La universidad y el magisterio universitario

¡Ya somos colegas! Con estas palabras me daba la bienvenida al claustro de doctores de la Universidad Complutense de Madrid, el año 2013, su catedrática emérita de Epigrafía y Numismática, Dra. Doña María Ruíz Trapero[1]. ¡Nada más lejos Dña. María! –le respondí de inmediato.  En mi pensamiento, un código grabado en mi ADN sobre respeto, admiración, devoción y distancia con los padres de la universidad moderna. Universidad que hundía sus raíces en la tradición napoleónica; universidad del magisterio, la erudición, la solvencia y la independencia.

Procede uno –y aún sigue convencido de ello- de aquella tradición que concibe la universidad como un verdadero Alma mater. Si, esa “madre nutricia o alimentadora, de los estudios y los estudiosos.  Por lo tanto madre buena que alimenta, cuida y protege a los suyos[2]. Madre, en definitiva, que debe acoger a sus hijos –estudiantes- en su seno para formarlos –alimentarlos, por qué no- con el fin último  de otorgarles licencia, darles libertad y facultarles en el responsable ejercicio del saber. No ha sido otra cosa, no lo debe ser –a mi juicio- nunca.

Es la universidad, desde sus orígenes –Estudios Generales llamados en la España del aquel tiempo- el templo por excelencia del saber, las ideas, la pluralidad, el debate, la reflexión y, por encima de todo, la libertad. Sin la autónoma voluntad de aprender, no se pueden adquirir los conocimientos. Esa autonomía debe nacer, en primera instancia, del discente y despojarse, como señala el prof. García Lobo, “de sentimientos, resentimientos y toda pasión humana que entorpezca el metabolismo de las ideas y de los conocimientos[3].

Definida y defendida la exposición y disposición que ha de tener un alumno para la buena nutrición de la mente, toca investigar, ahora, las cualidades necesarias de un buen profesor para acompañar en todo este proceso alimenticio y evitar, en la medida de lo posible, cualquier tipo de indigestión. Es la hora de encontrar al maestro universitario.

Para encontrarlo, debemos volver a los orígenes. Corrían los años centrales del siglo XIII cuando vieron la luz las famosas Siete Partidas de Alfonso X, el sabio, que habían de ordenar el marco jurídico de su tiempo. En su título 31, se habla sobre los ya citados Estudios Generales y en sus Leyes 8 y 9  más concretamente sobre “Qué honras deben tener los maestros et señaladamente los de las Leyes” y “Cómo deben probar al escolar que quiere ser maestro antes que le otorguen licencia[4]. Sin duda, una declaración de principios y requisitos que deben reunir los maestros. Se había de garantizar la excelencia del saber. A los requisitos propios de todo maestro habían de unirse unas características extrínsecas que favoreciera la fluida trasmisión del conocimiento: cuidar la calidad del ambiente, de los espacios o de los tiempos… había que despojarse del resto de obligaciones normativas para dejar espacio a lo verdaderamente importante.

Bien es cierto que habría que esperar a los comienzos del siglo XV cuando cristalizó verdaderamente la universidad a través de los Humanistas. Éstos salieron al rescate de la relajación y degeneración vivida por las universidades, en las décadas anteriores, fruto de la excesiva especialización y del “encorsetamiento” –si se me permite- del saber. Nacían entonces las “buenas letras”; las Humanidades. Se recuperó la tradición grecolatina que garantizaba una alimentación completa y equilibrada de las mentes. El resultado; una brillante tradición de más de cinco siglos que ha llegado a nuestros días.

El largo proceso formativo que debe seguir el profesor universitario –Licenciatura, doctorado y los largos procesos acreditativos- han convertido esta profesión en una carrera de resistencia. En ella, la investigación y la docencia juegan, teóricamente, un papel equilibrado y acumulativo en lo que a méritos se refiere. Sin embargo,  esta misma dimensión de la cantidad puede hacer que desatendamos la calidad. Esa normativa y encorsetamiento del siglo XIV de la que hablábamos más arriba también ha hecho su aparición en la universidad actual y, en ocasiones, nos obliga a invertir más tiempo en la forma que en el fondo. Cuando ese fantasma se asoma a mi ventana, vuelvo a sentir mi ADN, vuelvo a sentir la universidad de mis antepasados, la formación compartida con mis colegas y la obligación que asumí el día que decidí dedicarme a “alimentar” nuevas mentes para centrar mis capacidades y esfuerzos y, a su vez, aportar mi granito de arena para que la universidad sea siempre el Alma mater, dentro de los nuevos tiempos y retos que tenemos por delante.

 

[1] Dra. María Ruíz Trapero (1931-2015), Catedrática de Epigrafía y Numismática de la Universidad Complutense de Madrid (1975-2001). Entre otros muchos méritos destacó por ser la primera mujer nombrada Decana de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM, Representante de España en la Mesa del Parlamento Europeo para la selección de los diseños nacionales de la moneda Euro, Patrona de la Fundación de la Real casa de la Moneda, Vocal del Consejo de Universidades de la Comunidad de Madrid, Miembro de la Real Academia de Doctores de España, etc. Sin duda, una de las grandes figuras de las Ciencias y Técnicas Historiográficas del siglo XX.

[2] Cf. Vicente García Lobo, Alma matero mater “dealmata”. Última lección pronunciada por el doctor Vicente García Lobo con motivo de su Jubilación, Escuela Universitaria de Trabajo Social-Universidad de León, León 2017, p. 1.

[3] Cf. Vicente García Lobo, alma Mater, p. 3

[4] Vid. con carácter general: Antonio García y García, “La enseñanza universitaria en las Partidas”: Glossae. Revista de historia del Derecho Europeo, 2(1989-90), pp. 107-118.

Entrada publicada el 15 de febrero de 2019

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-398X

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