David Mota Zurdo Coordinador del Grado en Historia, Geografía e Historia del Arte
Lun, 17/06/2019 - 13:13

Dos marcadores de pruebas en el escenario de un crimen, uno de ellos en una cartera.

Todavía en La Rioja y otras zonas productoras vinícolas españolas se piensa que la introducción del método de crianza para la elaboración del vino es una técnica relativamente nueva. Incluso, los más versados en cuestiones vitivinícolas consideran que este tipo de metodología se comenzó a utilizar casi entrado el siglo XX, al calor de las crisis de la filoxera y el oídium que afectaron profundamente a los campos franceses. Pero, lo cierto es que no fue así. Como se comprueba en este artículo, hubo en España un periodo de experimentación, concretamente en la provincia Álava, durante el que se introdujo el citado modo de elaboración antes de que éste se propagara décadas después y que se conoció como Medoc alavés.

Serie Haciendo historia (XXI)

Hace unos años tuve la suerte de participar en un proyecto de investigación sobre la introducción de vino de crianza en la Rioja alavesa que llevó a cabo Ludger Mees, el catedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU, para la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez. Un tema apasionante del que tan sólo conocía algunos retazos de sus inicios en un arco cronológico posterior (finales del siglo XIX) y en una comarca lindera: la Rioja Alta. Para nada conocía el experimento que, a mediados del siglo XIX, habían impulsado una serie de empresarios vitivinícolas pioneros en Álava, una provincia que a primera vista podía resultar tan poco llamativa como relevante, y que la repercusión que obtuvieron estos vinos de crianza hubiera sido tan notoria en la época. Este experimento modernizador alavés que se produjo al calor del escenario vinícola europeo respondió a dos conceptos muy presentes en aquella época y que están intrínsecamente ligados: la innovación científica y el progreso. Durante aquellos años se obtuvo un conocimiento más contrastado sobre el proceso de fermentación y las causas de los cambios que se producían en los caldos y su descomposición. En efecto, Louis Pasteur descubrió que las alteraciones que sufría el vino durante la fermentación se debía a una serie de microorganismos que producían ácido etanoico, que avinagraba los caldos. Nació así una nueva disciplina científica: la enología.

En realidad, éste y muchos otros descubrimientos científicos, aplicables a las actividades agropecuarias, quedaron fuera del alcance de la mayoría de los pequeños viticultores, principalmente, por la falta de recursos para introducirlos en su día a día. No obstante, parece fuera de toda duda de que parte de estos avances sí calaron en una pequeña élite, propietaria y científica, que en el caso concreto de Álava revolucionó la vitivinicultura tradicional. La adopción de "medidas científicas" no sólo fue una respuesta a la crisis de sobreproducción, sino también una apuesta por la calidad frente a la cantidad. Todos fijaron, pues, su atención en la región de la Gironda, tanto en Francia como fuera del país. La inversión en vinos de calidad, tanto de crianza como espumosos, sin olvidar los finos, llevada a cabo en Borgoña, Champagne, Piamonte, Toscana, Jerez, Oporto y Alto Penedés dan cuenta de que la vinicultura fue un sector económico con proyección a finales del siglo XIX.

Los precursores

medoc alavesAntes del denominado Medoc alavés hubo diferentes iniciativas. Una de ellas se llevó a cabo a finales del siglo XVIII en Labastida (Álava), un municipio que, por esta época, sufrió una importante crisis de sobreproducción. El protagonista de esta aventura fue el cosechero Manuel Quintano, un sacerdote muy interesado por la vinicultura que viajó en diferentes ocasiones a Burdeos para conocer los secretos del método del Medoc. Fruto de sus estancias en la localidad francesa, realizó un informe en 1787 que presentó a un concurso de la Real Sociedad de Amigos del País convocado para premiar la mejor propuesta que contribuyera al aumento de las ventas del vino alavés. En el informe reflexionó sobre las principales diferencias entre la producción francesa y la riojana, haciendo hincapié en el tipo de tierra cultivable, la uva (graciano), su pisada, y el proceso de fermentación, trasiega y clarificación.

Tras la realización de esta memoria decidió ponerlo en práctica. Obtuvo un notorio éxito y pronto comenzó a realizar envíos a Inglaterra, que se vieron beneficiados por las ventajas fiscales concedidas por el Gobierno. Ante tal situación, los cosecheros alaveses protestaron en masa y en 1801 el consistorio de la citada villa decidió regular la venta de vino estableciendo un precio común. Para los cosecheros bastidenses Quintano sólo buscaba el lucro personal, de ahí que hubiera decidido utilizar la metodología francesa para así abstenerse de cumplir la normativa de producción vinícola. Quintano no se resignó y recurrió las ordenanzas al Consejo de Castilla. El caso se enquistó y acabó provocando una situación muy poco favorable para el mantenimiento de este proyecto innovador.

