Marta Sepúlveda Palomo Coordinadora del Máster en Neurociencia
Mié, 19/05/2021 - 13:00

engaño 2

Imagen representativa de las consecuencias de una mentira.

Serie: 'Neurociencia Educativa' (VII)

Con mucha seguridad a lo largo de nuestra vida, todos hayamos dicho alguna mentira bien para que no nos regañaran, bien porque no nos apetecía salir un domingo por la tarde. Pero ¿qué ocurre cuando mentimos?

Las mentiras pueden tener diferentes objetivos, como la ironía o el sarcasmo, pero en este caso nos vamos a centrar en el engaño o 'el proceso psicológico por el que un individuo intenta deliberadamente convencer a otra persona de aceptar como verdadero lo que sabe que es falso' (Abe, 2009; citado en Abe, 2011, p. 560).

Los estudios sobre el desarrollo moral de los niños y las niñas han profundizado sobre el momento crítico en el que estos comienzan a mentir deliberadamente, es decir, entender el lenguaje como un método para llevar a cabo un engaño, sin que sean mentiras provocadas (cuando se pueden enfrentar a un castigo) o fantasiosas (Sotillo y Rivière, 2000). La capacidad para engañar se ha relacionado, generalmente, con la actividad de la corteza prefrontal; no obstante, los niños de entre 3 y 4 años ya comienzan a mentir sin tener aún esta área totalmente desarrollada. La explicación a esto se recoge en diversos estudios que postulan que los niños y niñas en edades tempranas, con un desarrollo muy avanzado de las funciones sensoriomotoras y del lenguaje (en cortezas sensoriomotora, así como parietal y temporal respectivamente), tienen los suficientes recursos para adquirir la habilidad de mentir o engañar. Sin embargo, como el córtex prefrontal todavía no ha madurado lo suficiente, los niños y niñas pueden presentar dificultades a la hora de distinguir una buena mentira o elegir entre decir la verdad o no (Abe, 2011).

La relación de la corteza prefrontal con el engaño y la mentira no sorprende ya que esta área se ha relacionado, en gran medida, con las funciones ejecutivas, la conducta social y la motivación. No obstante, para comprender mejor el proceso es indispensable subrayar que esta área, a su vez, se subdivide en otras como la orbitofrontal, la ventromedial y la dorsolateral, asociadas, cada una de ellas, a una serie de procesos cognitivos.

Cuando se investiga sobre qué áreas y funciones cerebrales se activan cuando una persona miente se utilizan, en su mayoría, técnicas de neuroimagen como la tomografía por emisión de positrones (PET), la resonancia magnética (RMI) o la resonancia magnética funcional (fMRI). Algunos de estos estudios (Abe, 2011; Ganis, 2015; Mohamed, et al., 2006) tienen en común la activación de las siguientes áreas:

  • Corteza prefrontal dorsolateral, muy relacionada con la toma de decisiones, el mantenimiento de la información de manera temporal y el control del procesamiento de dicha información.
  • Corteza prefrontal ventrolateral, considerada como el área que valora las opciones que tenemos y sus consecuencias a largo plazo para tomar decisiones.
  • Corteza cingulada anterior. Esta área tomaría la decisión que se considere más adecuada y promovería las acciones determinadas para llevar a cabo la acción.
  • Corteza prefrontal anterior, asociada, en gran parte, a la memoria prospectiva y retrospectiva, así como la resolución de tareas o problemas complejos.

cerebros

Fuente: Tripau Ustárroz et al., (2008, p.665)

Resulta relevante recordar que estas investigaciones se siguen desarrollando en la actualidad debido a las grandes diferencias encontradas entre cada uno de los estudios que configuran la revisión realizada por los autores previamente mencionados. En gran medida, esto se debe a las diferencias individuales y la metodología utilizada, tanto en lo relativo a los materiales e instrucciones aportadas para llevar a cabo el engaño, así como las diversas técnicas de neuroimagen que se utilizan, las cuáles aún no están del todo preparadas para la detección del engaño, como ocurre con el fMRI.

Referencias bibliográficas:

Abe, N. (2011). How the brain shapes deception: An integrated review of the literature. The Neuroscientist, 17(5), 560-574.

Ganis, G. (2015). Deception detection using neuroimaging. Detecting deception: Current challenges and cognitive approaches, 105-121.

Mohamed, F. B., Faro, S. H., Gordon, N. J., Platek, S. M., Ahmad, H. y Williams, J. M. (2006). Brain mapping of deception and truth telling about an ecologically valid situation: functional MR imaging and polygraph investigation—initial experience. Radiology, 238(2), 679-688.

Sotillo, M. y Rivière, Á. (2001). Cuando los niños usan las palabras para engañar: la mentira como instrumento al servicio del desarrollo de las habilidades de inferencia mentalista. Infancia y aprendizaje, 24(3), 291-305.

Tirapu Ustárroz, J., García Molina, A., Luna Lario, P., Roig Rovira, T. y Pelegrín Valero, C. (2008). Modelos de funciones y control ejecutivo (I). Revista de Neurología, 46(11), 684.

Editor: Universidad Isabel I.

ISSN 2697-0481

Burgos, España.

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