A rey muerto, rey puesto

Ilustración: Fernando Serra

El origen de este dicho se remonta al siglo XVIII, en concreto a 1705, cuando el rey Felipe V El Animoso condujo a su ejército contra el archiduque Carlos de Austria, que defendía el castillo de Montjuic, en Barcelona. Los soldados quisieron poner a salvo al monarca alegando que eran miles, pero soberano solo había uno, y él contestó que “si el rey muere, otro habrá, que a rey muerto, rey puesto”.

En su origen, esta expresión aludía al relevo natural de cualquier rey, que a su muerte era sucedido por el siguiente familiar en la línea dinástica, al que se le suponía la adecuada preparación para ocupar el cargo. Esta frase tiene su reflejo tanto en FranciaLe roi est mort, vive le roi! (el rey está muerto, ¡viva el rey!)- como en InglaterraThe King is dead, long live the King! (el rey está muerto, ¡viva el rey!), - y en ambos casos data de fechas anteriores al citado en España.

En la actualidad, el uso de la expresión está más vinculado al concepto de que nadie es indispensable, muy propio de un mundo fugaz y en el que los cambios se dan a una velocidad tan vertiginosa que la idea de que algo o alguien sea permanente e imprescindible se ha tornado casi utópica.

En distintos ámbitos como el deporte o la política, aún más dinámicos y en los que los cargos pasan de estar ocupados a vacantes, y de nuevo a asignados rápidamente, es una fórmula que acostumbra a emplearse con frecuencia.

El empleo de la expresión «a rey muerto, rey puesto» se repite en multitud de obras, entre las que cabe citar El Cid Campeador: novela histórica original (1852), de Antonio de Trueba, o La familia de Alvareda (1979), de Fernán Caballero.

Fuentes de consulta:

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