Ester Prieto Ustio Docente del Grado en Historia, Geografía e Historia del Arte
Mié, 04/03/2026 - 09:23

Acuarela de la catedral de Sevilla y la GiraldaAcuarela de la Catedral de Sevilla y la torre de la Giralda.

Serie: 'Haciendo Historia' (CXXII)

Una de las actividades más destacadas de la Edad Moderna fue la relación comercial establecida entre España y América, siendo Sevilla la ciudad elegida para ser el “puerto y puerta de Indias”, como la definió Lope de Vega en su conocida comedia titulada Arenal de Sevilla.

Vista de Sevilla, Hendrick Focken, ca. 1650-1700. Biblioteca Nacional de España

Vista de Sevilla, Hendrick Focken, ca. 1650-1700. Biblioteca Nacional de España

La ciudad hispalense acogió en sus calles las sedes de las instituciones que gestionaban todos los asuntos relacionados con el comercio y la navegación hacia los territorios americanos, a excepción del Consejo de Indias, ubicado en la Corte.

La Casa de la Contratación, creada en 1503 por los Reyes Católicos, era la encargada de controlar todas las mercancías que se enviaban y se recibían a través del Atlántico, inspeccionar a las personas que emprendían su viaje hacia las Indias, y también de la enseñanza náutica, siendo éstas sus principales, aunque no únicas funciones. Estuvo situada al principio en las Atarazanas Reales, sin embargo, se trasladó al poco tiempo a estancias del Real Alcázar.

El Consulado de Cargadores a Indias, establecido en 1543, tenía como fin velar por los intereses de los comerciantes vinculados con los negocios indianos y solucionar cuestiones judiciales. A finales del siglo XVI y siguiendo los planos del destacado arquitecto Juan de Herrera, se construyó la Lonja de los Mercaderes, sede actual del Archivo General de Indias.

 Lonja de los mercaderes y la Catedral, Louis Meunier y Nicolás Bonnart I, ca. 1665-1668. Biblioteca Nacional de España

La Universidad de Mareantes fue el organismo que aglutinó a las “gentes del mar”, como los pilotos, maestres y dueños de barcos, la cual se encontraba en el barrio de Triana. Tras la fundación en 1681 de un colegio para la formación de huérfanos en marinería, dependiente de esta Universidad, desde finales del siglo XVII y buena parte del XVIII, se levantó un nuevo espacio para acoger a ambas instituciones, el Palacio de San Telmo, en la actualidad sede de la Presidencia del gobierno regional andaluz.

Con el traslado de la Casa del la Contratación y del Consulado en 1717 a la ciudad de Cádiz, Sevilla perdió su privilegiada situación como emporio comercial.

Los productos remitidos hacia los territorios americanos, y percibidos de ellos, ya que los intercambios eran recíprocos, discurrían por medio de la Carrera de Indias, un sistema establecido para garantizar la seguridad de todos los productos y metales preciosos enviados, en el que los navíos comerciales eran acompañados de buques de guerra. Se establecieron dos rutas que conectaban la Península con los virreinatos americanos: la flota de Nueva España, cuyo puerto principal era San Juan de Ulúa-Veracruz, puerta de acceso al territorio virreinal homónimo a la propia flota, y la flota de Tierra Firme, siendo en este caso Nombre de Dios, Portobelo y Cartagena de Indias los principales muelles del Virreinato del Perú.

Mapa de Nueva España. Theatrum Orbis Terrarum, Abraham Ortelius, 1612. Biblioteca Nacional de España

Mapa de Nueva España. Theatrum Orbis Terrarum, Abraham Ortelius, 1612. Biblioteca Nacional de España

Las mercadurías embarcadas en Sevilla eran muy variadas, para poder satisfacer la demanda de la sociedad americana. Los principales productos que nos encontramos en los registros de los barcos que viajaban hacia la Nueva España, conservados en el Archivo General de Indias, son alimentarios, como el vino, el aceite y las aceitunas procedentes de la campiña hispalense, textiles de diversos lugares de España y Europa, siendo ejemplo los paños de Segovia, las frazadas de Palencia, las medias de lana de Inglaterra o los ruanes franceses, o piezas de hierro llegadas desde Flandes y el País Vasco. Entre toda esta diversidad de manufacturas, también hallamos objetos culturales como libros, cerámicas, esculturas, pinturas, estampas, instrumentos musicales o tapicerías.

