En las últimas décadas, gran parte de las recomendaciones de política económica han ido dirigidas a fomentar un crecimiento guiado por las exportaciones. En líneas generales, desde el punto de vista macroeconómico, se sostiene que con la obtención de un saldo exterior con mayores superávits, incrementándose la contribución del sector exterior a la demanda, se genera un incremento del ahorro doméstico. Con ello hay mayores fondos disponibles para inversión, capitalizando la industria, y en consecuencia se obtiene una mayor productividad y una mejora de la eficiencia (resultado también de otros efectos positivos del comercio internacional). Para ello se suele recomendar una devaluación interna que permita una expansión de la facturación en los mercados exteriores, gracias a la mejora de competitividad derivada de los menores costes.

Si bien existen países que han seguido esta estrategia, no es posible defender que la economía española podrá seguir este camino en el corto y el medio plazo. Hay que considerar que, primero, tradicionalmente en épocas recesivas la economía se orienta al exterior y en épocas expansivas se redirige hacia la demanda doméstica. Esto se produce tanto por la caída o menor crecimiento de las importaciones como por el incremento de las exportaciones, al tener que buscar mercados fuera ante la falta de consumo interno.

El carácter contracíclico se observa en el comportamiento de la contribución del sector exterior al crecimiento del PIB, que crece significativamente durante las recesiones, y especialmente en la crisis iniciada en el 2008. Es de destacar que durante el crecimiento del PIB iniciado a partir del 2014 la contribución del sector exterior es negativa. Esto parece indicar que no ha habido ningún cambio estructural y que el patrón exterior continúa presente.

Gráfico 1. Contribución de la demanda al PIB.

Gráfico 1: Contribución de la demanda al PIB

Fuente: elaboración propia a partir del Mº de Economía y del INE.

Segundo, debido a la especialización exportadora, que en el 2014 seguía siendo la tradicional. Esencialmente los productos que ofrecen un mayor saldo comercial positivo son, por un lado, manufacturas de valor añadido medio, como los distintos tipos de vehículos y medios de transportes, productos cerámicos, calzado, y por otro lado, productos alimenticios como frutos, legumbres, hortalizas, bebidas o aceite. En general, estos productos tienen una elevada competencia vía precio o un importante peso de las compañías multinacionales, como en el caso de los automóviles, lo cual hace difícil un fuerte crecimiento en el corto plazo.

El principal problema de esta especialización es que es necesario para su producción, y para el desarrollo normal de la actividad, la importación de bienes (especialmente energéticos). De tal forma que los productos con un mayor déficit comercial son, sobre todo, combustibles, maquinaria eléctrica y mecánica, productos químicos, médicos y ópticos, y minerales. Lo mismo ocurre con la prestación de servicios a clientes no residentes, especialmente el turismo que supone alrededor del 12% de las exportaciones de bienes y servicios totales.

Tercero, no puede ser una solución inmediata al desempleo dado que solo una minoría de las empresas realizan actividades exportadoras. Así (según el Directorio Central de Empresas, DIRCE), de los 3.119.310 de empresas existentes en el 2014, solo 147.731 (4,7%) realizan exportaciones de bienes (ICEX) y, de ellas, solo 45.842 (1,5%) empresas son regulares, es decir, han realizado su actividad durante 4 años o más. La concentración del mercado se observa en que las 100 compañías más grandes facturan el 40% de todas las exportaciones (las 5 primeras tienen sobre el 10% del total). La mayor productividad de estas empresas hace que no tengan una elevada demanda de trabajo.

En definitiva, el patrón de crecimiento de la economía española se ha caracterizado por la primacía de la demanda doméstica y el carácter contracíclico de la aportación del sector exterior, esta dinámica se mantiene también en la presente crisis. La dependencia de las importaciones implica una importante limitación para el crecimiento de la demanda agregada, aunque es deseable que en el futuro los déficits sean menores. No es posible conseguirlo sin una política industrial y comercial de largo plazo que fomente las ventajas competitivas basadas en la diferenciación de producto y limite la dependencia de las importaciones. Los acuciantes problemas, como el desempleo, no se resolverán sin un continuado crecimiento de la demanda doméstica, con esta idea presente, la devaluación interna defendida hasta la fecha tiene efectos contraproducentes.

 

 

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