Durante estos días y con la llegada de los Juegos Olímpicos de Río 2016, nos encontramos con un escenario de incertidumbre donde la temida palabra «doping» o «dopaje» amenaza la participación de deportistas rusos en diversas modalidades deportivas. Un análisis en profundidad de la materia nos llevaría a largas horas de estudio para dar un detalle pormenorizado de las principales sustancias dopantes. En esta entrada, nos centraremos en evidenciar el papel de la hormona del crecimiento (GH) o somatotropina y sus características principales.

Algunos de nuestra generación aún recordamos con claridad los 9,79 de Ben Johnson frente a Carl Lewis en Seúl 1988. Os recomendamos la visualización de este documental sobre la final.

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EVIDENCIAS CIENTÍFICAS SOBRE El DOPING: LA HORMONA DEL CRECIMIENTO (GH)

La hormona del crecimiento (GH en adelante) y los esteroides anabólicos-androgénicos (EAA en adelante) son herramientas de uso frecuente entre muchos deportistas. La justificación para su uso se cierne en torno a la creencia de que se obtienen rápidamente una mejora en el rendimiento y una aceleración en la curación de lesiones, a pesar de estar prohibidas por la Agencia Mundial Antidopaje (Erotokritou-Mulligan y cols., 2011; Meinhardt y cols., 2010).

No obstante, una revisión exhaustiva reciente ha puesto de manifiesto la falta de evidencia sobre la contribución de la GH en la mejora del rendimiento (Liu y cols., 2008), señalando que aumenta la masa magra corporal, pero puede no mejorar la fuerza y empeorar la capacidad de realizar el ejercicio. Todo ello, unido al riesgo insuficientemente apreciado de padecer consecuencias graves para la salud asociadas con altas dosis y un uso prolongado de GH y descritas en la revisión conducida por Baumann (2012), pone en entredicho su utilización.

En cuanto a los EAA, su uso como dopaje es el más común entre deportistas aficionados; un 1%-2% de jóvenes y un 4%-6% de varones han asegurado haberlos tomado al menos una vez, con lo que se estima en un millón de personas el total de consumidores de estas sustancias en los Estados Unidos a principios del siglo XXI (Yesalis, 2001).

Tal y como se expone en la revisión a cargo de Aagaard (2004), su empleo aumenta la hipertrofia muscular más allá de los límites genéticos inherentes, no solo por el incremento de la tasa de transcripción de ADN para las proteínas miofibrilares, sino también por el aumento de la relación núcleo-citoplasma debido a la activación acelerada de las células satélite miogénicas. Todo un laberinto fisiológico determinante en los procesos de crecimiento muscular.

Sin embargo, existen graves riesgos para la salud, como efectos perjudiciales a nivel tisular, algunos de los cuales son irreversibles. Por ejemplo, Farkash y cols. (2009) describen por primera vez una rabdomiolisis (descomposición del músculo esquelético a un ritmo rápido) localizada en el área de una inyección de EAA. En su estudio de caso, un culturista aficionado de 39 años presentaba un dolor insoportable y la incapacidad para mover el hombro derecho después de una inyección de estanozolol en el músculo deltoides. Por si fuera poco, los riesgos también son extensibles al sistema cardiovascular: recientemente, Baggish y cols. (2010) reportaron que la disfunción cardiaca en los usuarios de EAA a largo plazo parece ser más grave de lo sospechado, y puede ser suficiente para aumentar el riesgo de insuficiencia cardiaca crónica.

USO TERAPÉUTICO

Al analizar los trabajos destinados a evaluar la contribución de la suplementación con GH y testosterona (una hormona esteroidea) a nivel terapéutico en una población de personas mayores de cara a combatir la sarcopenia y el deterioro del rendimiento muscular, encontramos que la suplementación con testosterona produce ganancias significativas en la masa total y apendicular magra, la fuerza muscular y la resistencia aeróbica, así como reducciones significativas de la grasa corporal en todo el cuerpo y especialmente en el tronco. Los resultados parecen mejorar aún más con la administración de suplementos de GH. Por ello, su uso podría estar recomendado para combatir las alteraciones en la composición corporal, la función física, y el metabolismo que se producen en edades avanzadas. También para prevenir la pérdida de masa muscular esquelética (sarcopenia), que contribuye a la disminución de la fuerza y ​​la función muscular, junto con un deterioro en la calidad de vida (Sattler y cols., 2009).

