
Fresco de una vivienda en Pompeya, destruida por la erupción del Vesubio en el año 79 d.c. que representa la sociedad romana.
29 de mayo de 2026. La profesora Marina Martín Moro, directora del Grado en Derecho de la Universidad Isabel I, publica un nuevo artículo científico en la revista internacional RIDROM en el que estudia el papel de la dote en la antigua Roma y su relación con el matrimonio, la familia y la riqueza. Bajo el título Matrimonio, familia y riqueza: la dote como mecanismo de consumación social del vínculo, la investigadora explica cómo esta figura jurídica fue mucho más que una aportación económica, ya que actuó como una pieza clave para dar estabilidad social y patrimonial a la unión matrimonial.
En Roma, el matrimonio no era solo una relación personal o afectiva, sino que se configuraba como una institución con efectos legales claros. Es decir, generaba derechos, deberes y consecuencias económicas para las familias implicadas.
Mucho más que dinero para casarse
Según expone la experta en Derecho romano, la profesora Martín Moro, la dote consistía en un conjunto de bienes entregados al marido por la mujer, por su padre o por otra persona en su nombre, con el objetivo de contribuir a las cargas del matrimonio (ad onera matrimonii sustinenda, “para sostener las cargas del matrimonio”).
Aunque no era un requisito imprescindible para que el matrimonio fuese válido, en la práctica llegó a convertirse en un elemento casi indispensable. No tanto por obligación legal, sino por presión social, prestigio familiar y seguridad económica.
La autora sostiene que la dote no constituía el matrimonio, pero sí lo hacía socialmente visible, económicamente viable y jurídicamente ordenable. En otras palabras, ayudaba a convertir una unión privada en una alianza reconocida por el entorno familiar y social.
Un acuerdo entre familias
El artículo también muestra que el matrimonio romano incluía una importante dimensión negociadora. No solo intervenían los futuros esposos, sino también las familias, especialmente el paterfamilias —el padre como máxima autoridad jurídica del hogar—.
En ese proceso se pactaban condiciones, expectativas y, en muchos casos, la cuantía de la dote. Para la profesora de la Universidad Isabel I, este funcionamiento permite entender el matrimonio romano como una figura cercana a lo que hoy se denomina negocio jurídico, definiéndola como un acuerdo con consecuencias legales y patrimoniales.
La posición de la mujer y la evolución del sistema
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es el análisis de la situación femenina. En los primeros periodos de Roma, los bienes dotales quedaban normalmente bajo control del marido, que los administraba como propios. Sin embargo, con el paso del tiempo, el Derecho romano fue incorporando mecanismos para proteger esos bienes y garantizar su devolución en caso de divorcio o fallecimiento del esposo.
Entre ellos destacan acciones jurídicas como la actio rei uxoriae, que permitía reclamar la restitución de la dote, o reformas posteriores impulsadas en época de Augusto, como la Lex Iulia de fundo dotali, que limitó la enajenación de bienes dotales sin consentimiento de la mujer. Esta evolución demuestra que Roma terminó reconociendo que los bienes dotales no podían quedar absorbidos sin más por el patrimonio del marido, sino que estaban vinculados a la posición económica de la mujer y debían contar con una protección específica.
Más autonomía, aunque no para todas
El artículo concluye que estos cambios favorecieron una mayor autonomía patrimonial femenina, especialmente entre mujeres de clases altas, que disponían de recursos para hacer valer sus derechos. Aunque no supuso una igualdad plena, sí abrió espacios de independencia económica dentro de una sociedad profundamente jerarquizada.
Para Marina Martín Moro, la dote revela cómo el Derecho romano utilizó instrumentos patrimoniales para organizar la vida familiar y dar estabilidad a los vínculos sociales. El matrimonio se sostenía sobre la base del consentimiento, pero también sobre una arquitectura económica que garantizaba la continuidad de la familia.
Con esta investigación, la profesora de la Universidad Isabel I aporta una mirada actual sobre instituciones antiguas que siguen ayudando a comprender cómo el Derecho ha regulado históricamente las relaciones familiares, la riqueza y el papel de la mujer. Porque, a veces, los grandes cambios jurídicos no empiezan en los tribunales, sino en la forma en que una sociedad decide repartir sus recursos.