Astrid Fina

El jueves 19 de mayo, después de varios e-mails, me encuentro con Astrid Fina en una biblioteca municipal de la ciudad de Barcelona, que amablemente nos ha cedido una sala. Astrid es una deportista de snowboard adaptado, que ha participado en diferentes competiciones de alto nivel, entre ellos los Paralímpicos de Sochi en 2014.

Por si fuera poca la predisposición que Astrid ha tenido para ayudarme en mi trabajo universitario, está a punto de regalarme una hora y media de alegría, optimismo y pasión. Es imposible no darse cuenta de su sonrisa constante, casi tatuada en su rostro, que de alguna manera te está diciendo: «Si no eres feliz, es porque no quieres».

La historia de Astrid no es una historia de superación corriente. Es, además, una historia de transformación. Tras un accidente de moto, en mayo de 2009, que acaba años después en la decisión de amputarse la pierna, se encuentra en 2013 inmersa en un mundo totalmente desconocido, al que ahora dice estar enganchada.

Astrid Fina 2

Pregunta: Astrid, tu caso es un poco particular; ¿cómo era tu vida antes de ser una deportista paralímpica?

Respuesta: Mi vida era, como digo yo, una vida de ciudad. Iba a trabajar, al gimnasio y los fines de semana con los amigos. Una vida supernormal. Era dependienta en una joyería, vivía con mis padres, y poco más. En cuanto al deporte, hacía una hora al día spinning o máquinas, pero no más allá.

Y de repente, un día, tienes un accidente de moto.

Sí. Yo iba en moto por la calle Valencia y me paré en un semáforo en rojo. Cuando se puso verde, salí y el que subía por Padilla (calle perpendicular) vio ámbar de lejos y apretó justo cuando pasaba yo.

Cuando llegué al hospital, me dijeron que el pie derecho estaba para amputar, pero como tenía 25 años intentaron por todos los modos salvármelo. Estuve casi tres años con operaciones. Me quitaron el dorsal ancho para ponérmelo en el pie, incluso.

Al final cogí una bacteria hospitalaria que se llama marsa, que lo que hace es mutar y hacerse resistente al antibiótico, y eso hace muy difícil matarla. Entonces la infección pasó al hueso y los médicos me dijeron: «Tienes dos opciones: quitar todos los huesos del pie, que te quede un pie inútil de por vida e ir en silla de ruedas o muletas, o amputarte».

Tardé seis meses en decidirme. Fui a todos los médicos que pude para que luego no me quedase aquello de «¿y si hubiera ido aquí?». Pero todos los médicos me dijeron lo mismo, y al final decidí amputarme.

Ese momento supone una sacudida en tu vida…

Sí, porque llevaba ya mucho tiempo luchando por salvar el pie y había empezado a andar con muletas. Tenía dolor, pero ¡yo tenía el pie! Y, de repente, fue un «no saldré de casa, no haré nada…». Y ya por vergüenza, que no me viera la gente… Para mí fue un cambio radical.

Pero luego cambié el chip y dije: «Cuando me corten el pie, me cambiará la vida, todo me irá mejor». ¡Llevaba ya tres años!

¿Y en qué momento haces este cambio de chip?

Fue a la semana de decidir que me amputaba. Fui a una asociación de amputados que se llama Associació Sant Jordi, y conocí gente joven amputada. Y me han ayudado desde el principio. Veía la vida que hacían y me dio esperanza. «¡Podré hacer cosas!», pensaba.

Entonces, una vez tomada la decisión, ¿de qué manera acabas vinculada al deporte de rendimiento? 

Yo tenía un amigo que era profesor de snowboard en Baqueira, y siempre me había dicho que fuera allí. Pero por la rutina que tienes en Barcelona de trabajar, gimnasio… siempre decía: «Sí, sí, ya iré», aunque no me llamaba la atención.

Cuando tuve el accidente y empecé a llevar la prótesis, lo quería hacer todo. ¡Me faltaba tiempo para hacerlo todo! Fue como un cambio radical: «¿Por qué no he hecho todo lo que quería hacer?». Y como mi amigo me insistía, le dije: «Bueno, pues voy, pero ¡que sepas que llevo la pata de palo, será un reto para ti!».