USO EN ATLETAS

El uso de GH en el ámbito deportivo tuvo su inicio en los años 80 (Dauchcine, 1983). Charlie Francis, entrenador de Ben Johnson, confirmó su tratamiento en 1983. 

Las principales formas de administración se dan en el uso conjunto de GH y testosterona (Meinhardt y cols., 2010), así como en la combinación con insulina (Sonksen, 2001). Sobre estas consideraciones de manejo, se establecen diferentes conclusiones y se encuentra que la GH aumentaba la masa corporal magra y reducía la de grasa total y visceral (Johannsson y cols., 1997), registrándose un incremento del rendimiento aeróbico (VO2máx), el cual se veía revertido tras el cese (Gullestad y cols., 1997).

En referencia a la cuestión de la seguridad, podemos destacar la poca evidencia científica sobre efectos adversos  en el uso de GH, tales como acromegalia, hipertiroidismo, diabetes, hipertensión y daño muscular cardiaco. Sí se presenta una mayor evidencia de graves efectos adversos psiquiátricos (Pagonis y cols., 2006), observándose casos de autointoxicación deliberada  con insulina en sujetos con antecedentes de trastorno psiquiátrico (Hart y Frier, 1998). Actualmente hay un menor consumo de GH procedente de las hipófisis de los huesos de cadáveres y un aumento en el consumo  de GH biosintética procedente de China (Baker, 2006).

Respecto al control antidoping, es importante resaltar que el dopaje con GH no fue detectable hasta los JJOO de Atenas en 2004. La GH tiene una vida media corta y se encuentra en baja concentración en la orina; no se puede detectar con los métodos de análisis clásicos para los esteroides. La combinación de GH e insulina no es detectable en el análisis de orina (Powrie, 2007).

 

Referencias

Aagaard, P. Making muscles "stronger": exercise, nutrition, drugs. J Musculoskelet Neuronal Interact. 2004 Jun;4(2):165-74.

Baggish AL, Weiner RB, Kanayama G, Hudson JI, Picard MH, Hutter AM Jr, Pope HG Jr. Long-term anabolic-androgenic steroid use is associated with left ventricular dysfunction. Circ Heart Fail. 2010 Jul;3(4):472-6. doi: 10.1161/CIRCHEARTFAILURE.109.931063. Epub 2010 Apr 27.

Baumann GP. Growth hormone doping in sports: a critical review of use and detection strategies. Endocr Rev. 2012 Apr;33(2):155-86. doi: 10.1210/er.2011-1035. Epub 2012 Feb 24.

Erotokritou-Mulligan I, Holt RI, Sönksen PH. Growth hormone doping: a review. Open Access J Sports Med. 2011 Jul 27;2:99-111. doi: 10.2147/OAJSM.S11626.

Liu H, Bravata DM, Olkin I, Friedlander A, Liu V, Roberts B, Bendavid E, Saynina O, Salpeter SR, Garber AM, Hoffman AR. Systematic review: the effects of growth hormone on athletic performance. Ann Intern Med. 2008 May 20;148(10):747-58. Epub 2008 Mar 17.

Meinhardt U, Nelson AE, Hansen JL, Birzniece V, Clifford D, Leung KC, Graham K, Ho KK. The effects of growth hormone on body composition and physical performance in recreational athletes: a randomized trial. Ann Intern Med. 2010 May 4;152(9):568-77. doi: 10.7326/0003-4819-152-9-201005040-00007.

Sattler FR, Castaneda-Sceppa C, Binder EF, Schroeder ET, Wang Y, Bhasin S, Kawakubo M, Stewart Y, Yarasheski KE, Ulloor J, Colletti P, Roubenoff R, Azen SP. Testosterone and growth hormone improve body composition and muscle performance in older men. J Clin Endocrinol Metab. 2009 Jun;94(6):1991-2001. doi: 10.1210/jc.2008-2338. Epub 2009 Mar 17.

Yesalis CE. Use of steroids for self-enhancement: an epidemiologic/societal perspective. AIDS Read. 2001 Mar;11(3):157-60.

 

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