En España se han registrado 24 asesinos durante el siglo XX y lo recorrido hasta ahora del XXI. Quizá el más famoso sea el asesino de la baraja, Alfredo Galán Sotillo, que acabó con la vida de 6 personas en apenas 54 días en Madrid, e intentó tres homicidios más. El sobrenombre proviene del azar, ya que junto a su primera víctima se encontró un as de copas, y el asesino adoptó esa marca como propia para atribuirse los siguientes crímenes.

Todos los asesinatos de Alfredo Galán se caracterizaron por el mismo patrón: un disparo a quemarropa en la cabeza, la nuca o la espalda. Juan Francisco Ledesma, Juan Carlos Martín, Mikel Jiménez, Juana Dolores Uclés, y el matrimonio George y Diona Magda fueron asesinados según este modus operandi. Todos ellos por disparo de una Tokarev TT-33, que el asesino se trajo de su estancia militar en Bosnia. Y todas las trayectorias eran ligeramente descendentes, dada la estatura (1,90 metros) de Alfredo Galán.

El 7 de marzo de 2003, Eduardo Salas recibió un disparo de bala en la cara mientras estaba con su amiga Anahid, en Tres Cantos. El proyectil entró por el carrillo derecho y salió por el cuello. Cuando el asesino de la baraja se disponía a descerrajar otro tiro a la mujer, la pistola se encasquilló. Alfredo Galán se fue tras tirar un dos de copas junto al cadáver. Sería su última aparición en escena.

“Quería experimentar la sensación que causa acabar con la vida de un ser humano. Comencé con el portero y al no sentir nada seguí matando”, declaró ante los policías de la Comisaría de Puertollano donde se entregó, harto de la ineficacia de los agentes en su búsqueda y captura.

El juicio fue un constante cambio de versiones del acusado, que dijo y desdijo para evitar la prisión infructuosamente. En 2005 la Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a 142 años y tres meses de prisión –el máximo posible-, una sentencia que fue ratificada después por el Tribunal Supremo. En palabras del experto criminólogo y psiquiatra forense, su perfil responde al “clásico psicópata narcisista que mata para demostrar que puede”, un aspecto que se contempló también en la sentencia al afirmar que quedaba patente un “manifiesto desprecio a la vida humana”, que además había generado “alarma social”. No obstante, no se le diagnosticó ninguna enfermedad mental y, a día de hoy, continúa cumpliendo su condena en la prisión de Soto del Real.

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