La pregunta es la raíz de la generación del conocimiento. Lógicamente, el cuestionamiento ha seducido hasta las más firmes posturas que puedan, en algún momento, hacer un ejercicio introspectivo y preguntarse: «¿Por qué?». En nuestro caso, muchas pueden ser las motivaciones que acompañan esta misión que denominamos docencia. Para algunos, el acercamiento al mundo educativo puede ser por casualidad, por alguna jugada de la vida, por convicción, para satisfacer necesidades... En fin, son muchos los episodios de vida que pueden «detonar» esa chispa docente. Esto no debe confundirse con el agrado o encantamiento fugaz de algún encuentro con la docencia; más bien debería servir para que tomemos un par de minutos y nos preguntemos: «¿Por qué soy docente?».

Casi de forma obligada, nuestro primer acercamiento con la docencia precisamente ocurre en la escuela. Allí conocemos a esa persona que durante un curso estará con nosotros día a día, logrando una cercanía en muchos casos superior a la que podamos tener con alguna persona cercana. Ese primer contacto con el docente es uno de los más influyentes, ya que en esa etapa de la vida se está formando nuestro patrón cognitivo y en la escuela (y, desde luego, con su apoyo) se podrá descubrir, por ejemplo, nuestro nivel curricular en relación con las habilidades y destrezas que, según la etapa evolutiva correspondiente, deben estar presentes en nuestro desarrollo.

Ya más avanzada la etapa educativa y llegando a la educación primaria, empezamos a sentir más familiaridad con el docente, ya que le vemos absolutamente todo: la manera de hablar, el vestir, sus movimientos y cada palabra o cada gesto van a ser recibidos con una gran cuota de afectividad, y allí el docente debe saber jugar entre lo que espera de sus alumnos y lo que él tiene que ofrecer para sus alumnos. Lógicamente, es una etapa privilegiada por cuanto es allí donde el docente puede percibir indicios primarios que estén sujetos tanto a su reconocimiento como a su revisión o corrección. Allí hablamos desde luego de la educación emocional del maestro y, como este, puede orientar a todo un grupo de niños que, mientras van paulatinamente descubriendo los primeros cambios que ocurren en su cuerpo, van mostrando aquellas características estimuladas directa o indirectamente desde el hogar, al momento de socializarse. Se va observando gradualmente el paso por la etapa de las operaciones concretas y sus normales altibajos.

Ya el docente del alumno adolescente asume esa figura de autoridad «negociada», es decir, con el adolescente se deben instaurar convenios o acuerdos entre ambas partes para que el compromiso poco a poco les permita identificar situaciones, que ya no son compatibles con la etapa infantil propiamente dicha. Una particularidad de esta etapa es que los cambios físicos del adolescente pueden determinar su comportamiento, y es aquel momento en la vida que puede llegar a perfilar muchos aspectos personales. De allí viene una afirmación bastante común respecto a la adolescencia, que asegura que dicha etapa está llena de emociones extremas y manifestaciones a veces poco controladas sobre las mismas, con lo cual, dejarse deslumbrar resulta bastante fácil. Por lo tanto, el profesional de la educación de esta etapa debe revestirse no solo de su preparación profesional, sino que debe tener muy presente la etapa evolutiva del desarrollo adolescente, sus características, manifestaciones y de qué manera aprende el adolescente.

Ya llegados a la etapa educativa previa a los estudios universitarios, el panorama tiende a cambiar para el docente, porque mientras más desarrollado esté el alumno, más complejo y más diverso será el proceso de enseñanza y aprendizaje. Ya el docente debe hablar con un alumno cuya evolución física corresponde biológicamente a un ser formado, pero cognitivamente es un joven que depende de su familia para vivir. Además de este aspecto, ya se aprecian manifestaciones un poco más claras sobre aquellas ideas que los chicos quisieran desarrollar en un futuro, sea este universitario, laboral o de continuidad con patrones familiares. Las manifestaciones de la afectividad, desde luego, y las relaciones sociales también forman parte sustantiva de este contexto. El docente, ante esta realidad, debe saber mantener su densidad y aplomo ante un grupo de jóvenes generalmente inquietos, que se distraen con facilidad y que, en algunos casos, tienden a mostrar muy poco interés por los estudios.

Ya en la etapa universitaria, se trata de formar y orientar a aquellos estudiantes que, siendo ya adultos, al sentirse dentro de un contexto educativo, muchas veces adquieren comportamientos compatibles con chicos menores. En la etapa adulta ya no aprendemos por asimilación ni acomodación, es decir, el adulto aprende por repetición, transferencia, inferencia de la información y pensamiento abstracto. Esto último no significa que en etapas anteriores no ocurra; significa más bien que el adulto necesita contar con una base conceptual que pueda a la vez vincularla con el mundo real, sin dejar de lado aquella disciplina o campo de estudio que esté haciéndole referencia en su futura relación y realización profesional. El docente universitario ya adopta una figura dialógica entre su dominio teórico – disciplinario y la manera en que este decide vincularse con sus estudiantes.

En todas las etapas educativas, existen docentes que dejan huella. Todas las experiencias docentes van a servir de referencia al momento en que una persona decida formar parte del mundo educativo desde el rol docente. Los patrones se reproducen, y de allí la importancia de la formación (óptima) en didáctica y educación emocional. Como hemos podido apreciar, la labor docente requiere todo un compendio de competencias y habilidades que le permitan desenvolverse en su rol como educador y según la etapa evolutiva y educativa de sus alumnos.


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La pregunta inicial «¿eres docente?; ¿por qué?» bien valdría la pena que cada persona que lea estas líneas se la pudiera preguntar a sí mismo. Evidentemente, la vocación va madurando con el tiempo y se va consolidando y afianzando. En este proceso, es perfectamente normal experimentar altibajos conforme nos involucramos en el conjunto de aspectos definitorios de la disciplina; en este caso, la disciplina docente. Eso ocurre en cualquier área o profesión, ya que para dedicarnos a ella e invertir tiempo y esfuerzo físico y mental se requiere indudablemente una fuerte carga afectiva y empática con esa competencia profesional que queremos desarrollar, y eso se traduce en la seguridad y aplomo al defender nuestra acción profesional (en nuestro caso, la docencia).

Ahora bien, una figura a nuestro criterio sumamente privilegiada es el rol de aquel docente que se dedica a formar a los que van a formar, o lo que es lo mismo: el docente formador de docentes. En este caso bien vale el refrán «mano de hierro con guante de seda». Para esta dedicación, no basta solamente con conocer de pedagogía o de didáctica; se trata desde luego de tener conciencia de semejante responsabilidad en correspondencia con el impacto que un docente puede llegar a generar en sus futuros alumnos. Indiscutiblemente, la implicación, la empatía y el compromiso con la labor formadora ejercen un efecto transformador y es desde allí donde podemos colaborar con la mejora que muchos queremos que experimente el hecho educativo.

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