académicas. En ese contexto, las redes pueden convertirse en una vía de escape, en una fuente de validación externa o en un espacio de socialización que sustituye parcialmente al contacto directo.

¿Regular o educar?

Ante este escenario, algunos países europeos han optado por limitar el acceso de menores a determinadas plataformas o reforzar los sistemas de control parental. El debate está abierto.

Para Daniel Sanz, no existe una “varita mágica”. La clave no estaría únicamente en prohibir, sino en educar y ofrecer alternativas. Mejorar los niveles de la inteligencia emocional personal, fomentar la actividad física en grupo, promover el contacto social presencial y reforzar el apoyo familiar y entre iguales podrían actuar como factores protectores.

Investigaciones previas ya han demostrado que un mayor apoyo social se relaciona con más actividad física y menos tiempo de pantalla. Es decir, la existencia de vínculos sólidos fuera del entorno digital parece moderar el uso de las redes sociales.

El profesor Daniel Sanz durante la exposición de su estudio sobre redes sociales

Daniel Sanz durante la exposición de su estudio sobre redes sociales.

Ni demonizar ni idealizar

El mensaje final del profesor es claro: las redes sociales no son intrínsecamente buenas ni malas. Son herramientas poderosas. Sirven para conectar investigadores, compartir conocimiento, mantener relaciones o generar oportunidades profesionales. Pero también pueden amplificar inseguridades, fomentar la comparación constante y desplazar hábitos saludables.

La cuestión, concluye Daniel Sanz, no es eliminarlas del mapa, sino aprender a integrarlas con madurez y criterio. En un mundo hiperconectado, el verdadero problema no es apagar la pantalla, sino enseñar a usarla sin que nos use a nosotros.