Del dicho al hecho histórico: ¿de dónde viene la expresión «atar perros con longanizas»?
Ilustración: Fernando Serra

Para conocer el origen de la expresión «atar perros con longanizas» os proponemos un viaje a los albores del siglo XIX. Nos encontramos, concretamente, en la plaza del pueblo salmantino de Candelario. En esta pequeña localidad, que en la actualidad apenas cuenta con mil habitantes, vivía en aquella época, cuando todavía no había pasado por allí el gran Miguel de Unamuno, un personaje al que la gente del pueblo conocía como «el tío Rico».

Constantino Rico, que era el nombre propio de este hombre, era por entonces el heredero y dueño de una fábrica de embutidos en la que se producía un chorizo de gran fama, que desde hacía décadas venía dando lustre al pueblo y trabajo a muchos de sus habitantes. José Rico, abuelo de Constantino, había incluso sido proveedor oficial de chorizos del rey Carlos IV algunas décadas antes. El lugar al que nos referimos era conocido como la «Casa del Tío Rico».

Cuentan diversas crónicas que, en una ocasión, una trabajadora de dicha fábrica, cansada ya de las molestias que estaba ocasionando un perro suelto que había a la entrada del recinto, decidió, al no tener a mano ninguna cuerda o correa para atarlo, asirlo utilizando para ello una ristra de longanizas.

Poco después, pasaba por allí un chiquillo que, al ver al perro de esta guisa, echó a correr por las calles del pueblo, gritando: «En casa del tío Rico atan los perros con longanizas». El dicho comenzó pronto a extenderse, utilizándose con el sentido con el que lo empleamos hoy en día, referido siempre a la abundancia de riquezas o a la escasez de las mismas, dependiendo de si se usa en sentido positivo o negativo («aquí se atan perros con longanizas» o «aquí no se atan perros con longanizas»).

Fuentes de consulta:

  1. www.todocandelario.com.
  2. Gutiérrez, D. S. (2016). En torno a Miguel de Unamuno. Estudios del Patrimonio Cultural, 15, 79-90.

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