El 21 de mayo se celebra el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, lo que pone de manifiesto la necesidad que tenemos en nuestra sociedad de comprender cada vez mejor el valor de cada cultura; así como la necesidad de ayudar a promover la convivencia entre ellas desde un sentido cada vez más plural y democrático. En la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural, aprobada en 2001, nos encontramos diversos artículos acordes con este planteamiento. Para esta ocasión me gustaría destacar el artículo 1, en el que se reconoce la diversidad cultural como patrimonio común de la humanidad. En este sentido, se expone lo siguiente:

La cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan a los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos. En este sentido, constituye el patrimonio común de la humanidad y debe ser reconocida y consolidada en beneficio de las generaciones presentes y futuras.

Así pues, la lectura de este fragmento nos lleva a destacar dos ideas fundamentales que pueden ayudar a clarificar el concepto de diversidad cultural:

(i) La idea de que la cultura no puede ser concebida como algo fijo, y mucho menos estable e inamovible; pues forma parte de la creación y recreación humana, y de los diversos elementos que la componen. Por tanto, resulta necesario aceptar el carácter contingente e histórico de la cultura a fin de respetar las diferencias culturales (Pérez-Gómez, 1998). Afirmar la contingencia de las realidades culturales implicaría desmitificar el carácter natural de ciertos elementos internos de cada cultura, adquiridos por el mismo hecho de repetirse dentro un grupo humano y por formar parte de realidades hegemónicas.

(ii) La idea de la diversidad como valor, al considerarla un hecho que es consustancial a los seres humanos. Cuando se valoran las diferencias, nos acercamos a un nuevo marco cultural, más amplio y flexible, en el que pretende que se respeten, acepten y reconozcan las múltiples singularidades, la pluralidad de las identidades y la variedad con la que se conforman los grupos y las sociedades.

Teniendo en cuenta lo planteado hasta ahora, es posible esbozar algunos apuntes desde los que seguir pensando y mirando la diversidad cultural desde diferentes niveles de análisis: educativo y pedagógico; social y cultural; y económico y político. En este sentido, se entiende que:

  • Para que exista una verdadera convivencia plural, es necesario cultivar la interioridad. Esto significa conocer lo que nos es diferente y diverso, en una relación doble: primero conmigo mismo, para luego abrirnos a la alteridad. Dicen Burguet y Buxarrais (2014) que la atención y el cuidado de sí están en –y son– la base de una verdadera convivencia democrática. Las autoras hablan del cultivo de la interioridad, concibiéndolo «como espacio para abrirse a la alteridad, para descentrarse y aprender habilidades de reconciliarse con el propio ser» (opus cit, p. 43); en otras palabras, disponernos para «aprender a mirar el yo que mira».
  • Para fomentar la reflexión compartida sobre las propias formas culturales, es necesario crear espacios abiertos a la deliberación de/sobre la propia cultura; esto permite mostrar una mayor apertura a las distintas representaciones culturales que cohabitan en un mismo espacio-tiempo, o aquellas que quizás nos queden lejanas a la nuestra (Pérez-Gómez, 1998: 19).
  • Para aprender que «yo siempre soy un otro culturalmente distinto para el otro». En este sentido se posiciona Amin Maalouf (1998) planteando la necesidad de exigir reciprocidad a la hora de entender cada cultura:

En el planteamiento que yo suscribo hay constantemente una exigencia de reciprocidad, que es a un tiempo deseo de equidad y deseo de eficacia. Es con ese espíritu con el que me gustaría decirles, primero a los «unos»: «cuanto más os impregnéis de la cultura del país de acogida, tanto más podréis impregnarlo de la vuestra»; y después para los «otros»: «cuanto más perciba un inmigrado que se respeta su cultura de origen, más se abrirá a la cultura del país de acogida» (p. 4).

 

  • Para ir más allá de la aceptación teórica del «otro», la yuxtaposición cultural, el mestizaje y/o el multiculturalismo –fruto de nuestra sociedad posmoderna–, es tarea ineludible entender la diversidad cultural dentro de los valores de tolerancia y respeto. Para ello, es necesario romper con las reglas de la globalización neoliberal –que sostienen la economía y la sociedad actuales–, ya que no nos lleva a la verdadera «aceptación de la diferencia y diversidad en su versión original ni a la igualdad radical de oportunidades en el intercambio cultural, sino a la imposición sutil de los patrones culturales de los grupos con poder económico y político […]» (Pérez-Gómez, 1998: 9).

Para finalizar, me gustaría compartir el siguiente vídeo, en el que se muestra el retrato de personas anónimas del mundo para el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo.

Referencias bibliográficas:

Burguet, M. y Buxarrais, M.ª R. (2014). Pedagogías de la interioridad para una cultura de paz. En Vila, E.; Martín, V.; Sierra, J. E. y Castilla, M.ª T. (coords.). Ética, educación y convivencia (pp. 41-52). Málaga: Aljibe.

Pérez-Gómez, A. I. (1998). La cultura escolar en la sociedad neoliberal. Madrid: Morata.

Maalouf, A. (1998). Identidades asesinas. Madrid: Alianza Editorial.

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