David Mota Zurdo Profesor del Grado en Historia y Geografía de la Universidad Isabel I
Lun, 18/11/2019 - 12:57

bicicleta velocipedo

Resulta complicado datar el origen de la primera bicicleta. Algunos especialistas han señalado que una de las primeras bicicletas de las que se tiene constancia se hallaría en el Códex Atlanticus: un boceto que habría dibujado Leonardo Da Vinci, pero del que aún se duda de su autoría. Otros han indicado como antecedente la figura que hay dibujada en la vidriera de Saint Giles en Stoke Poge, el vehículo que se cita en la obra de Jacques Ozanam Recreaciones Matemáticas y Físicas publicada en 1790 o el celerífero, un artilugio patentado por el conde de Mede de Sivrac que consistía en un bastidor de madera y dos ruedas (Corona, 2017: 120).

El origen contemporáneo de la bicicleta del velocípedo a la Grand Bi

Sin embargo, ante la ausencia material de dichas referencias, y al tratarse de hipótesis y bocetos, resulta más adecuado bucear en antecedentes más cercanos y fehacientes. Como ha señalado Pilar Irureta-Goyena es un hecho consumado que en agosto de 1817 el ingeniero Karl Friedrich Drais von Sauerbronn ideó, construyó y utilizó una máquina de dos ruedas a la que denominó velocípedo, tal y como quedó reflejado en su patente. Un invento con ruedas alineadas en una misma trayectoria, cuyo mecanismo de acción era la fuerza generada por el empuje de los pies sobre el suelo y el mantenimiento de la máquina en equilibrio.

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Velocípedo de Karl Friedrich Drais von Sauerbronn. Fuente: historia con minúsculas

Sería, en cambio, Charles de Drais el que sometiera a este vehículo (conocido como draisiana) a las primeras pruebas de larga distancia, haciendo demostraciones públicas en Mannheim, París o Barcelona entre 1818 y 1819 (Irureta-Goyena, 2016: 36). La máquina se complejizó con la introducción del desarrollo mecánico y la colocación de pedales por parte de Pierre y Ernst Michaux, permitiendo que el velocipedista pudiera desplazarse sin impulso y tener los pies en reposo una vez equilibrado el vehículo (Irureta-Goyena, 2016: 37). Entre 1867 y 1869 este velocípedo fue muy exitoso (con una floreciente industria velocipédica en París), convirtiéndose en un medio de transporte económico y en herramienta para la práctica del ciclismo, que se fue asentando paulatinamente gracias a las carreras. Poco tiempo después, se fueron añadiendo mejoras como los rodamientos de bolas de Jules-Pierre Suriray, que facilitaban la rotación de los ejes de las ruedas o la rueda metálica con radios de Eugène Meyer.

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La rueda metálica con radios fue patentada por Eugène Meyer. Fuente: rdlbc

Durante la década de 1870 se creó la Grand Bi, un prototipo intermedio entre el velocípedo a pedales y la bicicleta que apenas aportó novedades, salvo las importantes dimensiones de sus ruedas para conseguir aumentar la velocidad de desplazamiento. La innovación se detuvo repentinamente en Francia debido a la guerra franco-prusiana (1870-1871), fabricándose así hasta 1890 únicamente máquinas de ruedas desiguales sin apenas adelantos técnicos, en las que se sacrificó la seguridad y la estabilidad a cambio de la velocidad. Llegó incluso a ser considerado un instrumento peligroso, pero consiguió conformar en su entorno toda una infraestructura de fabricantes, aficionados, ciclistas, carreras y exposiciones.

Hacia la bicicleta con neumáticos

En la década de 1880 la iniciativa se trasladó a Gran Bretaña, donde pronto se buscaron mecanismos para optimizar el desplazamiento de este vehículo sometiéndole a diferentes transformaciones que le hicieron evolucionar hacia varios modelos. Fue concretamente en Coventry, un área industrial puntera de Inglaterra, donde John Kemp Starley construyó la Rover, una bicicleta de seguridad que presentó un nuevo concepto de bicicleta: dos ruedas del mismo diámetro con radios metálicos, cuadro geométrico fijado a un manillar y pedal ligado a cadena de piñón fijo sobre rueda trasera (Emptoz, 2003: 56).

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La Rover de John Kemp Starley. Fuente: Wikipedia

La introducción de estos avances fueron soluciones elegantes, ligeras y funcionales al reducir enormemente el tamaño de la máquina y de sus ruedas sin renunciar a la velocidad. Asimismo, añadió un sillín colocado en perpendicular a los pedales, permitiendo una mayor comodidad del usuario, y la fijación de un manillar articulado que permitió una conducción más precisa. De este modo, la Rover se impuso en el mercado ciclista y se propagó por toda Europa y América (Delarozière, 1992: 10).

La difusión de la bicicleta estuvo también estrechamente unida a los cambios técnicos en las propias ruedas, sobre todo, a raíz de la creación del neumático, que permitió modificaciones estructurales que dieron lugar a la bicicleta actual y, por consiguiente, a su implantación social. Y es que se pasó de las ruedas con llantas de hierro y radios de madera del velocípedo de Michaux, incapaces de suavizar los golpes, a la rueda de goma vulcanizada de Charles Goodyear que fue progresivamente mejorada con la introducción de la cámara de aire por parte de John Boyd Dunlop y su desmontaje por los hermanos Michelin, que consiguió que los caminos llenos de surcos y socavones de las carreteras –sometidas a las inclemencias climáticas– fuesen más livianos para el usuario. 

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Bicicleta con neumáticos. Fuente: Dunlop

Bibliografía

Corona, R. (2017). "La emancipación femenina decimonónica a través del denuedo velocipédico", Femeris, 2 (2), p. 119-136.

Irureta-Goyena Sánchez, P. (2016). Invención e innovación tecnológica en el ciclismo en España a través de la documentación de patentes: 1826-1929, Madrid: Universidad Politécnica (tesis doctoral).

Emptoz, G. (2003), "Du gran bi au vélo: Une vague d'inventions (fin XIXe-début XXe siècle)", Cahiers François Viète (6), pp. 49-62

Delarozière, Olivier (1992). Jeux de vélos: Exposition 27 septembre 91/28 juin 92, Paris: Museé National des Techniques.

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-398X

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