
Ricardo Ortega dando clase de anatomía forense.
6 de noviembre de 2026. El docente de la Facultad de Ciencias de la Seguridad y Criminología, Ricardo Ortega Ruiz, analiza los procedimientos científicos utilizados para identificar a personas fallecidas en grandes catástrofes, las dificultades que presentan los restos humanos y la importancia de la colaboración ciudadana. Con más de dos décadas de experiencia profesional, subraya la necesidad de combinar el rigor científico con la responsabilidad hacia las familias.
La identificación de víctimas en un accidente ferroviario o en cualquier otra catástrofe con numerosos fallecidos requiere la intervención coordinada de médicos forenses, antropólogos, odontólogos, genetistas, cuerpos de seguridad y equipos especializados en la recuperación de personas. El trabajo puede prolongarse cuando los restos presentan daños importantes o cuando no existen datos suficientes para establecer su identidad.
Ricardo Ortega Ruiz, profesor de Antropología Forense de la Facultad de Ciencias de la Seguridad y Criminología de la Universidad Isabel I, explica cómo se lleva a cabo este proceso, qué información puede obtenerse del estudio de los restos humanos y por qué una identificación fiable exige contrastar los resultados de distintas disciplinas.
El docente inició su trayectoria profesional en 2003 y ha participado en investigaciones relacionadas con personas desaparecidas, restos humanos y conflictos armados en distintos países. Su experiencia le ha permitido conocer tanto las dificultades científicas y técnicas como las humanas que acompañan a estos trabajos.
A propósito de un reciente accidente ferroviario en Urda, el profesor Ortega analiza los procedimientos habituales de identificación en catástrofes con múltiples víctimas. Aunque no ha participado en las labores forenses de este siniestro, explica cómo se organizan estos dispositivos y qué responsabilidad tienen los profesionales que intervienen en ellos.
¿Cómo se organiza el trabajo de identificación cuando se produce una catástrofe con numerosas víctimas?
En los procesos de identificación podemos distinguir tres grandes grupos de trabajo, aunque alrededor de ellos intervienen muchos otros profesionales. En una catástrofe de estas características como los accidentes ferroviarios de Urda y Adamuz o los fallecidos en la entrada en Ceuta, participan policías, sanitarios, ingenieros, especialistas en rescate y diferentes equipos forenses.
Un primer grupo trabaja sobre el terreno y se encarga de la búsqueda y recuperación de las personas en el lugar del accidente. Su trabajo consiste en localizar a quienes puedan permanecer atrapados dentro de las estructuras afectadas, a quienes hayan sido desplazados por el impacto o a quienes se encuentren en los alrededores sin poder pedir ayuda.
En un accidente ferroviario, por ejemplo, puede haber personas atrapadas en los vagones, otras que hayan salido despedidas como consecuencia de la rotura de la estructura y otras que, aunque hayan conseguido salir, se encuentren desorientadas o en estado de shock.
La prioridad es localizar a todas las personas y determinar qué atención necesitan. Los heridos son derivados a los servicios sanitarios, ya sea a los puestos de atención establecidos en la zona o a los hospitales, dependiendo de su gravedad. Las personas fallecidas pasan al circuito de investigación forense.
Un segundo grupo trabaja en los institutos de medicina legal o en instalaciones habilitadas específicamente cuando el número de víctimas supera la capacidad de los servicios existentes. Allí comienza el estudio de los cuerpos para obtener toda la información que pueda contribuir a establecer su identidad.
Y un tercer grupo se ocupa de recopilar información sobre las personas desaparecidas y establecer contacto con sus familiares. Es un trabajo imprescindible porque los datos obtenidos durante el examen forense necesitan compararse con información anterior al fallecimiento.
La identificación depende de que podamos relacionar los resultados obtenidos del cuerpo con los datos de una persona concreta. Por eso hablamos de un proceso en el que intervienen numerosos equipos y en el que la coordinación es fundamental.

Ricardo Ortega con un esqueleto explicando las partes óseas del cuerpo humano.
¿Qué procedimientos científicos se utilizan para identificar a una persona fallecida?