Hubo otras experiencias como la de Luciano Murrieta, que, durante su estancia en Inglaterra, acompañando a Baldomero Espartero, conoció los círculos frecuentados por el establishment británico, donde la degustación de vino se había convertido en un signo de su status. A su regreso a España a finales de 1847 se instaló en Logroño, en donde intentó poner en práctica el proceso de fabricación bordelés ante la oposición de los cosecheros locales. Se sabe poco tanto del tipo de vino que elaboró Murrieta como de su sistema de elaboración. Sin embargo, hay constancia de que consiguió que su vino aguantara viajes largos y que fue altamente apreciado por sus compradores. Pese a que ha habido polémica en torno a si Murrieta adoptó o no el sello del Medoc, lo cierto es que la mayoría de su producción fue de vinos añejos y, aunque alguno de ellos fue premiado, ninguno fue de las características de la mencionada etiqueta.

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Bodegas de Luciano Murrieta. Fuente: Bermemar

El Medoc alavés

Hubo, pues, que esperar a la década de 1860, al calor de la plaga de oídium, para que se produjera el experimento del Medoc alavés ante el considerable descenso de la producción vinícola en la región riojano-alavesa que indicaba lo inevitable: la crisis. La Diputación de Álava diseñó entonces una estrategia para sacar al sector viticultor de esta coyuntura, animada por la propuesta de los procuradores de la hermandad de Laguardia (Álava), José María Migueloa y Valentín Sotés, que solicitaron la importación de una serie de variedades de vid para experimentar con ellas en tierras alavesas y la puesta a disposición de los cosecheros de las herramientas y la infraestructura necesaria. En este plan de la máxima institución Medoc alavesalavesa la Granja Modelo de Álava, que dirigió Eugenio Garagarza, y los cosecheros José María Olano y Francisco Paternina, de los pueblos riojano-alaveses de Samaniego y Labastida, respectivamente, jugaron un papel clave en el impulso y desarrollo del Medoc. La Granja realizó diferentes estudios sobre el tipo de abono, uva y tierra que se debería utilizar. Y, por su parte, los cosecheros, junto a Melitón Eguilaz, Manuel Gortázar, Jenaro Ramírez, Canuto Balanzategui, Vicente Payueta, Francisco de Paula Rivas, Galo Pobes y Eustaquio Fernández de Navarrete, entre otros, oriundos de la comarca riojano-alavesa, pusieron en práctica las directrices que recibirían de Jean Pineau, el prestigioso enólogo francés contratado por la Diputación. Pero, fueron Guillermo y Camilo Hurtado de Amézaga, marqueses de Riscal, quienes pusieron los cimientos para que se pusiera en marcha el proyecto del Medoc. Fueron ellos quienes consolidaron la conexión Burdeos-Rioja Alavesa, apostando por un vino y clientela nuevos, haciéndose con los conocimientos científicos y técnicos desarrollados en el área bordelsa y dedicándose a ponerlos en práctica en Álava para adaptarlos y perfeccionarlos. Sus primeras cosechas fueron exitosas, obteniendo la medalla de oro en la Exposición Internacional de Bayona de 1864 y un año más tarde la medalla de plata de primera clase en Burdeos.

Estos premios fueron el acicate necesario para que este vino tuviera su momento de gloria y fuera un indispensable en las mesas de buen tono. Y aunque el experimento fue apoyado por Pedro Egaña, diputado general de Álava y persona influyente en los círculos políticos de la Corte, el Medoc alavés se vio enturbiado por oportunistas como Gregorio Torrecilla, un comerciante que quiso sacar rédito al éxito del vino y su buena fama apuntándose en su haber el proyecto, vendiendo un falso vino de Medoc, y, por tanto, perjudicando al que había recibido el aval institucional.

Con todo, a la altura de 1866, el vino de Medoc cosechó un gran éxito: aunque tenía algo más de alcohol, era igual de bueno, o incluso mejor que el Burdeos, y desde luego que el Borgoña, porque tenía menos acidez. No obstante, esta gloria fue efímera. Pronto murió de éxito ante la falta de infraestructura, la ausencia de un mercado de consumidores que pudiera apreciarlo por su calidad y no por su capacidad alcohólica, los recortes económicos en la Granja, y la tambaleante coyuntura política que arrancó en 1868 con La Gloriosa y continuó con la Guerra Carlista de 1872. Una situación que dejó el terreno abonado para que el Medoc alavés acabara desapareciendo.   

Para saber más…

MEES, Ludger (2018): El Medoc Alavés. La revolución del vino de Rioja, Madrid: La Fábrica.

FERNÁNDEZ IBÁÑEZ, Jesús (2018): Memorias de un maestro bodeguero. Jean Pineau Forteau (Blanquefort 1822-Elciego 1889). Maestro de Cueva del Marqués de Riscal, Almería: Círculo Rojo.

Entrada publicada el 17/06/2019

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-398X

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