David Mota Zurdo Profesor del Grado en Historia y Geografía de la Universidad Isabel I
Mié, 29/04/2020 - 11:10

crisis coronavirus

Tenemos que implicarnos directamente en esta aventura colectiva, en esta emergencia sanitaria, para afrontar con solvencia la crisis política y económica en la que nos estamos sumergiendo, me señalaba el otro día un colega de profesión. Sus palabras me penetraron el cerebro de tal modo que todavía noto como sobrevuelan mi cabeza. Creo que a simple vista su análisis era acertado, no se trataba de ninguna estupidez fruto de la valentía que muchos muestran a través de redes sociales o WhatsApp, pero que suele quedarse en los límites del mundo digital. La reflexión me conmovió y me hizo pensar.

Este compañero de profesión, historiador como yo, consideraba que así como la generación de nuestros padres y abuelos (y para los más jóvenes bisabuelos) tuvieron que gestionar el drama de la guerra y la posguerra, la dictadura franquista, la transición o la democracia, con las diferentes problemáticas a las que fue aparejada, a nosotros nos estaba tocando vivir una etapa complicada, en la que las generaciones más jóvenes (los millennial, entre los que me incluyo) tendremos que encargarnos de gestionar y lidiar con las consecuencias de la crisis del COVID-19.

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Fuente: El Independiente

Todavía recuerdo su cara, rezumaba ilusión y esperanza (tan difícil de encontrar en estos días), cuando me decía: “no sé si estamos al principio de una nueva era, en un punto de inflexión o en una mera crisis transitoria, pero tendremos que construir una nueva sociedad ¿David, te das cuenta de la responsabilidad que ha recaído sobre nosotros?”.

La verdad es que mi primera reacción fue la carcajada. Quizá porque en ese momento de conversación distendida no pensé profundamente en lo que mi amigo me estaba señalando o porque sinceramente pienso que nuestra capacidad individual para conseguir el cambio político y social es muy limitada, pese a disponer de múltiples herramientas. Las diversas crisis que hemos atravesado, la más cercana la de 2008, demuestra que las cosas, salvo pequeños matices y arreglos puntuales, están pensadas para que sigan siendo como son, como señalara en su día José Luis Sampedro.

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Yuval Noah Harari. Fuente: BBC

Más tarde, pensé detenidamente en sus palabras y he de admitir que me sentí (me siento) abrumado por lo que se avecina. Yuval Noah Harari, una de las voces que se escucha con más respeto y atención en todo el mundo, ha señalado que la crisis en la que estamos sumergidos es pasajera y que la superaremos. Cambiará el mundo de diversas maneras, pero desconocemos exactamente de qué modo porque no es una cuestión que esté determinada. Pese a ser obvio, el historiador israelí ha subrayado que no debemos entender esta crisis solamente como sanitaria, sino también política, valorando la multitud de caminos de actuación que pueden abrirse. Lo cierto es que podemos abordar la crisis abogando bien por la vía de que cada país vele por sí mismo y compita con el resto de los países, fomentando la división global; o bien podemos elegir atajarla a través de la cooperación y la solidaridad, creando un mundo mejor y más unido. Pero no debemos limitarnos a esta visión dicotómica. También hay países que pueden afrontar la crisis de un modo autoritario, estableciendo una dictadura, que podría prevalecer una vez superada la crisis, como parece que puede ocurrir en Hungría. Otros países podrían reaccionar empoderando a sus ciudadanos, amparados en el sistema democrático, lo cual quizá puede ayudar a que salgan de la crisis siendo aún más democráticos que antes.

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Fuente: BBC

Es difícil aventurarse a señalar en qué situación está España y, en general, Europa y los países de la todavía categoría válida de mundo occidental. Por el momento, como ha señalado en varias ocasiones Iñaki Gabilondo, parece que estamos eligiendo el camino equivocado, porque estamos optando por el aislamiento nacional en lugar de la cooperación global, que es uno de los mayores peligros. El problema, pues, no está en si podemos o no vencer al virus, que probablemente lo haremos, sino si podemos vencer el odio y el miedo que surge en circunstancias límite como la que estamos atravesando. La estrategia de los ultranacionalismos y su maquinaria populista, que se encuentran en pleno auge, es obviamente equivocada. No podemos construir muros de separación, la Guerra Fría ya demostró con el ignominioso muro de Berlín que las barreras sirven para más bien poco. Deberíamos, por ello, estar inmersos en la búsqueda de la cooperación entre todos los países como mecanismo de cuidado de todos nosotros. Si no podemos confiar en otros países por la existencia de competencias y desconfianzas mutuas, perdemos una de nuestras mayores ventajas para salir de la crisis que es la solidaridad. Con todo, no sólo las naciones están cometiendo grandes errores. Las estructuras internacionales están fallando claramente y hay una ausencia de líderes. La falta de liderazgo global es terrible. En 2008 (crisis económica) y 2014 (crisis del ébola), Estados Unidos actuó con cierta efectividad como líder global, pero desde la llegada al poder de la Administración Trump, los norteamericanos han rehusado de esa misión abogando por situarse ellos primero con su política de America first. Con este tipo de medidas, nadie puede seguir a alguien con un lema tan egoísta e infantil como el de situarse primero en perjuicio del resto. La crisis nos ha enseñado que es peligroso depender de un único país o un solo líder. Estamos, pues, ante la oportunidad de que esta crisis contribuya a que se establezca un liderazgo colectivo y global. Todo apunta, sin embargo, a un deterioro gradual del sistema internacional. Pero, estamos a tiempo de cambiar de rumbo: es el momento para la resurrección de las organizaciones supranacionales. Es la hora de la UE y de la ONU.

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Fuente: Ethic

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-398X

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