Me sirve de título para este artículo el de la magnífica novela de Jorge Galán, inspirada en la matanza de los jesuitas en El Salvador (1989). Cada noviembre, Todos los Santos, y cada 16 de noviembre, todos estos santos: Ellacuría y compañeros mártires. En mi familia, conocimos y tratamos a algunos de ellos, a la familia de Nacho Martín Baró, a sus hermanos, Alicia, Alberto y, sobre todo, a Carlos, a sus padres, Alicia y Paco Martín Abril (vecinos –casi hermanos– de mis abuelos)...

Nueve años antes, marzo de 1980, les había precedido monseñor Romero, asesinado por lo mismo y por los mismos. Y tres años atrás, en 1977, los tristemente famosos «escuadrones de la muerte» también habían matado al jesuita salvadoreño Rutilio Grande. Ya se lo advirtió el Maestro: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia». Ellos eran de esos. Hablaban de la justicia y de la liberación de una sociedad salvadoreña que, como tantas, antes y ahora, en Latinoamérica y en muchos más países, padecían y siguen padeciendo la injusticia y la opresión. «Teología de la liberación» bautizaron a su mensaje, que, como la lluvia en un campo sediento, inundó como un tsunami toda Latinoamérica, y portadores de esa teología, nuevos profetas aparecieron como los hongos en el campo húmedo al salir el sol. Y su peligroso mensaje, como siempre, fue cortado de raíz. No en vano alguien definió al profeta como «aquel que tiene razón... antes de tiempo».

«Ellacuría debe ser eliminado, y no quiero testigos», fue la orden militar cumplida militarmente. Los testigos fueron siete asesinatos más. Total, seis jesuitas, el corazón y el cerebro de la Universidad Centroamericana, y dos mujeres salvadoreñas, madre e hija, que atendían a la comunidad.

¿Por qué esta condena a muerte? ¿Tan peligrosos eran estos hombres? Ciertamente lo eran. En palabras de Ellacuría: «Revertir la historia, subvertirla, lanzarla en otra dirección», «sanar esta civilización enferma», «superar la civilización del capital», «evitar un desenlace fatídico y fatal», «bajar a los crucificados de la cruz»... Estas expresiones eran muy fuertes en aquella sociedad. Y lo siguen siendo en la de hoy.

¿Se ha hecho justicia con aquellas ocho muertes 27 años después? La Corte Suprema de Justicia de la República de El Salvador niega a España la extradición de los militares que participaron en la masacre.

«Vamos a pedir un indulto, porque creemos que es lo justo» (hijo del general Zepeda). «Tomaremos acciones contra los magistrados por mantener en prisión a los militares» (abogados defensores).

¿Sirvieron para algo tantas muertes y tanto sacrificio? Ellacuría, Nacho y compañeros, sembraron, y su semilla, tarde o temprano, dará fruto porque está regada con la sangre de los mártires. «Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador», decía Ellacuría. También con ellos.

Son curiosos los paralelismos de las nuevas tendencias sociopolíticas y la visión de estos profetas y el componente ético-profético de su predicación cristiana. Ambos se inspiran en un compromiso por la transformación de la realidad histórica de los pueblos y, particularmente, por las sociedades que más sufren. Un trabajo por una civilización de la sobriedad y la solidaridad, que desplace a la desbocada y cada vez más deshumanizada civilización del capital. Por eso, su dedicación y opción por los empobrecidos es el eje de esa teología de la liberación que predicaban y que conduce, sin duda, a un cristianismo liberador y comprometido con los más necesitados.

Por la matanza, fueron juzgados un coronel, tres oficiales y cinco soldados. Solo el coronel Benavides y el teniente Mendoza fueron condenados a 30 años. Cumplieron año y medio de cárcel, beneficiados por la amnistía de la conservadora Asamblea Legislativa que, tras los acuerdos de Gobierno y guerrilla, cierra prácticamente las puertas a la investigación sobre los crímenes del pasado.

Víctor Cazurro Barahona
Decano Facultad de CC Jurídicas y Económicas
Universidad Isabel I

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