«La mejor defensa es un buen ataque» es una célebre frase de Józef Antoni Poniatowski, coronel del ejército francés en el siglo XVIII.

Si extrapolamos esta frase al mundo actual, podríamos decir (para evitar tener que actuar en el futuro) que lo mejor es hacer una prevención frente a posibles riesgos que puedan trastornar gravemente el ritmo normal de las cosas.

Algunos ejemplos recientes son los incendios forestales, el incendio del vertedero de neumáticos de Seseña (Toledo) o el incendio en el almacén de residuos de Guadalajara. Tras los cientos de incendios ocurridos todos los años y la quema de innumerables hectáreas, muchos colectivos hacen hincapié en lo mismo: para impedir nuevos incendios, lo mejor es tener un trabajo de prevención durante todo el año.

Por ejemplo, la limpieza de una hectárea de monte cuesta de media unos 2.000 €, pero una hora de vuelo de un helicóptero de extinción cuesta de media 6.000 €. La diferencia de precio es importante y sustancial al cabo del año, teniendo en cuenta la cantidad de desplazamientos que hay que realizar, todos los costes añadidos y los riesgos que existen en las campañas de  extinción en verano.

Pero si queremos hablar de algo más próximo a la criminología, la prevención de cualquier tipo de conducta desviada es un punto vital en cualquier tipo de política criminal. Multitud de instituciones utilizan la prevención como arma contra unas situaciones que ninguno deseamos que se den, como pueden ser desde un atropello en una concurrida calle del centro de la ciudad (colocación de semáforos, radares de velocidad o resaltos en la carretera) hasta evitar el robo en viviendas o establecimientos (circuitos cerrados de televisión o alarmas, persianas de seguridad, cristales blindados, etc.).

Pero no tan solo debemos acudir a aquellos hechos o actos que son más visibles y repudiables por parte de la mayoría de la sociedad, sino que podemos y debemos acudir a la base de todos los problemas y minimizar los riesgos, por inofensivos que parezcan. Uno de los ejemplos más destacables nos lo presenta la propia sociedad, que, en un alto porcentaje, se siente más segura con la simple presencia en la calle de más efectivos policiales.

Si un acto tan simple como es poner más patrullas en las calles hace que la población se sienta más segura y además, ayuda al descenso efectivo de los actos criminales, ¿qué se podría conseguir con una buena y estudiada política criminal?

Empezaremos por una educación de base en la que se intente evitar que, desde pequeños, se puedan empezar a tomar algunas conductas desviadas, ya bien sean en el ámbito escolar o social y después en el familiar. Pero, a veces, esto no es suficiente y a pesar de la correcta aplicación de los planes en edades tempranas, en la adolescencia se adquiere gran parte de los comportamientos no deseados en la sociedad y que en ocasiones, finalizan con estas personas en la cárcel.

Claro está que no solo depende del buen diseño e implantación de dichos planes, sino que también depende en parte de las personas sobre las que se aplican estas medidas. La predisposición que estas personas tengan para aceptar o no los preceptos necesarios es una de las partes más importantes a la hora de cualquier tipo de política criminal y no de los puntos críticos en los que pueden flaquear.

Se ha demostrado en múltiples ocasiones que los mejores planes, tanto de prevención como de actuación, son aquellos que están diseñados por un grupo multidisciplinar, en los que cada profesional aporta ideas y procesos que ayudan a una mejor y más fácil aplicación práctica. Los criminólogos jugamos un importante papel en este campo, ya que aportamos explicaciones a las conductas desviadas y posibles soluciones aplicables para evitar que se repitan situaciones así.

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