Marta Sánchez Viejo Docente del Grado en ADE
Mié, 09/03/2022 - 11:30

Analizar los balances de cuentas.

Serie: 'A vueltas con la Economía' (LXXIX)

Los seguros y el juego han tenido siempre una vinculación con el riesgo. En ambos casos, se pacta una cantidad de dinero por una situación incierta del futuro pero, mientras los primeros se constituyen como un producto vinculado a disminuirlo o evitarlo, el juego se construye alrededor de él y lo provoca. Sin embargo, no siempre ha existido esta línea divisoria e interpretativa entre ambas actividades y, en muchos momentos de la historia, ambos mercados se entremezclaron hasta llegar a confundirse.

Durante algunos años, los seguros de vida fueron vistos como un incentivo para el asesinato, como indicador para estipular un precio de la vida humana. En Europa, muchos países los prohibieron hasta ya avanzado el siglo XIX, por contemplar la muerte como una potencial herramienta de especulación. Inglaterra, sin embargo, se constituyó como la excepción, teniendo ya en siglo XVII este tipo de negocios. Sus leyes no contemplaban prohibiciones ni restricciones alrededor de este mercado, incluso cuando se vinculaba con la vida humana. La ausencia de trabas, tanto a nivel legislativo como interpretativo y moral, fomentó que las barreras entre el juego y los seguros de vida se desdibujasen y se comenzase a desarrollar un negocio en torno a cuestiones como la esperanza de vida de Luis XIV una vez enfermó o el fallecimiento de Jorge II tras batallas o conflictos armados.

 Estatua de Luis XIV

Estatua de Luis XIV, rey de Francia.

Lucrarse alrededor de cuestiones como la muerte resulta moralmente reprobable pero, desde un punto de vista mercantil, no estaría tan claro en tanto a no incidir en la probabilidad de que ocurra un fenómeno u otro. La puesta en cuestión de estas actividades debe de hacerse con herramientas más amplias a las que proporciona el mercado, desde un prisma más holístico y valorando la capacidad deshumanizadora vinculada a la obtención de ciertos rendimientos económicos. Gran Bretaña es un ejemplo de lo anterior: los seguros, que inicialmente buscaban una protección de las personas, se habían convertido en una máquina de especulación y juego. Con el paso del tiempo, se desacreditaron popularmente y se promulgó la Ley de Seguros de 1774 o Gambling Act, en la que se regulaba el mercado y se prohibían las apuestas relacionadas con vidas humanas. También, reducía la oferta de seguros de vida únicamente a las personas que tenían un interés sobre la vida asegurada, para evitar fuentes de negocio. 

En otras partes del mundo, como Estados Unidos, no se aceptó popularmente hasta el s. XIX aunque, ya desde el siglo anterior, existía el negocio pero sin una vinculación con vidas humanas. No fue hasta mediados de 1800, cuando las empresas dedicadas al sector comenzaron a crecer, focalizándose en la protección y dejando en un segundo plano el ámbito monetario (al que evitaban referirse a la hora de comunicar los productos para lograr una mayor recepción). No obstante, la situación se fue reconvirtiendo, llegando a finalidades específicamente financieras hasta que, en 1911, el Tribunal Supremo de EEUU aprobó el derecho de asignación de pólizas a terceros. Este escenario vuelve a traer el atractivo de un producto que, no solo tiene un interés por atenuar el riesgo y lograr un tipo de protección, también lo tiene por conformarse como un mercado de inversión. Escenarios que propician situaciones como la de Kendall Morrison, un enfermo que vendió su póliza de seguros a un inversor anónimo de Michigan que cobraría su seguro una vez hubiese fallecido.

El aumento de las compañías de seguros a finales del siglo XIX evidencia las modificaciones que soportó la noción de vida (como bien económico y político). Las vidas de las personas, además de poseer un carácter biológico delimitado por patologías, pasan a constituirse también como capital. Las matemáticas se ponen al servicio de la predictibilidad de la esperanza de vida y la generación de dinero. Cabe preguntarse, por tanto, sobre los límites de este mercado, la situación actual y el diálogo con aspectos no meramente económicos. De esta manera, será más sencilla la conciliación de unos estándares éticos y normalizadores de realidades con todo aquello que se configura como mercado.

Bibliografía:

  • Cházaro, L. (2016). ¿El valor de la vida y del trabajo? Las compañías de Seguros de vida, México a fines del s. XIX. Estudios Sociales del Estado, ISSN-e 2422-7803, Vol. 2, Nº. 4.
  • Sandel, M. (2021). Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado. Debate

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-3971

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