Vanesa Abarca Abarca Directora del Grado en ADE de la Universidad Isabel I
Mié, 18/11/2020 - 00:00

Un campo de trigo al atardecer

El repunte de las bolsas mundiales estas dos últimas semanas motivado por el anuncio de la alta efectividad de las vacunas ensayadas por las farmacéuticas Pfizer y Moderna ha traído esperanzas a la Economía y reducido la incertidumbre sobre el posible final de la pandemia.

Seamos honestos, son solo expectativas de que podemos derrotar al COVID-19 y regresar a nuestra vida normal. Sin embargo, lo que nos ha enseñado la Historia económica es que, probablemente, las consecuencias económicas serán profundas y duraderas, agravadas éstas por problemas estructurales en las (viejas) economías del (viejo) continente europeo que ya se señalaban a inicios de este siglo, cuando no antes.

Volviendo al presente, todas las estimaciones económicas mundiales para 2020 pronosticaban, más allá de las cifras, que este año se mantendría la senda de menor crecimiento ya observada desde 2018. Pero la realidad, concretamente, la crisis sanitaria ha volatilizado todas las previsiones y acelerado la necesidad de cambio estructural de nuestras (viejas) economías.

El lúgubre panorama macroeconómico ha fomentado que la UE apueste por una arriesgada política fiscal expansiva, que le llevará por primera vez en su historia a endeudarse como institución. Esta postura es decidida y muy arriesgada, pero lógica; las distintas economías nacionales que la componen están debilitadas, a lo que debe sumarse que algunas de ellas aún no se han recuperado de la última crisis, de la Gran Recesión, y, por lo tanto, este nuevo shock agrava e intensifica todas sus deficiencias económicas estructurales.

Los ambiciosos presupuestos de la UE y el programa NextGenerationEU tienen que lograr a medio plazo que nuestras economías en su conjunto, y no solo la alemana, sean altamente competitivas en un mundo en transformación y cuyo epicentro se sitúa lejos, en el Pacífico. Es el momento de invertir esos fondos en modernizar y afianzar el tejido productivo europeo, en potenciar la industria 4.0 y de apostar por energías renovables; no solo por una cuestión ecológica sino para poder ser independientes energéticamente de materias primas que no se hallan en el continente europeo y que lastran desde la Primera Crisis del Petróleo nuestra competitividad. 

Retomando la pregunta, ¿es hora de ser optimistas?

Mi respuesta es sí, individualmente no nos queda otra. Es el momento de trabajar más y mejor en el conjunto de la sociedad y para la sociedad, para superarnos y para salir reforzados o simplemente para salir de esta Crisis.

 

 

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