Manos juntas

Tarde o temprano nos damos cuenta de que tenemos poder para algo: para crear, para impulsar o para impedir. Siempre tendremos la oportunidad para influir en algo que según nuestro criterio debería ser de una determinada manera. Posiblemente los problemas empiecen cuando el efecto de ese poder impacte positiva o negativamente en los otros, además de la figura o posición en la que nos encontremos.  En todo este escenario se trasciende más allá de nuestra preparación profesional y experiencia y caemos en el plano humano: la necesidad de ejercer poder. Aquí empieza esta entrada al blog.

Prácticamente en todas las disciplinas o campos de estudio se han desarrollado aportaciones que giran en torno al ejercicio del poder y si no se trata con la debida precaución, vamos a asociar el poder con el autoritarismo y pareciera más bien que son sinónimos, aunque lógicamente no lo son. Los docentes ejercemos poder sobre nuestros alumnos o estudiantes, pero no se trata aquí del poder como fuerza opresora, sino que ese poder debe convertirse en energía transformadora. Al fin y al cabo, el poder siempre estará en movimiento. Lo necesario entonces es no llegar al extremo y no ser autoritarios.

Dos amigos hablando

Esto es perfectamente extrapolable a casi todas las esferas: políticas, sociales, económicas, institucionales, educativas, universitarias… Siempre tendremos una cuota de poder en nuestras manos por muy sencilla que sea la labor en un momento determinado, pero, no olvidemos que el ansia de poder siempre ha permeado la vida de la humanidad, aunque es de reconocer que existen personas con poder gracias a aquellos que lo permiten bien sea por comodidad, inseguridad o temor.

Un proverbio chino nos dice que: “si quieres conocer a alguien: dale poder y verás quien verdaderamente es”. Una persona en su totalidad es el resultado de la herencia y el ambiente, además de sus propios valores humanos y éticos. Esa misma persona con todos estos elementos, es la misma que puede llegar a ostentar una posición de poder. Esta posición -o la búsqueda de esta- puede hacer que se movilice toda una gama de comportamientos que en un momento determinado pueden si se quiere, violentar o perturbar a aquel que siente el efecto de ese poder. Basta con que surja una voz disidente, que muestre un punto de vista diferente, para que surja el sentimiento del ataque o la desobediencia hacia aquel que tiene el poder, cuando no es más que un punto de vista diferente en medio de múltiples opciones. Un buen punto de partida sería tratar a los demás tal y como nos gustaría ser tratados. Decía Morín (2012) que:

Una reforma de la Universidad suscita una paradoja: no se puede reformar la institución (las estructuras universitarias) si no se han reformado anteriormente las mentes: pero no se pueden reformar las mentes si no se ha reformado anteriormente la institución. (p. 4).

Circunferencia dibujada por extremidades

Siempre intento transmitir a mis estudiantes la pasión por la docencia. Vivir su magia, pero con ética y responsabilidad. Pero también les recuerdo que la propia vida nos puede sorprender en algún momento ofreciéndonos la oportunidad de orientar o acompañar a aquellos que se estén formando para la docencia y que llegan a nosotros esperando que les podamos guiar en este camino. Las buenas y no tan buenas experiencias forman parte también de lo que somos y es allí, en realdad justo allí, cuando el poder que tenemos se convertirá en fuerza transformadora, haciendo a un lado los intereses propios y permitiendo pensar un poco en los demás. No siempre resulta tan necesario tener un puesto de poder para hacerse sentir en alguna organización o contexto determinado. Aunque resulte un poco poético no deja de ser cierto: la luz que podemos irradiar va a incomodar solo a aquellos que, viviendo en la oscuridad, no necesitan estar visibles.

 

Referencia:

Morín, E. (2012). De la reforma universitaria. Unipluriversidad, 1(2), 74-79.

 

Entrada publicada el 22/06/2018

Editor: Universidad Isabel I

Burgos, España

ISSN: 2659-5222

Añadir nuevo comentario