Hoy, 15 de octubre, se celebra el #EducationDay en Twitter y quiero aprovechar para compartir una reflexión con los actuales y futuros docentes. En la primera entrega de estas aportaciones sobre los nuevos aprendizajes, cavilaba acerca de las ventajas e inconvenientes de la utilización de las TIC frente al tradicional aprendizaje memorístico. En esta ocasión, quiero que os trasladéis conmigo a un contexto que os resultará bastante familiar.

Pongámonos en situación. Una clase cualquiera de 5º de Primaria de un centro educativo compuesta por una veintena de niños y niñas nacidos e integrados en la actual sociedad de la información -música, cine, televisión e internet, ordenadores, portátiles, smartphones y tabletas- y un largo etcétera de estímulos con el que conviven en su día a día. Así conforman -al menos, de manera aparente- un colectivo con cualidades innatas para sacar el máximo partido a la tecnología. Lo solemos denominar «nativos digitales».

Siguiendo con la contextualización, trasladémonos al otro lado del aula y describamos al principal protagonista de nuestra reflexión: un maestro o maestra, con la formación pedagógica, teórica y práctica adquirida tras superar sus estudios de Magisterio, a quien se anima a realizar un uso educativo de las denominadas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), un conjunto de herramientas con las que, en teoría, debería estar familiarizado.

Estos instrumentos que debería identificar, en principio, como valiosos aliados retumban en su cabeza como una gran preocupación, puesto que cree encontrarse descolgado tanto de su terminología como de su correcta utilización: «¿Qué les puedo enseñar yo si lo saben manejar mejor, si me dan mil vueltas, si han nacido con un ordenador bajo el brazo?».

Lo habitual es que esta situación sea común para aquellos maestros y maestras que no se han formado en la utilización educativa de las TIC. Este escenario, en muchos casos, provoca una reacción de rechazo al verse en desigualdad de condiciones con su alumnado. De esta manera, se da la vuelta -por lo menos, en apariencia- a la tradicional relación con el estudiante.

No se descubre nada si se afirma que las tecnologías educativas han evolucionado de manera impensable durante las últimas décadas, y nadie se sentiría extrañado si se añade que el salto cualitativo al respecto ha sido aún mayor en la última década.

Instrumentos como blogs, redes sociales, wikis y demás piezas de la web social constituyen un conocido ejemplo. Todas ellas proporcionan una plataforma en la que docentes y discentes tienen la posibilidad de establecer un lugar de encuentro donde las reglas tradicionales han cambiado y se han destruido muchas de las barreras que han permanecido inmutables durante muchos años en el mundo educativo.

A pesar de que existen docentes instruidos en el manejo de estos instrumentos, e incluso ya pertenecen a la generación de los nativos digitales, muchos de ellos aún forman parte del colectivo de «inmigrantes», puesto que asimilan a posteriori los avances tecnológicos que se producen mediante un lento proceso de autoaprendizaje o en programas de formación del profesorado.

Superación del complejo de inferioridad digital docente

La mejor fórmula para superar este importante obstáculo reúne dos aspectos principales. El primero, desmontar la creencia de que el estudiante es experto en el uso de las nuevas tecnologías, que en realidad no es más que una verdad a medias. A pesar de que los jóvenes cuentan con una enorme facilidad para el manejo de estas herramientas, su visión de lo que puede ofrecer una sociedad digital es bastante limitada. En palabras coloquiales, tienen la capacidad para dominar la tecnología que les interese y motive, pero, por regla general, desconocen su uso educativo y se centran en aquellas aplicaciones dirigidas, en general, hacia el ocio.

El otro ingrediente es la adquisición de la competencia digital, y es ahí donde se antoja de vital importancia la formación universitaria y seguir un plan de estudios que otorgue importancia al desarrollo de esas destrezas tecnológicas y su correcto enfoque educativo. En este contexto, las instituciones de enseñanza superior tienen que ofrecer soluciones a los actuales y futuros maestros para que en ningún caso el complejo de inferioridad digital docente sea un obstáculo para su labor docente.

Para concluir esta reflexión, y desde mi punto de vista docente y lejos de evitar la inclusión de estas herramientas en el día a día del proceso educativo, debemos encauzar medidas proactivas que incorporen estas prestaciones en nuestras aulas y se apoyen en los conocimientos y capacidades de nuestro alumnado. Nuestro papel debe consistir en utilizar el potencial cognoscitivo de los estudiantes, apoyarse en sus conocimientos y mostrarles las gigantescas posibilidades de aprendizaje que se les ofrecen. En ello estamos…

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