Existen diferentes niveles de información que podemos obtener durante el estudio de un cuerpo. En primer lugar, podemos analizar características generales que ayuden a orientar la investigación. La ropa, los tatuajes, los piercings, las marcas de nacimiento o determinadas particularidades físicas pueden proporcionar indicios sobre quién era esa persona. Estos elementos forman parte de la investigación, pero normalmente necesitamos pruebas adicionales para establecer una identificación concluyente.
Después encontramos los sistemas de identificación primaria, entre los que destacan el análisis genético, las huellas dactilares y los estudios odontológicos. El ADN tiene una importancia extraordinaria cuando podemos disponer de muestras de familiares con los que establecer una comparación. En una catástrofe conocida, las familias pueden comunicar la desaparición de una persona y facilitar las muestras necesarias para realizar los análisis genéticos.
Las huellas dactilares también pueden resultar decisivas cuando existen registros anteriores que permiten establecer una correspondencia. En estos procedimientos suelen intervenir los especialistas de las fuerzas y cuerpos de seguridad.
La odontología forense constituye otra herramienta fundamental. Los dientes son estructuras muy resistentes y contienen numerosas características individuales que pueden utilizarse en una comparación. Podemos estudiar la posición de las piezas dentales, cuáles están presentes y cuáles faltan, si existen rotaciones, fracturas antiguas, caries o tratamientos realizados anteriormente. Toda esa información se recoge en un odontograma que posteriormente puede compararse con la documentación conservada por el dentista de la persona desaparecida. También podemos utilizar determinados implantes médicos que disponen de números de serie o referencias asociadas a un paciente.
La identificación se construye mediante la comparación de distintas fuentes de información. Cuantos más datos fiables tengamos, mayores serán las posibilidades de establecer una identidad.
¿Qué dificultades específicas puede presentar la identificación de víctimas en un accidente ferroviario?
Depende mucho de las características del accidente y de los daños que hayan sufrido los cuerpos. En determinadas catástrofes, por ejemplo, puede producirse un incendio y las temperaturas elevadas dañan los tejidos, alteran el material genético y pueden dificultar considerablemente la obtención de muestras de ADN. Los dientes suelen resistir mejor que otros tejidos, pero también pueden sufrir daños importantes cuando están expuestos a temperaturas extremas. En esas circunstancias, los estudios odontológicos pueden verse limitados.
En accidentes ferroviarios con impactos de gran intensidad aparecen otras dificultades. Los cuerpos pueden presentar aplastamientos, fracturas muy graves o pérdida de continuidad anatómica. Cuando un cuerpo está fragmentado, la investigación se complica porque debemos determinar a qué persona pertenece cada resto recuperado. Para ello se estudian las características anatómicas, la posición en la que se han encontrado los restos y las posibles correspondencias con otras partes del cuerpo. En determinados casos, también es necesario recurrir a análisis genéticos.
La pérdida de continuidad del esqueleto reduce algunas posibilidades de estudio, aunque no significa que la identificación sea imposible. Sin embargo, hay una dificultad que considero especialmente importante: la ausencia de información con la que comparar nuestros resultados. Podemos disponer de un cuerpo relativamente bien conservado, obtener numerosos datos antropológicos e incluso realizar análisis genéticos, pero si nadie ha comunicado la desaparición de esa persona y no encontramos registros o familiares con los que establecer una comparación, podemos quedarnos sin una identidad.
¿Puede ocurrir que una persona nunca llegue a ser identificada?
Sí, puede ocurrir, y no siempre porque los restos estén demasiado deteriorados. Es cierto que un cuerpo gravemente dañado puede presentar dificultades técnicas importantes. La carbonización, la fragmentación o determinadas alteraciones de los tejidos pueden limitar las pruebas disponibles.
Pero, por mi experiencia, uno de los problemas más complejos aparece cuando no sabemos a quién estamos buscando. He trabajado durante muchos años en investigaciones relacionadas con conflictos armados y personas desaparecidas. En esos contextos encontramos situaciones en las que se recuperan restos humanos de personas cuya identidad se desconoce completamente.
Es lo que ocurre con los denominados ‘soldados desconocidos’. Podemos estudiar los restos, estimar características biológicas y obtener información sobre las lesiones o las circunstancias del fallecimiento, pero después necesitamos encontrar a alguien con quien comparar esos resultados. Pensemos en una persona que ha sido reclutada forzosamente y trasladada a un lugar alejado de su residencia. Si desconocemos su procedencia y nadie sabe dónde desapareció, resulta extraordinariamente difícil establecer una identidad.
