Reinaldo Batista Cordova - Vie, 20/03/2026 - 11:17
Imagen simbólica sobre la divergencia entre el poder duro y el poder blanco.
Serie: 'Las ideas que nos vertebran' (XXI)
Las amenazas en contextos de tensión y beligerancia no deben resultar una sorpresa para el lector atento; basta con una observación rápida de los eventos del siglo XX para confirmarlo. En efecto, si retrocedemos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, se constata que se inauguró una nueva fase en las relaciones entre los Estados. La destrucción del III Reich, consecuencia de la alianza coyuntural entre los países democráticos capitalistas y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, junto con la debacle de la Italia fascista y los devastadores ataques nucleares contra Japón, marcó el cierre del conflicto mundial y, al mismo tiempo, el inicio de una disputa por la hegemonía política a escala global.
Durante décadas coexistieron medidas de fuerza bruta con estrategias no armamentistas. En este contexto, resulta pertinente recurrir a las nociones de poder duro y poder blando[1] como herramientas de expansión de áreas de influencia (Nye, 2005). Por ejemplo, se otorgó especial relevancia a las relaciones comerciales y a la difusión masiva de un modelo de vida considerado exitoso por los países democráticos capitalistas, en particular por Estados Unidos, tanto a través de la cultura de masas como mediante canales diplomáticos.
Además, el multilateralismo político desempeñó un papel relevante en esa compleja estabilidad entre poderes, materializado en la creación de la Organización de las Naciones Unidas y, posteriormente, de la Comunidad Europea. Aunque estas organizaciones no lograron impedir todos los conflictos bélicos desde la década de 1950, sí contribuyeron de manera significativa a disuadir enfrentamientos directos entre los principales actores estatales, inmersos en una era de confrontación de alta intensidad que involucraba a potencias y superpotencias.
Estabilidad ilusoria
Historiadores como Tony Judt (2005) y Josep Fontana (2017) coinciden en señalar que aquella relación era solo relativamente estable: las formas se preservaban, pero las superpotencias se amenazaban dentro de límites casi siempre calculados, procurando no cruzar el umbral del no retorno. Esta dinámica se alteró de manera decisiva con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración del sistema socialista soviético. Durante algunas décadas posteriores, el ordenamiento político global funcionó bajo los dictámenes, más o menos explícitos, de los distintos gobiernos estadounidenses. Sin embargo, la historia demuestra que ningún imperio es permanente, replicando de alguna manera lo que Heráclito ya había enunciado.[2]
Intervenciones ilegales con argumentos grandilocuentes
Desde una perspectiva teórica, Joseph Nye define (2005) el poder como la capacidad de influir en el comportamiento de otros para lograr objetivos propios. Esta influencia puede ejercerse mediante el uso de la fuerza militar, como lo aplicó Estados Unidos en numerosas ocasiones durante la segunda mitad del siglo XX, o mediante mecanismos menos visibles, denominados acciones encubiertas. Estos últimos, en ocasiones, infringen los principios éticos de un conflicto, tal como señala Enrique Bonete (2024) en Ética de la guerra, especialmente cuando se invade otro territorio sin justificación plausible y reconocimiento de la comunidad internacional.
Entre 1947 y 1989, se registraron más de 60 intentos de golpes de Estado promovidos por Estados Unidos. Según Lindsey A. O’Rourke (2020), distintos gobiernos estadounidenses impulsaron intervenciones con el propósito declarado de instaurar sistemas democráticos. No obstante, un análisis más profundo revela que dichos cambios de gobierno, aunque revestidos de legitimidad y moralidad aparente, respondían a intereses estratégicos, no siempre económicos, sino también orientados a debilitar a sus adversarios.
La mayoría de estas intervenciones fueron encubiertas, ya que predominaba la necesidad de aparentar respeto a la normativa internacional y de asegurar la coherencia del poder blando (soft power). Con frecuencia, las operaciones de cambio de régimen se justificaban bajo el ambiguo argumento de protección de la seguridad nacional estadounidense, aun cuando los territorios intervenidos estaban lejos de sus fronteras y su capacidad de interferencia directa era mínima.
Incluso se presentaban como medidas preventivas, susceptibles de encuadrarse en una supuesta “ética de la guerra”, de modo que resultasen aceptables para la comunidad internacional. Cuando la intervención era directa y se recurría abiertamente a la fuerza militar, se trataba de una manifestación del poder duro, relegando la diplomacia a un papel esencialmente discursivo, orientado a neutralizar críticas.
O’Rourke sostiene que, durante la Guerra Fría, Estados Unidos adoptó una estrategia sistemática de injerencia en la soberanía y autodeterminación tanto de la Unión Soviética como de sus aliados. Las cifras son elocuentes: 23 intervenciones encubiertas y 2 abiertas. En todos los casos, subyacía la intención de preservar un equilibrio de poder determinado y mantener la primacía estratégica en el sistema internacional.
Comentarios finales
De esta descripción se desprende que la inestabilidad pervive en el tiempo. Tanto en el período de la Guerra Fría como en la fase inmediatamente posterior, la lucha por el poder hegemónico mantuvo al mundo bajo presión, contenida en muchos casos por la diplomacia ejercida por entidades supraestatales, cuyo principal objetivo era fomentar la desescalada de conflictos y garantizar el cumplimiento de normas internacionales.
El sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial es imperfecto, pero perfeccionable. Por ello, es necesario que los entes estatales, gubernamentales y la sociedad civil perciban que las reglas pueden emplearse para el bien común. El caos o la anarquía fomentados por regímenes autoritarios históricamente representan un riesgo de escalada. Así, respetar principios éticos contribuye a crear legislaciones más acordes y beneficiosas para el colectivo, antes que para intereses individuales de gobernantes. Ignorar estos principios no asegura la consecución de objetivos a largo plazo; los imperios no perduran para siempre, además, las intervenciones promovidas por Estados Unidos no fueron superviven indefinidamente y más aún, los enemigos de ayer no pocas veces pasaron a ser los nuevos amigos más adelante.
Referencias
Bernabé, A. (Trad.). (2016). Fragmentos presocráticos: De Tales a Demócrito. Alianza Editorial.
Bonete Perales, E. (2024). Ética de la guerra: Evolución histórica y debates actuales. Tecnos.
Fontana, J. (2017). El siglo de la revolución: una historia del mundo desde 1914. Crítica.
Judt, T. (2005). Postwar: A history of Europe since 1945. Penguin Press.
Nye, J. S. (2005). Soft power: The means to success in world politics. PublicAffairs.O’Rourke, L. A. (2020). The Strategic Logic of Covert Regime Change: US-Backed Regime Change Campaigns during the Cold War. Security Studies, 29(1), 92–127.