Se cumplen 80 años del inicio de la Guerra Civil. Vaya por delante que no comparto esa obsesión en la que parecemos instalados por las efemérides, sobre todo si están basadas en las cifras redondas. Incluso me produce cierto hastío por anticipado la profusión de artículos, reflexiones, publicaciones y tertulias que la fecha cataliza.

Les confieso una inclinación malsana: en estos días, suelo observar el comportamiento de las secciones de librería de los grandes almacenes, e incluso librerías especializadas o no en temas históricos. Los libros sobre la Guerra Civil se encuentran con escasas excepciones profundamente polarizados; y en los anaqueles de dichos comercios se facilita aún más la identificación ideológica agrupando por dicha afinidad muchos de esos citados panfletos, interpretaciones toscas y poco matizadas de izquierda y de derecha. El mensaje implícito es claro: «Sírvase usted mismo; retroalimente sus ideas eligiendo simplemente quién quiere que le escriba lo que quiere leer».

Tal vez es una simple y grotesca anécdota. Pero a veces las anécdotas tienen el valor de una categoría (decía el psicoanalista Jacques Lacan): asistimos a un uso cada vez más acentuado de la historia como simple objeto lúdico (véase la ingente profusión de revistas de historia, basadas en artículos con titulares espectaculares, decenas de fotos e ilustraciones, y apenas dos mil caracteres escritos…) o como parapeto ideológico.

La historia, ese tipo de concepción histórica por lo demás fuera de los más elementales convencionalismos metodológicos (parecen haber saltado todas las barreras…), es el nuevo casus belli de la confrontación ideológica. Prevalece una concepción histórica profundamente presentista (aplica análisis categoriales del presente sobre hechos del pasado), incapaz de aplicar la más mínima empatía histórica. Como afirmó J. Aróstegui, «es verdad que sobre la guerra española se ha dicho muchísimo; lo deplorable es, sin embargo, que la mayor parte de lo dicho carece del fundamento esencial de lo que en ciencia social puede considerarse aceptable».

No diré que es algo novedoso: la historia ha servido como vehículo de transmisión ideológica en todos los currículos escolares a lo largo de la Historia; pero sí que la actual escala a la que se produce resulta insoportable.

La guerra civil finesa de 1918 produjo un porcentaje de muertes del 3% respecto a la población total. Es un porcentaje similar al español. Pero resulta que en Finlandia no se publicaron casi dos mil monografías sobre el conflicto en un año (como sucedió en España en 2006; a lo que añadiríamos un importante corpus de novelas, películas, reportajes testimoniales, programas de medios de comunicación, artículos…). Es obvio que primero fue un estigma (más por el cómo que por el cuánto: por eso citaba el caso finés), y luego una herida mal cicatrizada, que supura pus. Es difícil asimilar que paseando por nuestras caminos o tapiales de cementerios estemos hoyando el suelo bajo el que yacen cadáveres de represaliados extrajudiciales, enterrados sin dignidad humana. Y es todavía más difícil de entender que como sociedad civilizada no hayamos sido capaces de lograr un final digno y razonable al gran drama contemporáneo de nuestra nación, fuera de todo dogmatismo, y sin aprovechar la coyuntura para aprovisionarnos de munición ideológica. Tengo pocas esperanzas al respecto, y mucho hastío por anticipado, como decía, respecto al nuevo déjà vu que nos aguarda.

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