Podemos obtener mucha información científica y, aun así, no disponer de los datos necesarios para saber quién era. Este problema explica por qué la identificación humana requiere tanto trabajo de laboratorio como investigación documental y colaboración con las familias.

Análisis forense de restos humanos.
¿Qué aporta específicamente la antropología forense a una investigación de estas características?
La antropología forense forma parte de las ciencias forenses y desempeña una función de apoyo a los sistemas de identificación primaria. Nosotros trabajamos fundamentalmente con restos humanos, especialmente cuando se encuentran total o parcialmente esqueletizados o presentan procesos de momificación.
A partir del estudio del esqueleto podemos elaborar lo que denominamos un perfil biológico. Analizamos características que permiten estimar el sexo biológico, la edad que tenía la persona cuando falleció, su estatura o su complexión física. También podemos estudiar determinados rasgos morfológicos del esqueleto, especialmente del cráneo, que pueden aportar información orientativa sobre su posible ascendencia. Estos estudios permiten establecer características generales y reducir el número de posibles identidades.
Por ejemplo, si estamos buscando a una persona con determinadas características físicas y los restos recuperados presentan un perfil claramente diferente, esa información puede ayudarnos a descartar una posible correspondencia.
Nuestra disciplina contribuye a orientar la investigación y a seleccionar los restos más adecuados para realizar determinados análisis. También colaboramos con especialistas en odontología forense, genética y otras disciplinas cuando es necesario localizar estructuras anatómicas concretas o identificar elementos que puedan resultar útiles.
Otra parte muy importante de nuestro trabajo consiste en estudiar las alteraciones y lesiones del esqueleto. Podemos analizar fracturas, enfermedades que hayan dejado huella en los huesos y lesiones producidas por diferentes mecanismos traumáticos. El estudio de los daños óseos permite investigar qué fuerzas mecánicas actuaron sobre el cuerpo y contribuir a reconstruir determinados acontecimientos. En colaboración con los patólogos forenses, esta información puede ayudar a estudiar las circunstancias del fallecimiento y, cuando los indicios lo permiten, aportar datos relacionados con la causa de la muerte.
En investigaciones de desapariciones también analizamos cómo fueron enterrados los cuerpos, si posteriormente fueron desplazados o si existen indicios de que se intentaron ocultar los restos.
Por tanto, la antropología forense aporta información sobre la identidad y también sobre las circunstancias en las que una persona falleció y sus restos fueron depositados o recuperados.
¿Qué ocurre cuando los restos llegan al instituto de medicina legal y no se consigue establecer una identidad?
Cuando un cuerpo ha sido correctamente identificado y se han completado los procedimientos correspondientes, puede entregarse a sus familiares para que realicen la sepultura o el ritual funerario que consideren oportuno. Pero cuando la identificación no ha podido confirmarse, los restos permanecen bajo custodia del instituto de medicina legal o en el lugar que determine la autoridad judicial.
Eso no significa necesariamente que la investigación haya terminado. Puede ocurrir que posteriormente aparezcan nuevos datos, que una familia comunique una desaparición o que se consiga documentación médica u odontológica que permita realizar nuevas comparaciones.
También pueden obtenerse muestras adicionales que ayuden a completar los estudios. La identificación puede prolongarse porque necesitamos establecer una correspondencia suficientemente sólida entre los restos y una persona concreta.
No podemos entregar un cuerpo a una familia si no estamos seguros de que realmente pertenece a su ser querido. Esa exigencia de certeza debe mantenerse durante todo el procedimiento, independientemente del tiempo que sea necesario.
En una tragedia de gran repercusión pública existe una demanda de respuestas inmediatas. ¿Cómo se garantiza el rigor científico?
Hay que comprender que los tiempos que necesita la sociedad y los tiempos que requiere una investigación científica no siempre coinciden. Las familias quieren recuperar cuanto antes a sus seres queridos. Es una necesidad completamente comprensible y los equipos forenses trabajan para ofrecer respuestas con la mayor rapidez posible.