Durante el siglo XVI, las obras de arte enviadas desde España se convirtieron en un gran apoyo para la evangelización del virreinato novohispano, así como elementos muy necesarios para la decoración de las múltiples edificaciones que se estaban realizando, tanto religiosas como civiles. Las esculturas policromadas, los lienzos y las estampas, principalmente, mostraban y personificaban tanto los paradigmas del cristianismo como el poder real.

En la centuria posterior, si bien gran parte de la Nueva España ya estaba evangelizada y ya se establecieron escuelas artísticas virreinales, como las de Ciudad de México, Puebla de los Ángeles o Michoacán, continuaron los envíos de piezas artísticas desde la Península, principalmente lienzos realizados en Sevilla o procedentes de Flandes con temáticas religiosas, y esculturas de poco tamaño, como los Niños Jesús, tan característicos de la imaginería andaluza del momento. Estas piezas eran las más frecuentes, por ser más fáciles de transportar en los galeones que pinturas sobre tabla o esculturas de mayor envergadura.

Definir el viaje de estos objetos no resulta sencillo, puesto que, en ocasiones, nos encontramos con obras españolas del Seiscientos en suelo mexicano, sin apenas testimonios documentales que nos permitan establecer los motivos de su llegada, como, por ejemplo, La Cena de Emaús de Francisco de Zurbarán, pintura que formó parte del convento agustino de la capital del virreinato, hoy en el Museo Nacional de San Carlos. Otras veces, tenemos testimonios procedentes de los mencionados registros de la Casa de la Contratación que prueban la existencia del comercio del arte, pero son muy sucintos, como los doce lienzos que conformaban un Apostolado, remitidos en 1621 por el licenciado Andrés García para el ornato de su domicilio en Ciudad de México.

El intercambio cultural no solo tuvo lugar por medio físico de los objetos que discurrían a través de la Carrera de Indias, si no también, gracias a los artistas europeos que se trasladaron hacia la Nueva España, permitiendo que los estilos, las temáticas y los modelos que se estaban desarrollando en la primera mitad del siglo XVII en el Viejo Continente, viajaran hacia América. Algunos de estos artífices fueron los sevillanos Alonso Vázquez y Sebastián López de Arteaga, el vallisoletano Alonso López de Herrera, el flamenco Diego de Borgraf o el aragonés Pedro García Ferrer.

Cristo Crucificado, Sebastián López de Arteaga, s/f. Museo Nacional de Arte. Fotografía: Ester Prieto Ustio

Cristo Crucificado, Sebastián López de Arteaga, s/f. Museo Nacional de Arte. Fotografía: Ester Prieto Ustio

Como ya hemos mencionado, el tráfico comercial entre América y España fue de ida y vuelta. En el tornaviaje, las mercadurías más relevantes fueron los metales preciosos -con la plata a la cabeza-, las materias tintóreas como la grana cochinilla, el palo de Campeche o el añil, así como el azúcar, el cacao y el tabaco. Entre ellas, también nos encontramos con objetos artísticos, cuyas técnicas nos remiten a la tradición prehispánica, pero adaptada al estilo de su tiempo, como las esculturas realizadas en caña de maíz, enconchados, arte plumario, al igual que pinturas con advocaciones “americanas”, como la Virgen de Guadalupe mexicana. Es habitual encontrar este tipo de objetos en los inventarios de bienes de los sevillanos de los siglos XVII y XVIII, y en la actualidad, se conservan algunas de estas piezas en recintos religiosos hispalenses.

Bibliografía seleccionada

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Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-398X