El Sistema Universitario Español ha experimentado en los últimos años una serie de modificaciones tanto en su forma como en su proporción. El contexto social, político y económico ha perfilado su radio de acción y, con ello, las tensiones y las transiciones producidas por una dinámica de cambio han estado presentes a lo largo del recorrido transitado hasta ahora. Los altibajos también dejan huella y solo cuando tenemos la oportunidad de mirar hacia atrás es que tenemos la ocasión de entender nuestro presente y atrevernos a proyectar un futuro entre la racionalidad y la incertidumbre.

     Es la oportunidad de hacer referencia ya no a la manera en que el Gobierno español se ha dirigido a la Universidad española, sino al sentido de pertenencia de los miembros de la comunidad universitaria con respecto a la institución. Más allá de coincidencias o disidencias con una determinada política pública dirigida al sector universitario, se trata de reflexionar sobre cómo ha evolucionado el sentimiento de apego y pertenencia a una institución que, siendo una organización, cuenta con la inobjetable misión de transmitir valores y cultura, y desde luego de estimular e incentivar el saber.

     Por otro lado, al establecer una infranqueable zona de comodidad y seguridad personal, existe el riesgo de que los miembros que forman parte de la comunidad universitaria se aíslen dentro de la misma ya que, en definitiva, y sin importar la magnitud e importancia de cualquier cambio o reforma, continuarán desempeñándose de la misma manera, con los mismos resultados, pero tal vez con menos número de estudiantes motivados.

     Probablemente no todas las personas cuenten con una misma definición de lo que es la Universidad; por lo tanto, al existir inclinaciones motivadas por diversos intereses y afecciones, aunque se planteen reformas, siempre existirá la tendencia a no andar por la misma senda, ya que se confrontan varias visiones sobre una misma institución que en este caso es la Universidad. Efectivamente, al ser una casa de estudios de larga data, ha debido experimentar los procesos por los cuales las sociedades han tenido que vivir, por lo tanto, ¿es la adaptabilidad una consecuencia o una característica de la Universidad? Al momento de descubrirse que los sistemas políticos se legitiman a través de la educación, se inició todo un proceso caracterizado por la determinación de lo que el Gobierno espera de ella en función de los intereses del Estado. Sin embargo, todas las fuerzas ideológicas no solo han influido en este particular, sino que dentro de la propia Universidad comparten un mismo espacio múltiples ideologías y conseguir para todos un acuerdo medianamente favorable es una labor casi imposible.

    educación de calidad Es de destacar que las corrientes económicas regionales, continentales y mundiales también han tenido notoria influencia en esta adaptabilidad. Se resalta en este punto el hecho de que no significa que la Universidad al moldear su estructura y acciones deje de ser lo que es, el peligro está en que dicha adaptación se entienda a partir de que la Universidad deba abastecer de conocimiento y saber a los cuerpos decisorios que de algún modo pueden tener o tienen la capacidad de ser fuerzas de índole política y económica. En ese caso, sí es punto de crítica y reflexión la idea de que el conocimiento solo pueda ser generado en cuanto aporte valor agregado al mercado. La referencia de la Universidad es y debe ser la sociedad, no el mercado.

     Una de las maneras de mantener viva la institución universitaria es la generación del saber y su posterior difusión. La investigación en este caso cobra una importancia singular ya que esta acción es la que acompaña indivisiblemente la misión del educador universitario; sin embargo, ¿todo investigador cuenta con vocación y formación docente? Pues la cantidad o calidad de la investigación no es sinónimo de formación para el ejercicio docente. Aunado a ello, el estímulo y apoyo a la vocación del educador universitario es un aspecto que bajo ninguna circunstancia ha de ser descuidado.

     En este particular, el uso y empleo de las tecnologías de la información y la comunicación se constituye en una herramienta y un medio, no en un fin. Por lo tanto, aunque contemos con capacitación tecnológica, si no se tiene convicción de la importancia de la función docente, ninguna reforma universitaria será suficiente para la mejora de la Universidad. En este caso, somos los propios académicos los que debemos reforzar esta idea sin esperar que otros lo hagan antes que nosotros sin la seguridad de saber que aquellos que deciden cuenten con un claro sentido universitario, académico, docente e investigador.

     Es tal vez un ejercicio arriesgado responder a la pregunta: ¿Hacia dónde va la Universidad española?, o más bien, ¿hacia dónde quieren que vaya la Universidad española? Algunas constataciones identificadas nos pueden ayudar a dibujar un posible panorama. En primer lugar, la reducción de las asignaciones presupuestarias ha afectado todas las instancias del quehacer universitario desde la reposición de los cargos, la contratación de nuevos profesores, el crecimiento de la investigación, el afianzamiento de la Universidad como campus de excelencia internacional, la reducción de las ayudas económicas a los estudiantes, las estancias pre y posdoctorales, y el aumento del precio de las matrículas aleja cada vez más que se considere al estudiante como epicentro de la Universidad, tal y como lo establece el proceso de Bolonia, logrando con esto que el sector privado de la economía ofrezca posibilidades económicas al sector universitario y favoreciendo el crecimiento de las disciplinas o campos de estudios que dicho sector necesita.

     Junto a este panorama, el peso de la tradición que reposa sobre algunos universitarios va acompañado de una posición indiferente ante lo que reamente necesita la Universidad, ocasionando así que se forme al estudiantado de la misma manera sin ninguna señal de cambio y que, por lo tanto, el mismo patrón se repita en el momento en que esos estudiantes algún día tengan la oportunidad de enseñar. Sin dejar de mencionar la confusión de algunos dirigentes universitarios al momento de defender sus espacios de acción confundiendo lo multidisciplinario con un plan de puertas abiertas a todas las disciplinas para que se asegure un número de estudiantes en un determinado programa, pero que en la práctica se traduce en que un mismo fenómeno objeto de estudio sea analizado desde una sola perspectiva, desconociendo el valor de otras metodologías que acompañan a los diversos campos de estudio.

     Es el momento en que debemos decidir hacia dónde va la Universidad española. Desde nuestros espacios de trabajo podemos identificar dos opciones: o permitir que la Universidad se convierta en una dispensadora de títulos, o permitir que la evolución de la Universidad no modifique su esencia ni su razón de ser.

     Hay que tocar fondo, llegar a la fibra de cada miembro de la comunidad universitaria. Tanto la euforia como el desánimocooperación colectivos son altamente contagiosos y alcanzar un equilibrio entre la racionalidad y la incertidumbre es un reto permanente. Es inconcebible la indiferencia ante una metamorfosis institucional que pueda significar la variación del ser de la Universidad. El ímpetu y la convicción no pueden venir desde fuera, sino de cada uno de los académicos. En estos tiempos la apatía no se puede considerar como opción y, por ello, la solidez de los cimientos de la Universidad no pueden ser entendidos ni defendidos por alguien que no la sienta propia. La Universidad, al ser una especie de órgano vivo en constante evolución, va creciendo conforme sus integrantes lo hacen y es desde ese punto desde el cual los universitarios podremos sincronizar nuestros pasos con los pasos de una institución única y diversa, particular y universal.

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