Pero debemos recordar que una identificación exige coordinar tres líneas de trabajo: la recuperación de los cuerpos, su análisis forense y la recopilación de información sobre las personas desaparecidas. Si los resultados de esas tres líneas no concuerdan, necesitamos seguir investigando. No podemos acelerar una identificación a costa de reducir su fiabilidad.
En algunos casos, las pruebas permiten establecer una identidad con relativa rapidez. En otros, las condiciones de los restos o la ausencia de información anterior al fallecimiento obligan a realizar análisis adicionales. Es un trabajo que puede requerir mucho tiempo, aunque desde fuera no siempre resulte evidente la cantidad de profesionales y procedimientos que intervienen. La prioridad debe ser, por parte del profesional, ofrecer una identificación correcta.
¿Por qué es tan importante no comunicar una identidad hasta que esté científicamente confirmada?
Fundamentalmente, para no generar falsas esperanzas. Cuando trabajas con familiares de personas desaparecidas comprendes que la necesidad de encontrar una respuesta puede ser enorme. Esto se observa especialmente en investigaciones relacionadas con conflictos armados. Hay familias que llevan muchos años buscando a una persona y que, cuando se encuentran unos restos, pueden pensar inmediatamente que pertenecen a su familiar.
No es extraño que intenten relacionar los indicios disponibles con la persona que están buscando. Necesitan cerrar una situación de incertidumbre y dolor que puede prolongarse durante décadas. Por eso debemos ser extremadamente prudentes con la información que comunicamos.
Es necesario explicar qué trabajos se están desarrollando y en qué situación se encuentra la investigación, pero no debemos presentar resultados provisionales como identificaciones definitivas. Una identificación errónea puede generar un sufrimiento extraordinario. Podemos hacer creer a una familia que hemos encontrado a su ser querido y descubrir posteriormente que necesitamos más pruebas o que los restos pertenecen a otra persona.
En estos procedimientos, la intervención de los psicólogos resulta fundamental. Los profesionales especializados en atención a víctimas y familiares ayudan a gestionar la comunicación y acompañan a personas que atraviesan situaciones de enorme complejidad emocional.
Los equipos científicos debemos aportar información fiable y evitar que nuestras actuaciones generen expectativas que todavía no podemos confirmar.
¿Qué papel desempeñan las familias y la colaboración ciudadana en la identificación de víctimas?
La colaboración ciudadana es fundamental. Es uno de los aspectos que más necesitamos transmitir a la sociedad. Cuando realizamos un estudio antropológico podemos obtener información sobre las características de una persona, pero los resultados no nos proporcionan automáticamente su nombre y sus apellidos. Necesitamos compararlos con datos que existieran antes del fallecimiento.
Los familiares pueden facilitar muestras de ADN, informes médicos, documentación odontológica, fotografías y otros datos personales que resulten útiles. En el caso de los registros dentales, por ejemplo, podemos contactar con el odontólogo que atendía a la persona desaparecida y solicitar la documentación necesaria por los cauces correspondientes. Esa información puede compararse con los estudios realizados sobre el cuerpo. Pero también hay situaciones en las que quien conoce a la persona desaparecida no es un familiar directo.
Imaginemos que desaparece un compañero de piso. Esa persona quizá no pueda aportar una muestra genética que permita establecer una relación familiar, pero sí puede proporcionar fotografías, información sobre sus características físicas o datos sobre los profesionales sanitarios que lo atendían. Una fotografía en la que aparezca sonriendo puede ofrecer información sobre la disposición de los dientes y ayudar a orientar una comparación odontológica. Estos son datos que, por sí solos, quizá no permitan identificar a una persona, pero pueden abrir nuevas líneas de investigación.
La sociedad debe comprender que la identificación humana es un trabajo colectivo y que la información aportada por quienes conocían a una persona desaparecida puede resultar decisiva.
Comenzó su trayectoria profesional en 2003. ¿Cómo ha evolucionado la antropología forense desde entonces?
La evolución tecnológica ha sido muy importante, aunque algunas de las técnicas que utilizamos actualmente ya estaban disponibles cuando comencé. En aquellos años trabajábamos con sistemas de prospección geofísica, como el georradar, y con fotografías aéreas para estudiar los lugares donde podían encontrarse restos humanos.
