Marcos Terradillos - Jue, 29/01/2026 - 14:22

Cartel del evento. XI edición de Letras en Sevilla. Fuente: Fundación Cajasol.
Serie: 'Haciendo Historia' (CXXI)
En los últimos días estamos asistiendo a un intenso debate en relación al controvertido ciclo de conferencias titulado “1936: La guerra que todos perdimos”, coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra en el marco del Festival Letras en Sevilla. Aunque el debate se está centrando en la retirada de algunos participantes o en la “cultura de la cancelación”, hay algo mucho más relevante en juego: el modo en que se construye de forma simplificada y con una equidistancia partidista (aunque suene contradictorio) el relato sobre la Guerra Civil española.

El rapado de mujeres durante el franquismo fue una forma de castigo, humillación pública y control social. Fuente: Universo UNED.
No solo es injusto con la historia, inhumano con las víctimas y tramposamente equidistante el título, sino de lo que no se ha hablado tanto, pero resulta aún más grave es afirmar que la Segunda República “fracasó” o que la Guerra Civil fue “inevitable”. Esas afirmaciones falsean la historia, diluyen responsabilidades y ocultan una verdad esencial: la guerra no fue inevitable, fue la consecuencia de un golpe de Estado cruel y fallido contra un régimen democrático legítimo. Estas afirmaciones blanquean el fascismo, la violencia inmisericorde, deshumanizante que anula la memoria crítica y nos hacen creer que los militares traidores y grupos de monárquicos y ultracatólicos, junto con fascistas y nazis, no tuvieron otro remedio que causar un horrible genocidio e instaurar una dictadura de 40 años.
Presentar la República como un fracaso es negar sus avances y erosionar la memoria democrática. No es una cuestión de opinión, sino de rigor histórico. La República consiguió desarrollar en cinco años y con alternancias democráticas (entre gobiernos de izquierda y derecha) la implantación del sufragio universal (incluyendo el voto femenino), el acceso de las mujeres a cargos públicos, el reconocimiento de derechos y libertades fundamentales (expresión, asociación, culto y participación política), la educación superior y empleo cualificado, una reforma educativa sin precedentes (pública, laica y gratuita), la modernización cultural y científica, la reforma agraria, los derechos laborales, la separación Iglesia-Estado (fin de privilegios eclesiásticos en la vida pública), el reconocimiento de autonomías o la reforma del Ejército y el control civil del poder militar.
El problema de afirmar que “todos perdimos” no es solo semántico: es político, historiográfico y moral. Esa formulación anula la diferencia entre vencedores y vencidos, entre verdugos y víctimas, entre quienes impusieron un régimen autoritario y quienes lo padecieron.
Cuando hablamos de Historia, el lenguaje que utilizamos es fundamental, porque las palabras no son neutras. En la Guerra Civil no perdieron todos, hubo quienes ganaron mucho (entre otros, los antidemócratas, los monárquicos, la iglesia católica, así como ciertas empresas “de éxito” que todos conocemos). La Segunda República no fracasó: fue derrocada. La Segunda República no colapsó por agotamiento, fue destruida por sectores violentos y felones que rechazaban el pluralismo político y las reformas sociales.
Ya es duro vivir en un país donde se aplicó una amnistía que, en nombre de una falsa reconciliación, sacrificó verdad, justicia y reparación para las víctimas, para que ahora, incluso con dos leyes de Memoria democrática se siga castigando a las familias de los represaliados con relatos falsos, miserables e inmisericordes.
Pero, además, los organizadores de este evento invitan a personajes muy relevantes, que se niegan a condenar el franquismo porque sus padres participaron en el genocidio o que han fundado partidos filofranquistas con gran representación parlamentaria que deslegitiman la memoria de las víctimas del franquismo mofándose, por ejemplo, de adolescentes fusiladas (Las Trece Rosas). ¿Se puede debatir con ellos? ¿se debe hacer? Ese es un debate interesante.
En estos casos, cuando hablamos de franquismo, fascismo o nazismo, es fundamental preguntarnos qué habría pasado en Alemania. ¿Se tolerarían unas jornadas sobre la Segunda Guerra Mundial en las que participaran simpatizantes del nazismo? ¿Se aceptaría que los organizadores afirmaran que el Holocausto fue inevitable? ¿O que judíos, gitanos, polacos, homosexuales, comunistas y nazis sufrieron por igual?

Excavación en la fosa común de Estepar (Burgos). Autor: Mario Modesto Mata.
El problema no es hablar de la Guerra Civil. De hecho, hay que hablar mucho más de ella. El problema es cómo se habla de ella. No olvidemos nunca que en España hay decena de miles de seres humanos perseguidos por motivos políticos, ideológicos, sindicales o de conciencia enterrados como perros en cunetas. Verdad, Justicia y Reparación
Editor: Universidad Isabel I
Burgos, España
ISSN: 2659-398X