Hice dos días de snowboard con él y, al venir a Barcelona, me llamó y me dijo: «Tengo un amigo que está montando el equipo nacional de snowboard, ¿por qué no vienes?».

«¡Pues porque bajo una azul de culo!», le contesté.

Pero ¿tú habías esquiado antes?

No, no. Había hecho dos días con mi amigo. Él me dijo: «Tú te vienes un fin de semana y pruebas hacer snowboard otra vez». Fui allí; hicimos la prueba de acceso seis chicos y yo. De los seis chicos cogieron a dos, y a mí, como era la única chica, me enseñaron desde cero.

Al año siguiente eran los Juegos Paralímpicos. Como era el primer año de snowboard, el nivel era muy bajo y dijeron: «Necesitamos una chica sea como sea. Le enseñaremos desde cero y vamos a probar».

Yo hacía muy pocos meses que llevaba la prótesis, casi no andaba bien. Mi entrenador dice: «¡Aprendiste a deslizarte antes que a andar!».

Entonces me voy a vivir a la Vall d’Aran y empezamos a entrenar por las mañanas en pistas y por las tardes en gimnasio, desde el primer día de lunes a sábado. Empecé progresivo, dos horas en pista y una en el gimnasio, hasta que hicimos cinco horas en pista y tres en el gimnasio. El domingo lo tenía libre, pero ¡era un cadáver!

Al principio fue muy duro, hasta me planteé dejar el equipo.

¿Qué fue lo más duro de esa primera semana?

La primera semana la fatiga física. La segunda, como estaba tan cansada, empecé psicológicamente. ¡Me decían «hola» y tenía ganas de llorar! Los primeros meses fueron muy duros.

Pensaba dejarlo por el cansancio, pero realmente me apasionaba estar cada día en la montaña, al aire libre, con nieve… Me empezó a gustar mucho. Ver que vas avanzando cada día me fue enganchando. Me podía más eso que la fatiga. Y como todo el mundo me decía: «Tú puedes», yo ¡para adelante!

¿Cómo planteas una temporada?

Nuestra temporada empieza en junio con entrenamiento físico, porque nieve hay poca. A finales de junio nos vamos una semana a un glacial en los Alpes, donde hacemos específico de nieve. Después volvemos y hacemos físico hasta octubre. Este año, por mi cuenta, me voy a Argentina a hacer más días de nieve.

En verano también hacemos paddle surf, wakeboard, patinamos con el long board… Todo lo que sea deslizar me va bien. También tengo una bici para hacer circuito. Hasta que no volvemos a la nieve hacemos físico.

En octubre nos vamos unos diez días a un glaciar en Italia porque en noviembre empezamos a competir y todavía no ha nevado aquí.

¿Qué es lo que aporta el deporte a este nivel para empujarte a superar las dificultades y adaptarte?

Lo que me motiva es hacer realmente lo que me gusta cada día. Me apasiona este mundo; si pudiera, estaría cada día en la nieve.

Es otro mundo, y algo que me ha sorprendido mucho del snowboard adaptado es que todo el mundo se ayuda. En la primera Copa del Mundo llevaba solo un mes, y lo que hacía una persona en un minuto yo lo hacía en ocho o nueve; estaba por el suelo todo el rato. Pero todas las chicas me esperaban en la meta y, cuando yo pasaba, me aplaudían. ¡Eso nunca lo he visto!

Este mundo me impresionó mucho, te ayudan a todo y luego, claro, te sale a ti ayudar a los demás.

Yo no quería salir de casa, porque me faltaba un pie; todas mis faldas las regalé… Y cuando llegas allí… Me ha ayudado muchísimo a superar mi amputación.

Una experiencia como la que has tenido que pasar, ¿cómo te hace ver la vida?

Pienso que con el estrés de la ciudad muchas veces les damos importancia a cosas que no la tienen. Nos enfadamos mucho. Después del accidente piensas: «¿Vale la pena enfadarte por estas tonterías?». Yo creo que deberíamos sonreír un poco más todos y no tomarnos las cosas tan a pecho e intentar disfrutar de todos los momentos, porque luego te arrepientes.

Hay que intentar hacer todo lo que te apetezca y disfrutar al máximo.

*Esta es una entrevista realizada por Juanjo Zabala Borrego, alumno del Grado en CAFD para la asignatura Actividad Física y Discapacidad Física.

Añadir nuevo comentario