Sheila López Pérez - Lun, 27/04/2026 - 12:24

Representación de la Teoría de la Crítica Feminista. Imagen de IA.
Serie: 'Las ideas que nos vertebran' (XXII)
La Teoría Crítica Feminista puede sonar como algo un tanto ajeno a la mayoría de las personas. La expresión es ya, de por sí, contundente, puesto que reúne dos términos que vienen cargados de historia: por un lado, la Teoría Crítica, asociada a la Escuela de Frankfurt y su reflexión sobre las formas contemporáneas de dominación; por otro, el feminismo, entendido como un movimiento político, social y filosófico que denuncia la subordinación histórica de las mujeres y cuestiona las estructuras -visibles e invisibles- que producen la desigualdad. Pese a la aparente complejidad y abstracción del término, la idea central de la Teoría Crítica Feminista es sencilla: se trata de comprender cómo las sociedades que se declaran libres, iguales y democráticas siguen reproduciendo formas profundas de desigualdad entre hombres y mujeres. Y la mayoría de las veces de manera inconsciente; de ahí el paradójico rechazo a todos aquellos discursos que lo señalan.
El punto de partida de la Teoría Crítica Feminista es una sospecha que atraviesa a todas las teorías críticas: la injusticia en una sociedad no aparece únicamente cuando hay leyes claramente discriminatorias o comportamientos claramente excluyentes hacia un grupo, sino que la desigualdad nace de hábitos, modos de conocimiento, formas de lenguaje, expectativas sociales y roles que hemos aprendido a considerar naturales. Debido a ello, la Teoría crítica feminista no se limita a analizar si las mujeres tienen formalmente los mismos derechos que los hombres, sino que apunta a una pregunta más sutil: ¿por qué vías puede una sociedad producir sujetos desiguales incluso cuando proclama la igualdad?
El nacimiento de la Teoría Crítica y del feminismo
La Teoría Crítica nace en el siglo XX de la mano de pensadores como Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse o Erich Fromm. El principal descubrimiento de la Teoría Crítica es que el modo en que describimos una sociedad y el papel de los sujetos en ella no es objetivo y mucho menos natural, sino que está condicionado por la propia organización social y la lectura que los que detentan el poder han proyectado sobre ella, una lectura difundida y naturalizada a través de los más diversos medios -desde los libros oficiales de historia hasta las películas más triviales-.
El feminismo recoge esta intención emancipadora de la Teoría Crítica e introduce una variación decisiva: buena parte de las teorías críticas clásicas no han prestado la suficiente atención a la dominación patriarcal que ha imperado en la sociedad desde tiempos inmemoriales. Se han analizado con profundidad el capitalismo, la razón instrumental, la industria cultural, la burocratización de la vida o la pérdida de autonomía de los sujetos en las sociedades modernas, pero se ha dejado en segundo plano la desigualdad de género. La familia, el cuidado, la sexualidad, la maternidad o el trabajo doméstico se han solido presentar como asuntos privados, y no como problemas políticos de la ciudadanía en su conjunto.
Aquí comienza la aportación específica de la Teoría Crítica Feminista: mostrar que no puede haber un análisis completo de la sociedad si se ignoran las formas de poder que atraviesan la vida cotidiana de la mitad de la población, esto es, de las mujeres.
¿Qué significa que lo personal es político?
Una de las ideas más conocidas del feminismo es que “lo personal es político”. Esta afirmación, tan polémica y malentendida, ha transformado la manera de entender tanto lo político como lo personal. Durante mucho tiempo, la política se ha identificado con el Estado, los partidos, las leyes, los parlamentos o los derechos civiles. Por otra parte, el hogar, la familia, la crianza, la sexualidad o los afectos se han considerado espacios privados y ajenos a la discusión pública. Hasta hace no mucho se daba por hecho que todas estas esferas entraban dentro de las “decisiones personales” y que no estaban condicionadas ni limitadas por factores sociales externos.
La Teoría crítica feminista cuestiona esta división. ¿Es realmente privada la violencia que sufren tantas mujeres en el hogar? ¿Es privado que el cuidado de niños, personas mayores y personas dependientes recaiga mayoritariamente sobre ellas? ¿Es privado que determinados trabajos, precisamente por estar asociados a lo femenino, estén menos reconocidos? ¿Es privado que una mujer tenga que imponerse de manera desmesurada en tantas situaciones para ser mínimamente respetada? ¿Es privado que las niñas y los niños aprendan desde pequeños qué profesiones, roles o formas de comportamiento se consideran adecuadas para su género?
