«Me he fijado en las parejas de enamorados más mayores, hombres y mujeres que han celebrado ya sus bodas de plata. Casi siempre se parecen, físicamente, quiero decir. Eso me desconcierta: ¿no se supone que los polos opuestos se atraen?»

Este es, aproximadamente, el contenido de una carta que recibió la psicóloga y columnista Joyce Brothers en los años ochenta. La Dra. Brothers contestó en su columna que, respecto al parecido físico, los polos similares se atraen. Además, apuntó la idea de algunos expertos sobre la influencia que pueden ejercer los ambientes compartidos, los hábitos y la dieta sobre el aspecto físico.

En 1987, un equipo de investigación dirigido por Robert B. Zajonc publicó un experimento inspirado en la carta de aquella joven. En un día como hoy resulta inevitable recordar ese estudio clásico de psicología, pues contiene algunas de las pistas más curiosas sobre la atracción y el amor romántico. Por ejemplo, que efectivamente la cara de un hombre y una mujer son más parecidas después de 25 años de convivencia.

Ahora bien, según estos autores, la razón no es el ambiente compartido, como indicaba la Dra. Brothers. Los investigadores controlaron muchas variables relacionadas con los hábitos y la dieta para poder descartar esa hipótesis. Lo que sí podría ser es que las personas nos enamoramos de alguien que ya se nos parece, bien sea de carácter, aficiones, o incluso físicamente. Estudios posteriores apoyan parcialmente esta teoría (por ejemplo, Little y colaboradores, 2006) y descartan algunas explicaciones genéticas a esta tendencia por preferir ciertas configuraciones fenotípicas (Bereczkei y col., 2002).

Lo que no cuadra es que, si elegimos a alguien que ya se nos parece, o que intuimos que puede parecerse, ¿por qué nos parecemos más después de convivir?

Los autores del estudio clásico que nos ocupa (Zajonc y col., 1987) propusieron que, cuando nos llevamos bien con alguien, y convivimos con esa persona durante años, nos identificamos tanto con ella que la imitamos. Aunque sea de forma inconsciente, imitamos su movimiento, algunos comportamientos y, por supuesto, las expresiones faciales. De esta forma, las arrugas de la cara y la musculatura facial terminarán por asemejarse. Además, estudios recientes como el de Sparenberg y col. (2012) indican que, de hecho, preferimos a las personas que nos imitan, y que imitamos, mínimamente.

En este sentido, el artículo de Zajonc también apunta un dato muy interesante: las parejas que más se parecen resultan más felices.

Todo esto tiene que ver con la empatía, la habilidad que tenemos las personas para sentir lo que otros sienten. Es muy posible que conectemos más fácilmente con aquellas personas que se parecen a nosotros, o que actúan como nosotros. Y cuanto más tiempo compartimos con esas personas, más probable es que actuemos de forma parecida, y nos imitemos sin querer.

Por tanto, la observación que hizo aquella joven de los años ochenta en su carta era más que pertinente. Los polos opuestos (quizá) se atraen, pero no podemos evitar amar a aquellos que se nos parecen y, a base de amarnos, terminamos por parecernos más.

 

Referencias

Bereczkei, T.; Gyuris, P.; Koves, P. y Bernath, L. (2002). Homogamy, genetic similarity, and imprinting; parental influence on mate choice preferences. Personality and Individual Differences, 33(5), 677–690.

Little, A. C.; Burt, D. M. y Perrett, D. I. (2006). Assortative mating for perceived facial personality traits. Personality and Individual Differences, 40(5), 973–984.

Sparenberg, P.; Topolinski, S.; Springer, A. y Prinz, W. (2012). Minimal mimicry: Mere effector matching induces preference. Brain and Cognition, 80(3), 291–300.

Zajonc, R. B.; Adelmann, P. K.; Murphy, S. T. y Niedenthal, P. M. (1987). Convergence in the physical appearance of spouses. Motivation and Emotion, 11(4), 335–346.

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