Recuerdo especialmente cómo obteníamos algunas fotografías antes de que los drones se convirtieran en herramientas habituales. Utilizábamos cámaras fotográficas con temporizador que elevábamos mediante cometas para conseguir imágenes desde cierta altura. También trabajábamos con mapas y sistemas de orientación que exigían mucho más esfuerzo que los recursos actuales. Hay que tener en cuenta que muchas investigaciones se desarrollan en lugares de difícil acceso. Cuando alguien intenta ocultar un cuerpo, normalmente busca un espacio en el que resulte complicado encontrarlo.
Actualmente disponemos de drones, sistemas de posicionamiento e imágenes de satélite mucho más accesibles. Estas herramientas facilitan la documentación de los lugares de búsqueda y permiten estudiar cómo ha cambiado el terreno a lo largo del tiempo. Esto último es especialmente importante cuando investigamos desapariciones antiguas.
Recuerdo una investigación relacionada con personas desaparecidas durante un conflicto armado en la provincia de Salamanca. El lugar que estábamos estudiando había sido una zona boscosa, pero con el paso de los años una parte importante se había transformado en terrenos de cultivo. Esas modificaciones del paisaje pueden alterar los lugares donde se encuentran los restos y hacer desaparecer información relevante. Las imágenes históricas y los recursos actuales nos permiten reconstruir parte de esa evolución.
También han mejorado considerablemente el acceso a la documentación y a las publicaciones científicas. Cuando empecé, para consultar determinados artículos había que acudir a bibliotecas especializadas, localizar revistas concretas y, en ocasiones, desplazarse para acceder a ellas. Hoy en día disponemos de enormes cantidades de documentación digitalizada y de plataformas que permiten consultar investigaciones y publicaciones académicas con mucha más facilidad. Esta evolución beneficia a los profesionales, pero también a los estudiantes universitarios, porque facilita el acceso al conocimiento y a los avances de la disciplina.

Clase práctica del profesor Ricardo Ortega.
Además de conocimientos científicos, ¿qué habilidades necesita un profesional dedicado a la identificación humana?
Una de las principales es la capacidad de adaptación. He trabajado en entornos muy diferentes y cada investigación presenta condiciones particulares. Hay ocasiones en las que desarrollas tu trabajo en instalaciones perfectamente equipadas, pero otras veces tienes que intervenir en lugares remotos, en zonas de conflicto o en espacios que presentan dificultades físicas importantes.
He trabajado en contextos en los que la situación de seguridad era especialmente delicada. Recuerdo una experiencia en Túnez, en un momento de gran inestabilidad en la región, en la que las medidas de protección y la presencia militar formaban parte de nuestro entorno cotidiano.
En otras investigaciones, las dificultades están relacionadas con las condiciones geográficas. Cuando trabajas en los Andes, por ejemplo, debes adaptarte a la altitud y a la menor disponibilidad de oxígeno.
También hay investigaciones que requieren conocimientos complementarios de espeleología o la colaboración con especialistas en exploración subacuática. Actualmente estoy prestando apoyo a una tesis doctoral relacionada con restos encontrados en una cueva subacuática. En un trabajo así intervienen conocimientos de antropología forense, espeleología y técnicas de exploración específicas.
En otras ocasiones hemos participado en la recuperación de restos de personas fallecidas durante la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría que habían sido depositados en cavidades verticales. Por tanto, además de dominar tu disciplina, necesitas desarrollar habilidades que te permitan trabajar en entornos muy distintos.
Y hay otra capacidad fundamental: saber colaborar y convivir con otros profesionales. En una investigación de estas características intervienen equipos numerosos y especializados. La coordinación y las relaciones entre ellos son esenciales para que el trabajo avance. A todo ello se añade la capacidad para gestionar la presión y mantener la concentración en situaciones difíciles.
¿Cómo se prepara un antropólogo forense para afrontar la carga emocional de estas investigaciones?
La formación profesional te prepara para los procedimientos técnicos y para determinadas situaciones de presión laboral. Sin embargo, la dimensión emocional depende en gran medida de la experiencia y de cómo cada profesional aprende a afrontar las circunstancias de su trabajo.