La respuesta de la Teoría Crítica Feminista es clara: no es privado, es socialmente aprendido y por tanto un debate público. Todas esas dimensiones que se nos presentan como privadas son el resultado directo de una organización social. La desigualdad que permea en la distribución del cuidado, la dependencia económica, la doble jornada laboral -trabajo y casa-, los mandatos de feminidad o la invisibilización del trabajo doméstico no son elecciones individuales. Son fenómenos sociales.
Por eso, autoras como Simone de Beauvoir, Nancy Fraser, Seyla Benhabib, Iris Marion Young o Judith Butler han insistido, desde perspectivas distintas, en que la desigualdad de género no puede entenderse como una cuestión jurídica que ya está resuelta en las sociedades democráticas. La igualdad ante la ley es insuficiente si las condiciones cotidianas siguen colocando a unas personas en posición de clara desventaja social, económica y cultural.
¿Por qué es útil la Teoría Crítica Feminista?
La Teoría Crítica Feminista es útil porque lejos de pensar de manera abstracta el patriarcado, la desigualdad o la injusticia, sirve para pensar de manera muy concreta cosas que vemos y hacemos en el día a día, de modo que estas dejen de parecernos naturales y aparezcan como dimensiones construidas, y por tanto modificables. Por ejemplo, sirve para entender por qué la mayoría de las mujeres que conocemos sigue asumiendo una parte desproporcionada de los cuidados familiares y del hogar. Sirve para comprender la violencia de género como un fenómeno estructural, y no como un cúmulo de casos aislados. Sirve para entender la sexualización de los cuerpos, la brecha salarial, la precariedad laboral o la escasa presencia de las mujeres en las instituciones políticas. Sirve para denunciar que las investigaciones médicas sobre enfermedades comunes tomen como muestra representativa a los hombres, debido a que las mujeres y sus ciclos son más inestables y fluctuantes. Sirve para ubicar por qué una mujer se encuentra con tanta dificultad para acceder a la autoridad simbólica en su puesto de trabajo a pesar de poseer los conocimientos, el currículum y el estatus necesarios para detentarlo.
Pero también sirve para algo más importante: para detectar que la forma en que una sociedad define lo que es normal en cada detalle de lo cotidiano -la normalidad de los roles, la normalidad de las presunciones, la normalidad de los comportamientos, la normalidad de las relaciones, la normalidad de las expectativas, etc.- no es normal, sino generada, difundida y aprendida. La Teoría Crítica Feminista no solo se pregunta cuántas mujeres llegan a posiciones de poder, sino qué entendemos por poder, qué estilo de liderazgo se premia, qué actitudes se consideran exitosas y qué formas de comportamiento se dejan fuera del reconocimiento profesional por ser “demasiado femeninas”. La vara de medir de todas estas cuestiones también ha sido construida y está influenciada por los presupuestos históricos y las jerarquías heredadas de un mundo patriarcal.
Aquí podemos apreciar que la Teoría Crítica Feminista no es una teoría que hable sobre las mujeres. Se trata de una teoría que habla sobre la sociedad, sobre sus vicios y tendencias estructurales, sobre sus herencias y sus cegueras inconscientes. Esta teoría nos ayuda a mirar con otros ojos aquello que nos parecía natural -la familia, el trabajo, el amor, la educación, la ciudadanía, el lenguaje, los cuerpos, las emociones- y nos permite hacer visible lo que la fuerza de un mundo acostumbrado a siglos de patriarcado había presentado como históricamente inevitable.
¿Qué es pensar críticamente la igualdad?
Una sociedad puede creer que todos sus miembros son libres e iguales porque las leyes así lo dictan y, sin embargo, mantener estructuras que distribuyen de forma desigual el tiempo, el reconocimiento, la autoridad, la libertad, la seguridad y la capacidad de decidir. Por eso, la tarea de la Teoría crítica feminista sigue siendo necesaria, más aún que en los tiempos en que las desigualdades eran más evidentes. Frente a quienes consideran que el feminismo ya ha cumplido su función, esto es, incluir a las mujeres bajo el amparo jurídico, la Teoría Crítica Feminista evidencia que las formas de dominación no desaparecen cuando cambian las leyes. Puede que reaparezcan en terrenos que, por ser muchos y cotidianos, sean más difíciles de ubicar, pero la desigual valoración de cada género a nivel social persiste. Pensar críticamente esta desigualdad significa, entonces, no conformarse con una respuesta abstracta sobre la inclusión jurídica, sino hacer un esfuerzo para no reducir nuestra mirada a una cuestión tan abstracta. Más aún teniendo delante de nosotros tantos casos y situaciones que nos muestran lo contrario.
Así las cosas, la Teoría Crítica Feminista es una simple invitación a mirar la sociedad desde la mitad de la población que, aun estando siempre presente, está siempre ausente en las decisiones importantes para la sociedad.
Editor: Universidad Isabel I
ISSN: 3020-1411
Burgos, España