«Dos cosas contribuyen a avanzar rápido: ir deprisa, pero sobre todo ir por el camino correcto» (René Descartes).

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es la tiranía de la abundancia (Schwartz, 2004). Vivimos rodeados de estímulos diversos y a veces se hace muy difícil saber qué es lo siguiente que tenemos que hacer. Antes de empezar a escribir este artículo, revisaba mi agenda con más de veinte tareas pendientes y confieso que no tenía claro cuál era la primera que debía realizar.

La gestión eficaz de nuestra agenda y la orientación hacia las actividades prioritarias es un factor crítico de la eficiencia.

El profesor E. N. Gray dedicó gran parte de su vida a estudiar cuáles eran los denominadores comunes de aquellas personas que habían alcanzado el éxito. En su ensayo The Common Denominator of Success (2005), nos desvela que no es un denominador común el trabajar duro, ni la buena suerte, ni la habilidad para relacionarse –siendo, por supuesto, importantes todos ellos–. El factor que parecía trascender a todos los otros, el denominador común del éxito, era saber empezar por lo primero.

Es, por lo tanto, fundamental que orientemos nuestras agendas de manera que organicemos y ejecutemos según prioridades. Es obvio, pero por desgracia poco común.

Además, toda ventana de oportunidad tiene su tiempo. Pasado el momento, perderemos la oportunidad y probablemente solo nos quedará lamentarnos.

El efecto de no priorizar individualmente afecta al éxito del trabajo en equipo. Dependiendo del momento y de la personalidad de cada uno, aparecen algunos de los indicadores del trabajo frustrado: el voluntarismo de aquellos capaces de trabajar duro, pero sin un fin claro, la desidia fruto del cansancio y la insatisfacción, y por último la culpabilización al entorno.

Podemos resumir en cinco las claves de una buena coordinación en equipo:

  • Priorización. Si cada miembro sabe identificar lo que es importante, forzosamente está teniendo una visión global del proyecto común, y sus esfuerzos se coordinarán de una manera automática con los de sus compañeros. Se crearán sinergias.
  • Proactividad. Evitando ser reactivos centraremos nuestros esfuerzos en actividades con alto valor añadido: prevención, construir relaciones, reconocimiento de nuevas oportunidades, planificación, etc.
  • Conocer la responsabilidad de cada uno. El equipo debe conocer quién es el que responde de algo que sucede. Si sabemos esto, las respuestas a los problemas serán dadas por la persona indicada y evitaremos los actos voluntaristas que muchas veces agravan en lugar de dar una solución.
  • Saber reconocer lo básico. Aplicar el sentido común a nuestra vida diaria. Algunas frutas maduras penden de ramas muy bajas. Apenas tenemos que estirar el brazo para recogerlas.
  • Tener más sensibilidad hacia los demás. A las personas no las retienen estrategias o políticas, sino otras personas. Es necesario observar a nuestro alrededor, ser un curioso de la gente y estar interesado por los demás.

Para terminar, quiero recomendarles un libro lleno de sentido común y sin un gramo de paja. Un clásico imperecedero: Los siete hábitos de la gente altamente efectiva (Covey, 1989). Una corriente de aire fresco para ordenar nuestra vida, mirar hacia dentro y actuar hacia fuera.

 

Referencias:
Covey, Stephen R. (1987/1989). Los siete hábitos de la gente altamente efectiva (trad. española, Jorge Piatigorsky). Barcelona: Paidós.
Gray, A. E. N. (2005). The Common Denominator of Success. TGR Seminars Pty Limited.
Schwartz, Barry (2004/2005). Por qué más es menos. La tiranía de la abundancia (trad. española, Gabriela Bustelo y Teresa Carretero). Madrid: Taurus.

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