Hay compañeros que mantienen una relación muy cercana y continuada con las familias. Otros somos más comedidos y preferimos intervenir directamente cuando disponemos de información suficientemente clara para comunicarla. Ambas formas de actuar pueden resultar útiles, siempre que exista profesionalidad y se respeten las necesidades de las personas afectadas.
La carga emocional cambia mucho según el tipo de investigación. No es lo mismo estudiar restos arqueológicos de hace miles de años que trabajar con personas desaparecidas cuyos familiares siguen vivos y esperan noticias. En investigaciones relacionadas con conflictos armados, desapariciones forzosas o periodos de represión, podemos encontrarnos con familias que llevan décadas sin conocer el destino de sus seres queridos. Es una situación que también hemos observado en investigaciones vinculadas a la Guerra Civil española, a conflictos europeos y a dictaduras latinoamericanas.
En estos casos aparece lo que conocemos como el duelo sin cadáver. Las familias no han podido recuperar los restos de la persona desaparecida y, en ocasiones, tampoco saben con certeza si falleció o qué ocurrió. Esa incertidumbre mantiene abierta una situación de sufrimiento durante muchos años. Por eso es tan importante que existan profesionales de la psicología que acompañen a las familias.
Nuestra responsabilidad consiste en desarrollar la investigación con el máximo rigor posible y ofrecer respuestas fiables.
También debemos mantener la estabilidad emocional necesaria para desempeñar correctamente nuestro trabajo, porque sabemos que nuestras conclusiones tienen consecuencias directas sobre personas que llevan mucho tiempo esperando una respuesta.
Como profesor de Antropología Forense de la Universidad Isabel I, ¿qué responsabilidad profesional y ética intenta transmitir a sus estudiantes?
Lo primero que me gustaría que comprendieran es que no somos únicamente técnicos. Tenemos que actuar siempre como profesionales y aplicar correctamente los procedimientos científicos, pero nuestro trabajo tiene una dimensión humana que nunca debemos olvidar. Cuando identificamos unos restos estamos trabajando con una persona que tuvo una vida, una familia y un entorno social. En muchas ocasiones, además, hay familiares que llevan años esperando conocer qué ocurrió y recuperar sus restos.
Por eso es importante que los futuros profesionales comprendan la responsabilidad que implica cada decisión. No basta con realizar correctamente un análisis. También hay que saber trabajar con otros especialistas, respetar los procedimientos y comprender las consecuencias de la información que comunicamos. Debemos ofrecer a las familias la confianza de que las investigaciones se están realizando con seriedad y de que están en manos de profesionales preparados.
Eso exige rigor, prudencia y sensibilidad. No significa que tengamos que asumir las funciones de los psicólogos o establecer una relación personal con cada familia, pero sí que debemos comprender su situación y actuar de una manera respetuosa. A lo largo de mi trayectoria he trabajado con profesionales de un nivel extraordinario y he comprobado la importancia de mantener unos estándares científicos y éticos elevados.
Es lo que intento transmitir también en la Universidad. Por muy técnicos que seamos, no podemos perder de vista el matiz humanista que tiene también nuestro trabajo.
Nuestro objetivo no consiste únicamente en reconocer un cuerpo. Queremos devolver una identidad a una persona y permitir que sus restos regresen a la familia y al entorno social al que pertenecía.
La dimensión científica y humana de la antropología forense
La identificación de víctimas exige integrar los resultados de diferentes disciplinas y contrastarlos con información que permita establecer una identidad fiable. El estudio de los restos humanos, los análisis genéticos, la odontología forense y la investigación sobre las personas desaparecidas forman parte de un procedimiento en el que cada prueba contribuye a reconstruir una historia individual.
La experiencia de Ricardo Ortega, trasladada a su actividad docente en la Universidad Isabel I, permite comprender la responsabilidad que asumen quienes trabajan en este campo. La preparación científica resulta indispensable, pero también lo son la colaboración profesional, la prudencia en la comunicación de resultados y el respeto hacia las familias.
Para el profesor, esa responsabilidad define el sentido de la antropología forense: contribuir a que una persona fallecida recupere su identidad y a que sus familiares puedan conocer su destino con las garantías que proporciona una investigación rigurosa.